DE UN CIEGO EN LA NADA O CUANDO LAS ALAS VUELAN SOLAS

(relectura con omisiones de un libro que necesitaba su tiempo)

 

Basta hundir el cuerpo en el agua

para sentir el himno de la nada.

Darío Ruiz Gómez

 

 

Del acto cotidiano al que se arroja el poeta, como quien atraviesa el agua de un mundo que carece de visión, no sólo queda la impotencia, sino una despellejada belleza. Jorge Iván Grisales me ha interrogado sobre la vida como límite y me reitera en Los Versos del Nadador Ciego -un libro de poemas donde la imaginación no perdona– que ha viajado para recogerse en las voces interiores y descifrar el acertijo que sale del canto de un vientre. Y eso me da pie para reemprender un nuevo diálogo con su escritura.

 

De manera gestual -sus versos nos saludan entre guiños- este libro nos arranca un golfo de luz que enciende los ojos sepultados en las caracolas que sostuvieron las pisadas de la infancia, las cotidianas orgías humanas. La voz es la llama que multiplica la memoria del poeta, su sueño como salto al profundo vacío que deja la palabra cuando se marcha: salto logrado, salto repetido en su escritura como negra mentira de Dios. La ceguera a que se refiere Jorge Iván (y que en principio fue la mía), está cifrada en el hecho de no poder cumplir tantas cosas que nos prometemos, de estar enamorados sin ver que ya no hay tiempo para el amor, que el río del tiempo pasa y nos lleva con su hambre de mar, de nostalgia, de muerte sin que podamos alcanzar la orilla. Esta ceguera de quien nada en la vía lechosa de la incertidumbre que propone la memoria, hace de la explosión de mil estrellas el anuncio de una larga y obscura noche.

 

De la reiterada sombra, de los pasos imprecisos, de las flechas clavadas en las palomas del destierro, de la vacilación ante el drama de estar siempre con el cuerpo abierto se nutren estos poemas de Grisales. Cualquier verso de cualquier poeta, sea quien sea, podría sobrevenir trayendo la humedad de una lluvia saludable sobre el muchas veces árido mundo de la literatura, y aquí, en este libro, el poeta sabe que en su ir y venir hacia el poema, está sumergido en una sed recóndita que lo seca. Sin embargo, el poeta también intuye que ese cuerpo que es la poesía, que es el agua refrescante del poema, se hunde, no en ese gotear cantado, sino en el brío de un mar lejano, en las profundidades de una vida inclemente que no es más que su propia respiración, el infaltable cansancio, su nado gangrenado en ese cuerpo donde a duras penas amanece. Yo mismo, que enmiendo la tarea de una primera e inexperta lectura, me siento a veces desfallecer.

 

Después de leer de nuevo este libro donde las alas vuelan solas, es mi deber una redundancia, no en la búsqueda de debilidades y tropiezos, sino en lo que realmente nos puede llenar de ánimo para continuar, aunque nos lastimemos la garganta, el seso, el orgullo. Porque de alguna manera Jorge Iván Grisales, ese hombre que ha nadado sin saber qué hay al frente, que ha seguido el escepticismo de otros poetas sin renunciar al deleite de lo por venir, pone el recelo de su franqueza frente a la página como un guía en medio de la oscuridad, a la manera de quien activa remotos rituales: la compleja sucesión de su dramaturgia en que muchos vimos la posibilidad del aumento de la fuerza, cuyos personajes produjeron en su momento la única alternativa para bendecir esta vida desgarrada, puesto que el poeta de este libro también es un gran actor, es ya motivo de abrazos y agradecimientos. Muchos de sus estudiantes lo saben más que yo. Porque en sus puestas en escena vibró la poesía que habita sin afecciones este libro del que vuelvo a hablar. De este modo, quienes nadan en las aguas de los poemas en cuestión, podrán encontrar el gesto y la voz que, a pesar de la espina, obtienen la conciencia de lo que se quiere lograr: la unidad múltiple de los hombres, la flor de agua erigida sobre el desierto.

 

Por eso Jorge Iván Grisales, en su libro Los Versos del Nadador Ciego (publicado en 1997), sigue el cauce de la escritura sin otra necesidad que seguir sumergido en el agua peligrosa de una belleza que resiste, pues, este libro, siendo de nuestro tiempo, pareciera llevarnos a la contingencia de edades por venir, o a otras ya agotadas con sus heridas y perversiones. Porque al fin y al cabo la vida, o lo que queda de ella, necesita quién la cante, quién la lleve en su aventura, poema a poema, por los nuevos destinos que en secreto se preparan para su travesía, por los olvidos que hemos dejado a nuestro paso y que deberíamos recordar. Por esta íntima razón, quien escribe esta aceptación del error, de quien se reencuentra en la lectura de este libro con la ilusión y el deseo de seguir por siempre remando, viviendo, sabe cómo sus poemas merecen que se avance en su cauce hasta que sólo se escuche un himno venido de la nada.

 

 

 

Víctor Raúl Jaramillo

Medellín, 11 de noviembre de 2017 (5:30 a.m.)

 

Fotografía: Jorge Iván Grisales en escena, tomada de una entrevista hecha por Cristobal Peláez, en el Matacandelas.

 

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