DOS LECCIONES DE ECONOMÍA

Para Ana María,

que sabe qué es el mar.

Y mi madre que lo extraña.

 

 

Siempre mi madre,

envuelta entre hilos y telas

después de preparar su desayuno

y el mío.

 

Sin falta mi madre,

mucho antes de que muriera mi padre,

me ha exhortado

sobre el debido uso del dinero.

 

“Te desbocas con tus caprichos

y no ahorras.

No te gastes todo lo que tienes,

guarda para después…

 

¡hay que estar preparados

para alguna emergencia!”.

 

Mi madre me da la lección

todos los días.

Y lo seguirá haciendo,

incluso cuando ya esté mordiendo el polvo,

estoy seguro.

 

Yo le digo:

“ya estás cansada,

flaquean tus piernas.

Toma un taxi, evita las caídas”.

Pero ella guarda el dinero,

camina varias cuadras para tomar un bus

y se aparece con una bolsa de leche

y pan de maíz.

 

Hay días en que el pan

ya no se puede comer

porque se ha vuelto duro

o se ha poblado de hongos.

Y en la nevera

hay decenas de frasquitos

con algún residuo de cualquier cosa

que servirá –dice mi madre-

para otra ocasión.

 

Hoy me he sentado

-muy seriamente-

a meditar en el asunto.

 

Recuerdo entonces la otra lección.

Aquella que no pocos amigos,

poetas o no poetas

-¿tiene eso alguna importancia?-

insisten en darme:

 

“Llegará el momento de la sequía,

y no podrás beber de esa agua inédita,

nadar en ese río donde

aún nadie se habrá bañado.

 

¡No publiques tanto!

 

Deja reposar la escritura,

guárdala en un cajón.

No la vuelvas a mirar por varios meses.

 

¡Podrías arrepentirte!”

 

Pero yo, siempre testarudo,

hago oídos sordos

y dejo el grifo abierto

mientras busco inútilmente

en mis bolsillos rotos

con qué comprar un cigarrillo.

 

Yo no soy León de Greiff

ni ningún Pessoa.

Mi nombre es Vivir Ahora.

 

¿Por qué ese pudor?

¿Para qué amasar dinero o poemas

que luego de muerto

nadie entenderá

o reescribirá a su amaño?

¡A qué poeta le es oculto

que todos están esperando

que muera para saquear su baúl!

 

Quieren como tú,

ser los primeros en buscar la recompensa

de una edición canonizada.

Traicionando,

quizá,

un momento de lucidez

o tu embriagada revelación.

(toda revelación es una embriaguez

porque ningún brillo cae de arriba.

Todo brillo está solo en lo que aparece, aquí mismo)

 

Es cuando suena el teléfono.

 

Y te pregunto entonces a ti,

Mujer-oleaje, mi lejana Mujer-arrecife:

 

¿tendré que esperar otra vida

para decirte que te amo?

 

 

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