EL ARDOR DEL AGUA

La vida podría asemejarse a una receta que cada cual va creando a partir de otras recetas que resultaron de otras anteriores, y así hasta la receta primigenia. Esto es, la receta con que se inauguró el caosmos y aún no hemos podido conocer y que por simple conjetura y para no sentirnos huérfanos, hemos sustantivado, haya habido explosión o no. Lo mismo pasa con esas mujeres extraordinarias que sólo tenemos a la vista: quisiéramos adentrarnos en ellas, resolver su enigma. Celebrar el ardor de su agua subterránea.

 

De ese modo es la escritura. Para escribir no basta con conocer el abecedario, las palabras, la gramática o las técnicas que surgen en los talleres literarios y otros tipos de academias. Además de estos primeros e ineludibles aprendizajes, buscamos un chispazo que enriquezca la intención de comunicarnos con los demás, de una manera diferente a los balbuceos de la acostumbrada manera convencional.

 

Así como en la cocina, donde dejamos nuestra sazón, el sello personal en la mezcla de los ingredientes, para escribir se necesita un talento para la composición, el poder para producir combinaciones nuevas, la capacidad de engendrar. Se debe poseer el arte de la transformación. Algunos hablan de “estilo”.

 

Lo mismo sucede con la música y con la vida, y tampoco es fácil. Ya te lo he dicho. A pesar de las modernas -o transmodernas- maneras que hemos creado para acercarnos a la vida y sus variadas y delirantes fórmulas de éxito y progreso, la vida sigue siendo un asunto difícil. Una vida auténtica, propia, quiero decir. Pues como Henry Miller subraya: “la vida puede ser una distracción tonta”. Y la gran mayoría lo testifica.

 

Las relaciones personales no pueden seguir escatimando en las posibilidades de una libertad naturalmente compartida, de un hacer que involucre al otro sin encerrarlo en la dependencia o la sumisión. Y procurar así una vida donde nadie sea la “copia” del otro ni sea imputado por vivir como ha elegido. Eso sí, que no nos vengan a pedir prestada nuestra resistencia ni a tratar de convencernos de sus doctrinas. Nosotros vamos porque queremos, no porque nos obliguen.

 

La vida, a pesar de su actual enajenación, ofrece una gama amplia de satisfacciones, aunque en gran parte fugaces. Algunas de éstas, incluso en situaciones precarias. Hablo de cualquier índole de precariedad: orgánica, anímica, económica… ponle el nombre que quieras. La vida en su magnitud es una desbandada de azarosos sinsabores y una que otra obstinación reconfortante. Y como realza nuestro maestro Manuel Mejía Vallejo: “vivir quizá sea sólo un vicio que curará la ausencia”.

 

En la séptima carta que Rainer Maria Rilke le envía al joven poeta Franz Xaver Kappus, deja escrito que, “si algo es difícil para nosotros, es precisamente esa dificultad la que nos obliga a realizarlo”. Porque la felicidad al conseguir lo que queremos -si es que en realidad lo queríamos- nos abandona prontamente al haberlo obtenido sin ningún esfuerzo, dejándonos presos de la desilusión. Esta facilidad no propicia ese sabor a triunfo que producen las cosas a las que hemos tenido que ponerles el tesón.

 

Cuando buscamos una vida fácil -o vulgar o trivial o anodina- prontamente se nos va haciendo monótona, aburrida, pesada, y nos llena de cansancio. Casi que un tiro en la cabeza sería más sugerente. Las vidas “baratija” que se consiguen en cualquier tienda de barrio, en el canal de televisión que más se frecuenta, podrían alimentarte unos días, pero llegará el momento en que te convertirán en una persona infeliz, opacada, sin alientos. ¿Por qué? Porque no es la vida que te pertenece. No es legítimamente tuya.

 

Nos han educado hasta el mareo para conquistar el mundo, para asumir el liderazgo de un país, para congregar a las multitudes y otras desproporciones de este mundo de la superación. Y como ya lo sabrás, no siempre se puede. Diríamos que casi nunca, teniendo en cuenta el gran porcentaje de limitantes y restricciones que es lo que realmente sucede en esta veloz carrera hacia el abismo.

 

El homo-humano, aunque se lamenta de casi todo, sabe que la única herida que no duele es la que ayuda a confiar en las propias decisiones. En eso que hemos llamado “uno mismo” y que no deja de ser otra presunción. Las personas que nos alientan a seguir -a pesar del empeño que ponen en el asunto-, saben de antemano que lo más probable es el descalabro. Y si no lo saben, tienen una leve corazonada, pues, el mundo es terriblemente hostil. Pero, como lo piensa Rilke: “quizás todo lo terrible sea, a fin de cuentas, algo indefenso y desvalido que requiere de nuestro favor”.

 

Una vida corriente, sin mayores ambiciones, casi anónima, serena y capacitada para la soledad o para la sencillez que en nuestra época fraudulenta es considerada un fracaso, sería una escapatoria para contrarrestar el venenoso asunto de querer sobresalir a toda costa, de entrar en el círculo de los tiranos pase lo que tenga que pasar. La montonera de los unos contra los otros se deriva de esta sed arbitrariamente desmedida.

 

Lo anterior no quiere decir que debamos ejercitarnos en una vida carente de exigencias, de retos, peligros y estupores que sabrían abrumarnos, ciertamente, pero que al mismo tiempo nos arrojarían con su provocación hacia la búsqueda de profundos logros, al alcance de esperados sueños, al cumplimiento del algún amor -único o no- que probablemente protegeríamos contra todo lo que se le oponga.

 

Éste último, el amor, es una tarea necesaria, la más necesaria de todas. Sin amor, la vida ni siquiera habrá dado su primer gemido. Hay que amarnos. Hay que hacerlo como quien al despertar trata de recordar lo que soñó, como quien ve un animal enfermo y se compadece. Hay que amar porque sí, sin ninguna expectativa que no sea el amor mismo. Bueno, si es que nuestro afán de dominio nos deja.

 

De todos modos, sería bueno recordar, aunque yo no lo lleve a la práctica, los versos del ya citado Mejía Vallejo:

 

Amor es algo que un día

llegará a nuestra morada

o es una cosa pasada

que siempre asoma tardía.

Nadie forme algarabía

con su amar y su olvidar;

uno y otro han de pasar

como si fueran inmunes:

si toda la vida es lunes,

no hay domingo qué guardar.

 

 

Tomado del libro inédito: CINCUENTA AÑOS DE NIÑEZ

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