EL DISCURSO DE TSU YANG-PO

El sabio teme morir.

 

Obra de manera discapacitada

para el arrojo,

para la aventura.

 

El sabio dictamina la prudencia,

dispone el dejar que Dios

haga de las suyas

y no se permite

la intromisión en el mundo.

 

No nos preocupemos por él,

que está bien como está.

 

El sabio asusta

a la juventud frenética

diciendo que hay que tener paciencia,

que todo acto y palabra

deben pasar por la reflexión.

 

No puede el hombre

que ame la sabiduría

desbordarse en un ton sin son.

 

La vida

debe ser una respiración:

pausada y sin alteraciones.

Eso dice.

 

El sabio

que al aumentar su edad

procura una vida sana

y sin arrebatos.

 

Quizá hacia adentro.

 

El sabio recomienda

conocerse en todas las estaciones.

Recomienda saber quiénes somos.

 

Ese sabio se aferra a la vida

y todo acto de vacilación

le causa un gran temor.

 

Ese sabio se entrega a la cicuta.

Todo ha sido clausurado.

No es un sabio, es un mártir.

 

Piensa que piensa y luego existe.

Cree en un yo

que se antepone a toda altura.

Quiere derramar su yo

en toda obra sabia.

 

Para ese sabio

los pensamientos

se construyen

a fuerza de pensar.

 

No llegan ni pasan por nuestro pensar.

 

Creer que somos sus más altos escultores

a algunos produce náusea.

 

Y están los otros,

los que dicen que un dios los inspira.

Esos a algunos no sólo provocan náusea,

sino que los pone a temblar.

 

Se sienten tan excelsos

y grandes

que piensan que un dios

les presta toda su atención.

 

Ilusoria manera de vivir.

 

Si bien vivimos

bajo oculta determinación,

sólo en compañía del amor

y la fuerza,

que se logra con fuerza,

podemos convocar a la vida.

 

De allí el acto nuevo

que pasa a nuestro lado,

y que, si no amarramos de pies y manos,

se nos escapa.

 

No podríamos vanagloriarnos

de haberlo descubierto,

que para otros sería inventado.

 

Adán no despertó

a la ley de la gravedad.

 

Jesús no instó a sus pescadores

con un sextante.

 

Siempre hay nuevas cosas bajo el sol.

 

La voluntad de crear

es digna de tenerse en cuenta,

pues un hombre sin obra es fantasmagoría.

 

Relincho sin caballo,

caballo sin pradera,

pradera donde nadie se baña en su río.

 

El sabio debe ser fuerte y creador.

 

No sólo un medio

para que el mundo se muestre,

sino, y, ante todo,

alguien que con ahínco

transforma y da respuesta

a su ocultamiento.

 

Los sabios

atormentados por el vivir,

olvidan su morir.

 

Todos moriremos.

Sabios y no sabios.

 

Tarde o temprano

el sabio

y todo lo viviente

es descartado por la Naturaleza.

O por su propia mano.

 

El sabio-creador

debe ir en varias direcciones

aunque esto provoque oposición.

 

Debe anunciar el acto amoroso,

el a lo existente.

 

Debe derribar para luego levantar.

 

Más bien ser un guerrero.

 

Cuando un sabio lucha en y por el mundo,

éste lo reconoce,

le presta atención.

 

El mundo no está bien como está.

 

A lo que dirán otra clase de sabios,

que siempre ha sido igual.

 

¿Y cómo?

 

¿De qué manera

contemporaneizar la antigüedad?

 

¿Quién es lo suficientemente antiguo

como para darnos esa razón?

 

Deja huella sabio dormilón.

 

Dale nuevos nombres a la hambruna

que nace en el seno

de la humana podredumbre.

 

Reconoce que pronto serás hedor de tumbas.

 

 

 

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