CONJETURAS DE QUIEN IGNORA

 

 En el filo de mi espada,

la violencia fue un amor.

Cornelius Lévy

 

Al levantar mi esterilidad,

los pájaros caen estrangulados.

Lucius Mattoni

 

Aquel que escribe en silencio,

se convierte en el lenguaje ignorado.

Pascal Quignard

 

 

La poesía es un permanecer en silencio ante lo que se cifra en el advenir del habla. En ese silenciarse hay un recibir y un acoger; de allí que la poesía sea mística: imposibilidad de penetrar lo abierto del lenguaje, de dirigirse claramente a alguien. Es hacer anuncios en condición de quien ignora.

 

No dispongo del poema: imago para reiterar la singularidad de lo presente en el desocultamiento de sí. Canto la poesía: diálogo de lo ausente con el erigirse de la voz que insiste. Comienzo renovado bajo el influjo de cierta manera de ser en el mundo, de una particular notación en la escucha.

 

Suceder que levanta la cabeza en el extrañamiento de aquello que permanece mudo, en el brote de lo aún sin nombrar. Realidad delimitada por el tránsito que permanece al margen de cualquier decir. Caosmos donde todo es reposo y unidad. Completud trazada como hondura.

 

Vacío o totalidad indiferente, sin estilo, ausente de algún asomo de voz. Luego desprendimiento, frontera, distracción que se percata de su propio olor, del pálpito ante el estallido de la tormenta. En ese instante, aparición de la distancia, entrada a la percusión de una firmeza, levantamiento en su alejarse o señal abandonada: resonancia de lo dejado atrás… ¿naturaleza o curiosidad por lo que genera la gran violencia? Originaria singularidad entrando en el eco de lo anterior.

 

La poesía nace en ese momento en el cual el cuerpo se inquieta por esa presencia suya, en el movimiento de sus miembros, en su hambre que propicia la búsqueda. De esa manera adopta los movimientos con cierto tipo de cojera: desconcierto y asombro de lo nunca antes aparecido: mismidad.

 

Ese trastabillo, entonces, dirige su mirada al horizonte luego de aceptarse y reconocer su carnadura en el solipsismo de quien se asegura existente en el destierro. Indicación de una noche para su maravillarse. Luz de aquel congeniar con sus sueños, despertar de la mudez: sensaciones.

 

Igual en apartados lugares rodando entre las piedras. De la misma forma otros vertebrados y una serie de ennubados pájaros. Hasta el primer encuentro con la semejanza y su inédito estar al tanto de lo próximo. Desnudez cariada bajo la sombra de los árboles.

 

Coincidir en la percepción. Metamorfosis de la bienvenida. Identificación con una especie de consentimiento ante las respiraciones que traducen el vigor. Acontecimiento de lo recibido en la apropiación de la figura ajena, reafirmación de la carne singular. Cuerpos al acecho y devoradora comunidad.

 

Nacimiento de la melodía que congrega, emoción replicada que anuncia lo maravilloso, el trato con lo innombrable. Mística de un aquí que quiere fundirse con la lejanía: muerte primera y memoria que sube hacia el hogar del rayo: representación de la altura más allá de lo inmediato, irrupción de la consecuencia en su apertura.

 

Admiraciones que se saben finitas. Nerviosismo y presteza en un hacer antesala para ganar continuación: noción de un camino esperando en algún lugar, procreación de linajes y entrada de la plegaria que desespera o espera demasiado. Poesía de lo inhabitado para sufragar el morir que resguarda la espalda: piedra, máscara, símbolo. Sigilo en el límite de la ferocidad.

 

Decisión de la morada es lo que aúna la dispersión: selección del terreno, llama y círculo, aprendizaje y técnica. Susurro que convoca guturalmente: nacimiento a la voz de la entraña en la estupefacción. Escucha y eco que repite la primera mirada: ardor, interioridad, quizás condición para congeniar con lo ahora ausente. Surgimiento de las palabras y, al mismo tiempo, de las cosas: mímesis… ¿comunicación?

 

El acuerdo es compelido a una salida presuntuosa que, bajo la misma lluvia, espejea la fantasmagoría: el truco de aquello que ahora dice con talante inapropiado lo que antes era mera indicación. Las identificaciones que atraen o repelen hacen que, poco a poco, las relaciones con se fracturen y los enquistados miramientos se desvíen.

 

Un sentido aunado al alimento de la presencia, de sus especias para condimentar sus viandas con recelo: establecimiento en la extrañeza y contornos que aspiran a un desafío ante las ruinas. Un tal “nosotros” participando de un gaudeamus familiar. Excluyendo.

 

Liderazgo empuñado en el éxtasis de la cacería y manos en tierra colorida estampilladas en la roca. Enseguida, destino. Cuerpos que se amansan en otros cuerpos: preñez cautivando la raíz, ronquera ante lo engendrado, incógnita tras el estallido de la animalidad multiplicada en las líneas cavernarias. Saciamiento de la fertilidad de la gran madre.

 

Notable entrada en el sosiego de los que se reúnen para acompañarse ante todo aparecer. Iniciación en los nacimientos una y otra vez antecedidos por la cópula en el tiempo en que un horizonte se anuncia. Baile de aquello que llamea placer: siembra, invocación, abundancia.

 

Hierática conducta de un ritmo arrebatado, movimiento enfático o imán de piedra antigua hermanando en la celebración. El gesto de bienvenida se amplifica en el otorgamiento. Nexo de las bisagras de la tormenta: pregunta y atributo. Acecho de la vigilia en la fulguración de cierta faena naciente en el canto, correspondida por la memoria hallada a la orilla de un río intempestivo.

 

En el lado opuesto, rompimiento y quiebre de la serenidad, cubierta por el terror ante el exilio definitivo.

 

Marcha hacia ningún lugar.

 

 

Medellín, 28 de abril de 2017 (3:34 a.m.)

 

Tomado del libro: Creación como Mística, que se puede comprar en línea en los portales Amazon o MoreBooks, por 35.90 € (euros) tanto digital, como en formato físico con un par de € más por envío.

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