Balas y lagartijas

Distinguir entre la pólvora y unos disparos es un asunto que se aprendió sin preguntar, sin proponérselo. Primero un silencio, después alguien dice, “eso es bala”; y a la cuarta o quinta vez, uno sabe que ese aprendizaje depende de saber si salir o entrar, si voltear en la siguiente esquina. Casi siempre un aprendizaje absurdo y alguna vez, todo desde el absurdo, un aprendizaje vital, pero absurdo, muy absurdo.
Escribo con una balacera de fondo, una balacera que no me hace especial, ni me hace sentir novedad o adrenalina, es algo corriente y al cabo de varias veces produce más asco que miedo. Más aún he podido entrevistar a fondo a todo tipo de sujetos que aprietan el gatillo y les confirmo, allí sólo encontrarán desgracia: la que producen pero sobre todo la que padecen.

Pero en este momento hay otro ruido además de las balas que me dan impaciencia y no sólo me distraen sino que me hacen pensar en otra cosa distinta a lo que estaba escribiendo. También hay música pero no es la música. Es un martillar, puede que una canica que se cae en una baldosa, pero le falta algo, yo diría que es agua.

Paro la música y me concentró en un sonido de creación, ternura, contemplación. Un sonido de todo lo bueno.

La primera vez que descubrí ese sonido estaba yo en una casa de bahareque en Antioquia lejos de Medellín. Recuerdo los Almendros. Recuerdo la salud de mi padre, su fuerza. Oí un golpe amplio, como una honda, que se repetía cada tanto. Era un martillar líquido en alguna forma.

Mi padre estaba haciéndole nudos a algo que aún no logro descifrar qué era, en parte por la memoria y en parte porque –con cinco años– yo no sabía que era. Mis pies colgaban de una silla y estábamos sentados en diagonal, cuando volví a oír el ruido: yo alce la vista hacia el techo y empecé a mover los ojos, yo sonreía con la amplitud de los niños.

–¿Qué es eso?– Mi padre no contestaba.

Tarde muchos años en descifrar que mi padre si me escuchó desde la primera vez y por eso soltó la carcajada cuando me contestó a mi tercera pregunta que insistía y se reformulaba. No se burlaba de mí, él mismo, siempre curioso, se divertía de mi exploración y quizá de mi capacidad de asombro de un ruido que los adultos pasan por alto.

–Es una lagartija– Contestó finalmente.
–¿Cómo hace?
–Con la boquita.
–¿Pero tan chiquita?
–Berraquita, ¿cierto?

Luego volví a escuchar lo mismo en la casa de mi abuela en Prado, en el barrio Mesa y ahora en San Javier –sofocado por los disparos– como sonido discreto para alguien que nunca lo haya escuchado.

Me reconforta oír la lagartija, me sube el ánimo.

El aprendizaje de las lagartijas está en mis raíces y por eso me hace sentirme parte de un acá no restrictivo, abierto, un acá que más que líneas es un sabor, un clima, un tono de voz, quizá alguna forma de envejecer en el rostro. Se trata de entender que sufrimos y nos alegramos de una forma común, que estas emociones van haciendo –a fuerza de ríos y truenos– una topografía, unos surcos en nuestro rostro.

Confío mucho en esa geografía de los rostros, una geografía del amor siempre en expansión, donde lo sagrado vuelve a su centro humano y yo simplemente pienso en ese ser preferido, ausente y diluido en tantas cosas y en tantos rostros aún sin conocer.

Tal vez la miseria de la violencia es pasajera y habrá otra raíz, otro sonido, otro aprendizaje más duradero que nos ate a esta ciudad.

 

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