¡AY DE MÍ!

¡Ay de mí!, si el mundo entendiera mis palabras, si supiesen, que es en realidad un poeta. Sería apedreado en las plazas, mi carne, sería engullida por las aves rapaces, sería perseguido sin tregua, aullaría de miedo, en manos de la jauría que me asecha.

¡Ay de mí!, si mis letras fuesen devoradas con sazón, si el gusto que les añado al servirlas, fuese degustado.

Caminaría por los bosques, solitario, sin agua y sin alimento, sin una roca donde recostar mi cabeza, sería mojado por la lluvia, y el inclemente sol aporrearía mi desnuda cien.

¡Ay de mí!, si arrojaran contra mí preguntas, como saetas de fuego, como antorcha encendida para la batalla; no sería salvado, sería humillado en frente de multitudes.    No tendría nada que decir; si las gentes alzasen sus voces contra mí diciendo: no te basta tanto dolor y sufrimiento, las calles y los senderos rebosan de dolor y lamento, los caminos están atestados de desolación, dolor es nuestro alimento, inmundicia nuestro sustento.

¡Ay de mi como poeta!, si fuese puesto a prueba, si tuviese que dar fe de mi andar, sería mudo mi hablar, estruendoso mi pensar, como lluvia en la pradera, como río en creciente de mayo. Esto es todo cuanto hace a un poeta, no saber para qué es poeta, pero no sería poeta si el mundo lo entendiese; que sería de mí, si el mundo supiese, que aún ni yo se porque decidí este comino, un camino sin retorno, sin metas, sin fin, que no gano el pan para mi sustento, que a nadie sacio.

Solo vivo, solo muero, nadie sabe mi pensar, si lo hicieran, sabrían que soy débil, cobarde; que escondo el miedo en mis palabras, maquillo los versos que evoco.   Salen de mí, y rebotan en las paredes del algún desorientado, le alientan, ¡valla! Me evocan, dan crédito de mí, mantel es tendido ante mi andar, finos cubiertos son presentados ante mí… nada pido, nada doy, nada soy, nada merezco; quisiera que algún día fuese entendida mi razón, pero sé que ese día… moriré.

 

Lyo Gañán

 

 

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