Confesiones de un Mal Amante

Era la noche el más agónico momento para encontrarnos, y no es que yo lo crea así, es que su cuerpo lleno de desamor, fiebre y cielo me hacía olvidar todo lo que había logrado sacar de mis sueños. Sentía un insaciable deseo por desterrara de las cobijas que amarraba nuestras pieles, que nos deja al margen de la pasión, que nos aprieta y nos engaña. Ella tan lejos de mis dedos, pero tan cerca de mis afectos; llega a saludarme y a preguntarme por un café, por un amor y por un tango. La noche era frígida, hace poco tronó, la oscuridad de fondo confundía su cabello, parecía hablando en chino, sólo miré sus ojos para que viera que yo aún estaba ahí. Antes de contarles sobre nuestra conversación –la obscena conversación que normalmente hay un miércoles–  les quería describir todo lo que mi alma les gritó a sus labios: Desgraciada, desalmada y exquisita puta que cree que con su ominoso humor va a convencerme de odiarla.

Rosa sus brazos, lanza una caricia, lame sus bordos, profundiza en su vientre, apura los nervios, los flujos, silencio, los egos, gemidos, marcas y amor en mi mirada. Es agradable la rabia que me da cuando no puedo ni hablarle de mi precocidad sexual en el momento en que cruza sus piernas, la impotencia de estas carnes y la maravillosa espera que nos obliga a nunca enamorarnos así nos encontremos en un mismo lugar. Parece una idiotez hablarles de conquistas cuando ni siquiera he conseguido que ella mire mis ojos con el anhelo de olvidarse.

Con la misma voz con la que me negó un espacio de amor, me pregunta sobre mi vida ¿Para qué mierda queremos hablar de lo que hago? Soy demasiado aburrido como para crearle alguna impresión, mis bohemias y mis demonios no alcanzan para ser un buen amante y que además tengo ese admirable problema de quien no sabe cómo amar siendo correspondido. Pasaron ya varios minutos de amor y nervios, de palabras necias y de baladas inherentes a nuestros cuerpos. Nos buscaremos nuevamente cuando queramos clandestinidad en las caricias, en las sonrisas calientes, en las ojeadas excitantes y en los besos de amor jamás escritos en este poema para sordos.

Yorkeen

PH: Helmut Newton

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