DE LA DIFERENCIA ENTRE IGUALES

Aunque la sombra llegue lejos,

sigue unida al árbol.

Rumi

 

 

Las apariencias, en su mayoría, buscan ser diferentes, casi que lo son. Esa diferencia puede ser el logro por lo que cada apariencia (léase: la manera en como los demás nos ven a través de su lupa), se hace a un nombre, a un status, y ese es el anhelo al que nos han empujado. El asunto “cambia”, no obstante, pues, en el fondo, toda persona busca lo igual: es más cómodo, no exige grandes esfuerzos ni formas complicadas de pensar para convencer a los que no son como nosotros con argumentos que todos quieren tener, y si no tenemos dinero para el pasaje una tarde cualquiera en que deseemos ir de paseo, el bus “familiar” nos invita o nos presta sin los abusivos intereses de los bancos.

 

De todos modos, las personas quieren sobresalir, sacar la cabeza por encima de las de sus “amados” congéneres. Algunos, sin embargo, no pueden hacerlo -quiero decir, levantar la imaginación, crear algo distinto- y lo que hacen entonces, es destruir, tratar de hundir a sus acompañantes en este viaje por la redondez del planeta, hasta que lo logran. Entonces nadie puede sacar del fondo de la tierra ese reducto que implicaba una resistencia, una visión que no subrayaba la suya y por eso, quizás, algunos han llamado a este “diálogo” infernal de la contienda: “el enorme cementerio de los sueños”.

 

Cuando uno está solo, se mueve más ligero y puede virar en cualquier dirección si se le da la gana, sobre todo si uno pilotea un Ferrari en su propia mansión. También puede quedarse uno ahí parado en cualquier esquina mientras pasa el tiempo al son de los tamarindos o hasta que el “urbanista” de turno lo decida, claro. Pero es una tarea difícil esa de la soledad, la de ir luchando sin un escudero contra el mundo, porque hay momentos en que desfallecemos y no se tiene a los que nos hacen “porras” y nos animan a seguir, llegado el tropiezo. Creo que no hay ningún cuestionamiento sobre esto.

 

Decía que todas las personas buscan (buscamos) una íntima singularidad, una característica que las haga reconocibles, una aleación que no las convierta en un metal innoble, de todos los días, de esos que algunos cambian por grandes extensiones de tierra mientras los estafados intentan comprar un tiquete de regreso. Las letras del alfabeto en estas latitudes, hasta donde sé, son las mismas. Y de allí en adelante, está la capacidad para unirlas y hacer de ellas un poema que nos ofrezca una grieta por donde escapar, por ejemplo. Un poema que podría ser convertido en canción y que un pueblo entero llevaría en su corazón como la única propiedad para vivir sin la gran tristeza que nos llega en la ausencia del poeta. O también podríamos unir varias generaciones y crear una ordalía, un canto tan extensamente tormentoso como diez mares que, como vienen siendo las cosas, pronto será arrojado a los perros como la nueva doctrina.

 

Para darles un ejemplo, sólo basta observar el obediente barullo de los lectores de ciertos libros sagrados y otros especímenes literarios de tal tamaño, que encadenan la libertad de su pensamiento porque quienes los leen -cuando lo pueden hacer- sólo saben “leer” con las nefastas instrucciones del poder que se lucra con sus clases de hermenéutica espiritual. Y a pesar de estas personas que continúan uniformando las “almas” para tener más votos al momento de una elección importante, qué sé yo, de una campaña presidencial, por ejemplo, una oración en serie va cambiando con los años. Hasta que ya no sirve sino para recordar el viaje de iniciación que tuvo aquel “Mesías” que ahora es un pobre loco en las vallas publicitarias y al que ya ninguno hace caso.

 

Pero la intención de estas palabras, era mostrar de qué manera buscamos diferenciarnos los unos de los otros, aunque seamos iguales, semejantes, casi cortados por la misma tijera. Incluso siendo los mismos, todos, en algún momento, recitamos: “yo soy mejor”. Es algo que funciona en el sentido común desde que nos enjaularon en el catecismo de la individualidad y la competencia desleal, que en realidad es muy leal a nosotros mismos, porque a los demás se los puede llevar el demonio. Yo sé que nadie puede vivir la vida ajena. Que las experiencias nos hacen estos o aquellos o los de más allá, y, si lo meditamos bien, sin otra intención que llegar a lo común, a lo de muy acá, no hay quien quiera ser igual a los demás, aunque algunos sean maestros en suplantar a la “estrella” de moda.

 

En esta pretensión de alcanzar el primer puesto, la medalla de oro, el libro más original, el cuadro sin pareja, la figura sin espejo, el genio sin ley, en esa pretensión, decía, radica nuestra igualdad. Por eso, las diferencias entre iguales, están en cómo se ven, en el tono de la voz, en el modo en que asumen las mismas situaciones, en cómo se enfrentan a la vida que los diferencia, como la luz que los hurta de su caverna donde no se hablaba de esta manera en que les hablo. Eso que los hace ser únicos e irrepetibles -algo evidente para cada cual-, eso mismo, los lleva a alcanzar luego una medida con idéntico rasero. Esa medida es la inevitable destinación para la muerte: una vez se ofician las bodas blancas, ya no habrá otro color que levante alguna aspiración de las tumbas. Y la ceniza ira volando por los aires o contagiando de memorias perdidas el océano, y lo que decimos que es la vida seguirá con su complot para que nadie entienda y sigan creciendo los surtidores de la sangre ajena.

 

 

 

Víctor Raúl Jaramillo

Metrallo, comuna 13, 25 de octubre de 2017 (4:23 a.m.)

Fotografía por David Gómez

 

Deja un comentario