ECOS DE VOCES MÍNIMAS

Para Andrea Parra y Danna Isabel Rodríguez,

porque ellas hacen feliz al mundo sin porqué.

 

Hacer vida

cuando es fácil

entregarse

a la muerte,

es la sabiduría.

Víctor Gaviria

 

 

Nos estamos matando porque no queremos morir.

 

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Una muerte serena es, la mayoría de las veces, el mejor resultado de la vida.

 

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Sí, todos vamos a morir. Sin embargo, nadie sabe qué tipo de vida tendrá. Eso nos permite enhebrar sueños.

 

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Morir no es el problema, la cuestión es saber que sea lo que sea que estés viviendo, hay que hacerlo como si no tuvieses otra oportunidad.

 

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Un evento nimio y fácil de superar para unos, en otros provoca el levantamiento de la mano contra ellos mismos. O un disparo contra alguien más, que es aún peor.

 

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¿Dónde queda la propia luz cuando siempre se está a la sombra de los demás? Para responder -y no mentir- la vida deja que vivas tu propia vida. Pero tú insistes en la de al lado.

 

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Mientras vivas en todo tu esplendor, esto es, sin ningún tipo de reproche frente a lo que va ocurriendo -con el ánimo de quienes saben morir-, lo vivido no podrá ser arrebatado por la muerte.

 

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La vida es simple. Realmente no comporta ninguna dificultad. Somos nosotros quienes al vivirla hacemos de su susurro un laberinto de ecos que entorpecen su tránsito. Lo que nos falta es estar más dispuestos para su voz. Y escuchar sin violentarla.

 

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¿Vivir o morir? Esa suele ser la pregunta. La respuesta también es precisa: la vida seguirá sucediendo tal y como ha de suceder, con nosotros o sin nuestra respiración en ella, y volvamos o no a los malabares de la agitación de todos los días, el mundo no dejará de producir su fatídica carcajada.

 

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La claridad es importante, pero se necesita vivir lo suficiente para llegar a ella. “Vivir lo suficiente”, no es un asunto cronológico. Es la manera de estarse siendo uno con lo viviente a cada minuto, sin ningún tipo de necesidad. Como si los años estuviesen dispuestos para los sueños en numerosas nubes indiferentes.

 

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La vida está en infinita presencia cuando se vive. La muerte es anterior y posterior de esa vivencia que se suele llamar “el salto de nada en nada” y nos cubre de igual manera. ¿Qué tendríamos que temer de ella -la siempre anunciada- si no se tiene ni tendrá noticia de nuestra estadía en sus jardines silenciosos?

 

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Alguien lo dijo con anterioridad, su nombre no es necesario. Sus palabras son verdaderas. Describen un hecho irrefutable que a todos pertenece. Y habríamos de saber que una verdad común que posee dueño, dejaría en duda su valor para cada uno de quienes la viven: “para aprender a vivir, se debe vivir”. Sencillo. No hay otra verdad distinta.

 

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Ir por la vida como quien respira lenta y profundamente ante algo que jamás se quisiera abandonar, hilando el aliento ante su presencia, pero aceptando que no será nuestro nunca, es la vía de quienes poseen un gran respeto por lo viviente. Es admirable esa cualidad de saberse parte de lo vivo sin la presión de poseerlo. Así, anticipar la partida, podría volverse una destreza. Tal vez.

 

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Queremos habitar un lugar sereno donde la vida ocurra sin dificultades, sin la presión de una carrera al infinito que no podrá ser trazada en nuestros mapas. Pero sabemos también que la vida sin conflictos nos dejaría a la intemperie, en una cruda comodidad suicida. Una cosa es lo que creemos nosotros que debemos vivir, y otra muy distinta lo que realmente nos permite hacer la vida. Y entender esto -aunque sea a través de palabras- no deja de hacernos desgraciados. Poco a poco va dándose cuenta uno de ello. ¡No hay escapatoria!

 

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La vida se presume caminable en todas las direcciones, pero hay momentos en que un gran muro se alza frente a nosotros y debemos frenar ante él, no sin un extraño desconcierto. Saber qué hacer con esa aparición es lo que nos hace ver como inteligentes, osados, obtusos, cobardes, creativos: es la respuesta que tenemos ante las vicisitudes de la vida la que nos hace personas en definitiva. Y seguir en la marcha a pesar de los velos, los límites, las grietas, los descalabros, es una decisión únicamente nuestra. Sólo de cada quién depende vivir la vida, su vida y su cómo. Y de allí, el tipo de muerte que sobrellevará. No hay que pensar mucho para saber que es así.

 

Tomado del libro inédito: SUSURROS DEL ÁRBOL INSOMNE

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