CELEBRACIÓN

Faltaban treinta minutos para la medianoche. El libro que leía lo tenía absorto desde hace ya varias horas. De pronto tuvo un asalto de culpa. No era lo que había leído. No era que debía dormir para salir temprano al otro día a trabajar. Era su esposa. La amada madre de sus dos hijos que después de la siesta de la tarde fueron a preguntarle a él, su padre, qué pasaría con su biblioteca una vez muriera. A lo que contestó que sería de ellos, pero que no tenían que esperar hasta que muriera: podían tomar el libro que desearan y leerlo cada vez que quisieran. Entonces se miraron, sin entender su respuesta, y comenzaron a acomodar, como jugando, la tecnología de avanzada que en un futuro reemplazaría esas cosas antiguas que su padre no dejaba ni por descuido. Disculpará el lector, pero aquí falta algo. La esposa. Claro, esa era la razón del abrupto llamado de atención que sufrió nuestro protagonista. Ese día su esposa cumplía años. Entonces salió despavorido de la biblioteca por el pasillo y entró en el cuarto de los niños, los despertó y los obligó a acompañarlo a la habitación donde su madre dormía profundamente y les dijo que cantaran con él. Ese olvido le costaría el matrimonio. Feliz cumpleaños a ti, feliz cumpleaños a ti… cantaron los dos chicos entredormidos y el esposo nervioso. La mujer abrió los ojos exaltada y les lanzó una mirada estallada de ira. Mi amor, aún falta media hora para que acabe el día… aboname esta. Fue lo que dijo aquel hombre. “¡Idiota! ¡Mi cumpleaños es el próximo mes!”. Gritó la esposa. Y con una media vuelta, volvió a dormir.

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