CAJA DE MÚSICA

Traigo una caja de música

y no sé dónde ponerla.

Bruno de Aquitania

 

Sin duda os empujará hacia un alma libre,

cuyos ojos se maravillarán al descubrir vuestra carga.

Percy B. Shelley

 

Preguntas:

“¿cómo negarnos la posibilidad de un dios?”

 

El camino lo has trazado tú,

y no estás enterado.

Esa es la respuesta.

 

Después de todo

has olvidado

(soy testigo)

que puedes volar:

has usado alas extrañas

desde que abriste la ventana.

 

Tú, tú mismo:

acostado en el ojo

ajeno que esto

contempla.

 

En el vasto territorio del poema

la trampa asalta

esa danza que nos abre el contento

y no has querido reconocer:

brote de dulce alimento,

silencio que mana constelaciones sin queja.

 

Quieres pronunciar la palabra.

Existes para su fuente que también declina.

 

Digas la palabra que digas-

agradeces

el deterioro.

 

Una palabra-ya sabes:

un cadáver.

 

Su putrefacción.

Tu inmerecida mesa.

 

Gangrenado hedor

que la flor aventaja en su estar.

 

La flor,

que por ser bella y real

no celebra ninguna victoria.

 

Tiempo niño y viejo

-víctima de su propio ritmo-

te arrebatas y te pretendes ya

maduro árbol que insistes en talar.

 

Semillas petrificadas, tus oídos.

 

Cielo ponzoñoso tu acto,

derrumbe en su nada.

 

Así desde cada comienzo

de cualquier eco:

fragmento herido

con un fuerte amor

y un gran desprecio.

 

Dictado del espejo

donde has perdido el semblante

con la preocupación de otras imágenes,

largas filas acechan

(al verte sin resguardo)

como una bestia venida a la matanza.

 

Sus huestes anuncian estallidos

contra los bronces del clamor.

 

Línea quebrada de asuntos inútiles,

enmudecida al roce de la noche.

 

Reconoces ese olor

a madera húmeda en sangre.

Seis batallas te incendian.

Siete guerreros,

ocho sellos.

 

Ningún fruto te ha dado

la luz necesaria para hallar

lo que sólo tú puedes encontrar.

Y lo sabes muy bien:

todo depende

de tu voluntad y del tambor

que redobla en el momento exacto.

 

Hálito que te habita

para recordar lo abismal,

el mundo que está en tu afirmación

es una nave abandonada en el desierto.

 

Giro,

desnudez,

momificado repetir que flaquea

es la visión ciega que se hunde en tu llaga.

 

Amarte sin distancia

es la fe que te falta.

 

¿Quién otro podría haber

dentro de ti mismo,

que no fueras tú y tus fantasmas

deseosos de amor?

 

Afuera, el sol somnoliento

se va perdiendo entre los árboles

y el viento amenaza lluvia.

 

Un par de niñas juegan con piedritas:

se las pasan de mano en mano.

Un gato juega

con su reflejo en una charca.

 

Pero la vida es cruda

y el temblor con que conjuramos la desdicha,

fortalece la indecisión

de una inteligencia domada:

lago de arena,

abrevadero calcinado,

mentira terrible enaltecida por nuestra orfandad.

 

Eso somos. Somos eso.

No lo busques en otro lugar.

 

Está aquí mismo,

en estas palabras

que no son lo que he escrito

sino lo que tú lees.

 

En este cuarto

donde sólo la música abre los brazos

y dice: “bienvenido,

sólo falta tu canto para entrar

en el cauce de nuestra volcánica presencia”.

 

Sí. El canto del que te habla eres tú.

¡Apresúrate!

¡Vuelve a ti misma, soledad!

 

Una corriente sonora

quiere al mundo

fuera del embrutecimiento.

 

Un ruido ajeno huye espectralmente.

 

Extravío de su propio engaño.

 

La casa celeste de tus dioses

ha sido destruida

con una melodía viva.

 

Y pasada la estratagema,

comprendes que tras de todo rostro

sólo queda tierra.

 

Olvido y tierra.

 

Solamente tierra

que da la naturaleza,

y a la que volveremos alguna tarde.

 

 

Medehollín, comuna 13, 11 de marzo de 2017 (12:15 a.m.)

 

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