EL ECO DE LAS PIEDRAS

1

De las piedras es el canto del agua.

 

2

Cadáver o geiser sobre el prado. Ciencia del irse de una vez. Oscura tierra bajo altos árboles.

 

3

Semilla de la muerte, cae tu pulso en mitad del baile. ¿Otro bosque que nadie visitará?

 

4

Grita el sol sobre la colina: cuerpo vivo que tiembla. ¿Huesos de una canción marchita?

 

5

El brío de la danza abrazó tu imagen: origen de un clamor que no cesa.

 

6

¿Quién ardió en ella? Llama impura de la aldea.

 

7

A los pies, pálida ola. A los pies, madrugada de la sangre. ¿Alimento que nos extravía?

 

8

Fuera de la materia, todo es música, me escribió. Como si no se hubieran tomado las precauciones necesarias contra la charlatanería de lo inefable; como si no fueran sino una alucinación sonora.

 

9

Futuro morir: recuerdo de tu sombra que anticipa.

 

10

Baile que declina: sino de espectros y tiernas conquistas.

 

11

Amar es necesario. Aunque sea insuficiente.

 

12

(¿Y quién, al pasar por el paréntesis que pregunta, no lee en su propio corazón?)

 

13

Los días pasan, uno tras otro. Y -aunque no te des cuenta- tu palabra será el eco de las piedras.

 

14

Llévame entre la angustia que ha nacido en tu memoria.

 

15

Parieron las voces. Hasta que alguien contemple el regalo que, una vez muertas, se lleven a la tumba.

 

16

Piedra: qué poco sabemos de tus silencios desmesurados.

 

17

Inaugural antorcha, enciende otra mano y déjame en el vacío, murmuró con voz celeste.

 

18

Música aprendida antes de morir: vertiente de su vuelo: ¿mendicidad incendiada que nadie velará?

 

19

Tú en lugar de nada. Confianza de un nombre.

 

20

De nosotros mismos la noche. Del alto día el día. Pasos que damos sin siquiera preguntar.

 

21

Nube, árbol, arroyo que imanta: en su lecho, una doncella que teje. Y en las calles, la sangre que se vuelve piedra.

 

22

¿Detrás es el comienzo que siempre viene a mi boca? ¿Al fondo es un final que huye, que debo asumir como cierto? ¿Todo delirio, lo que ha sido, lo que es, lo que será?

 

23

Las cadencias de la máscara. Los rostros cerrados en los gestos que son el horror de los días. La máscara y su giro estallado, ausente. La desnudez, potencia de una vida.

 

24

Imagen y pensamiento. Palabras que aran. Memoria y lenguaje que salvan del abismo y te lanzan a él. Lo que decidas, de todos modos te arrepentirás.

 

25

Silencio que me habitas: fuente de mi verso: casa de mi dar a luz.

 

26

Cacería de mí mismo: un animal terrible entrando en tu carne para descansar: nuevo refugio para la herida.

 

27

Mundo de un rostro que huye. Mano torpe que lo sigue. Un celo fecundo se revela, mas no es otro que tu propio celo.

 

28

¿No quieres volver a la levedad y a la magia? Tiniebla de unos ojos, cerebro vacío y seco: ¿no quieres volver? Volverás. Y así el rayo que calcina avivará tu viaje.

 

29

La claridad está en sus ojos. Espera, mas con inquietud. Pone atención, pero olvida. Hecha coro, sin estrépito, llega el momento en que no ve más.

 

30

¿Qué ruta seguirás? De un lado está el conocimiento, del otro la vida: tentación y tentadora. Son el mismo árbol. Pero ten cuidado, pues, se silencian ante tu duda.

 

31

Pronuncia la palabra sólo cuando estés amando. Otro infierno llegará y no tendrás tiempo.

 

32

Desvela, muestra: di tu palabra: canta y haz llover.

 

33

Has logrado fundar un mundo. Llevaste tus rebaños a pastar en una extensa y reverdecida pradera. Hay quienes mueven las aguas de tu río y brota el oro. Es cierto. Lo sé. Yo, en cambio, naufrago y me malgasto en un caosmofágico acecho. Voy tras de mí mismo: hojarasca y humo. Soy infiel. Me pierdo. Te incomodo. Te perturbo. Quizá me arredro. Pero soy yo.

 

34

¿Cuántos mares detrás de estos mares? Volvemos y somos otros porque la memoria no nos alcanza. ¿Qué otra tierra, quiénes en su eco?

 

35

Siempre estamos al borde del abismo. Protegernos de las fauces del hambre nos devuelve el hambre.

 

36

Frágil sueño es asediado en mitad de la noche. Y en alguna parte de ti, nazco de repente. Arroja los féretros de tu sangre, me susurras.

 

37

Palabra negra: habla sin caer. Palabra roja: ámame. Palabra blanca: no me ciegues con tu lumbre.

 

38

El oscuro vaho de la noche -fibra pétrea de tu parpadeo- asciende, blande la señal. Otros talismanearán su partida.

 

39

Entre lo que quiero decir, lo que en verdad digo y lo que crees que dije, se te oculta el misterio. Amor: tembladeral tu ojo en mí.

 

40

En una mano, el caos. En la otra, el cosmos. Caosmos de esta consecuencia ¿dónde poner mis manos para que todo fluya?

 

41

La muerte y su andar como mar lento que nos contiene. Acaso nosotros, islas de un vasto continente, la acunamos. La muerte y su agua que ondula.

 

42

¿Somos el otro que cruza la calle fantasmalmente? ¿Ese que sueña ser algún día el único? ¿Somos ese tú que nos aniquila?

 

43

Ser los que venimos siendo. Destinar para nuestro mundo la trayectoria de un animal rabioso. Desolar nuestra casa. Salir a la contienda de la sangre. Agitar nuestra música en el magma de la destrucción. Y no obstante, la savia de la mañana.

 

44

Las piedras son el eco de los hombres ulcerados de dicha. Gota a gota, una celebración se ahueca en la renuncia a su sabiduría.

 

45

Algo se abre, primero en mí, luego en su angustia. Crece, se dilata. Es el planeta azul, el gato, la piedra. Es la contienda que nos espera, allá, en la noche donde seremos la misma galaxia. Y no habrá un dios donde morir sin muecas.

 

46

Has gritado; pero ese himno, esa luz como cascada que atraviesa tu ojo. ¿Allí también me nombra el abandono?

 

47

Es un dios, dice. Y por eso no se opone a su voz sino al calor de sus pupilas. Sabe que mira y conquista; pero su voz es otra manera de otear las cosas.

 

48

Caminando, silenciosamente, sin afán. Qué otra cosa sino paladear el mundo.

 

49

Entre mudez y temblor, el mediodía de su carne. Escribe su historia, una brizna, un rocío que nacerá cuando haya lluvia. Es el amor que se amplía.

 

50

¿Es tu música una epidemia enajenada? ¿Su veneno te recibirá después del hambre? ¿Echará raíces? Morada que crece como un escalofrío inexplicable.

 

51

Congestión y fuego: es en la noche donde han nacido los ojos.

 

52

Vid de tu boca, dame una cita. Habla mi cuerpo, adopta mi esfuerzo. Lo demás nada vale.

 

53

De alguna manera. Hay muchas. Pero no de cualquier manera.

 

54

Tú y yo venimos de una sangre derramada hace tantos siglos. Manos trenzan las palabras: destrona este vendaval de hierro… ¿y la danza macabra enmudece?

 

55

Parpadeo. Eso soy. Fugaz envoltura que deja de cubrir. Era tu objeción cuando entraba en esa carne tuya, estrecha. Pero ¿a quién más buscaba sobre ti, si no a ti?

 

56

La ciudad agoniza en hambre. Y al otro lado del mundo, una anciana blasfema contra el viento con una hoja que cae.

 

57

¿Qué espejo, luna o sol, refleja mi realidad? Sino de guía perdido, azar para gobernarse. Otro lenguaje entra y al calcinarte me nombra, oh piedra.

 

58

Todo tiene su savia: la silla, la casa, la música, tus pechos. ¿Hojas que nadie cuenta? ¿Flujo del mar que nadie podría contar? ¿Cada planta es una constelación de plantas infinitas? Sólo nosotros, hombres encadenados, morimos en el acto.

 

59

Angustiada camina, ella, la viajera: una metáfora. Triste porque ahora no hay qué derribar. Sólo fue un instante. Y los hombres decidieron arder.

 

60

Desde la piedra brota el grito de quien no volverá a tener boca. La piedra es su resguardo vivo, es su señal, es la tenacidad de su entretiempo. El silencio de la piedra es la ruina fértil que anuncia los aullidos donde el hombre subrayó su éxtasis: los muros, la carne petrificada, la grafía del acontecer. Al caer la noche los animales se han congregado detrás de las piedras; sobre las altas cimas de las montañas los paseantes han arrojado piedras al vacío; en las ciudades las piedras han sido talladas para sembrar la memoria en los habitantes del futuro; los que también serán como la piedra que sólo es la piedra, el universo todo. La piedra, esa fijeza en permanente combustión, lenta, pero arrolladora, es donde empiezas a morir antes de saber qué cosa es la vida; es la habitación cerrada, es el lugar secreto de la escritura donde dolió el sobrevuelo de la poesía. Así ha sido azotada la sangre del ofrecimiento; de este modo, del pensar sólo queda el insomnio alabando el engaño de un lugar seguro; es en esta forma como las palabras dieron al hambriento el eco de sesenta ojos de piedra.

 

Tomado del libro: CON LA PIEL EN EL EMPEÑO (2015)

Fotografía de unas catacumbas (sin lugar ni autor)

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