Elecciones y colectivos

Cuando fueron las elecciones nacionales nos tocó volver a hablar del uribismo y como colectivo no tuvimos una voz sobre la Cámara o al Senado. Más que estar en contra –que lo estamos– salimos de nuestras ficciones sagradas, del interés en el arte, nuestra mirada a nuestra propia vida o la ciencia, para tomar partido, movilizarnos en una encrucijada. Sin Partidos las elecciones al congreso no parecían definitivas, inclusive nos limitamos a decir por qué partidos no votar (en mucho otros partidos siempre alguien de Morada encontraba alguien valeroso, respetable).

No nos ha dado ganas de acercarnos a lo electoral y a veces ni de hablar de eso. Hay otra vida más interesante circundándolo. El Estado es estratégico para la calidad de vida de las personas, pero los políticos distan mucho de ser el centro de las transformaciones.

Ese interés por el arte, por nuestra vida, por la ciencia, es político, porque en esas búsquedas leemos el poder y nosotros estamos hartos del personalismo. Leemos dónde nos ponen la estética, cómo nos quieren volver artesanos, reparadores y no creadores; cómo nos construyen las preguntas desde afuera.

Casi todos los de Morada seguramente votaremos, otro tanto estarán participando en campañas, pero incluso esos dejarán libres nuestros canales, herramientas y espacios de los empresarios del voto. Seguro habrán empresarios más honrados que otros, los que no roban y simplemente pactan y maniobran; favorecen pero no se descaran en clientelismo.

Si hubiese alguien que de verdad pudiera sacar la cabeza del sistema creo que uniríamos todo lo que somos como colectivo y lo apoyaríamos. En ese caso lo diríamos muy fuerte y jamás lo negaríamos. Podríamos apoyar como una red si quisiéramos y jamás lo tendríamos que hacer al escondido.

Un colectivo, a diferencia de una empresa, un proyecto o un programa tiene que ser un espacio, un lugar móvil para descansar de los cálculos del mundo.

Nuestro problema con las siguientes elecciones es más grande que la oposición a las trayectorias de la corrupción y que las trampas que desde hace rato representa el uribismo.

Nuestro problema es de fines y medios. En los fines que esta ciudad no se transformó y no puede ser un espectáculo cuando hay tanto dolor. En los medios que ningún candidato nos trata como algo diferente a espectadores y consumidores; que ninguno ha comprendido la filosofía de la gestación de un partido y ni un sólo candidato le da igual peso a la pertenencia, el debate y los procesos deliberativos que al poder y ganar.

Tantos los idearios de este colectivo como el formato mismo del colectivo nos permite bajarle importancia a los líderes y dejar de esperar a alguien que nos salve o aún que cambie las cosas. Las solucione tendrán que ir surgiendo de adentro y la vocería y ni siquiera la coordinación es lo esencial.

Estamos hartos de los pragmáticos, de los ganadores, de esos enfermos de cordura que son los políticos y los empresarios; empresarios del voto unos y candidatos de sus productos otros.

Los colectivos tenemos mucho que enseñar a los políticos y los gobernantes: nuestra prioridad es estar juntos, donde estemos con el otro será un buen escenario (no el lugar de la victoria o de tener la razón). No hay tal cosa como ganar y mucho menos vencidos, porque la excitación no es la de la competencia; más que elevarnos nos interesa la profundidad y no hay gran profundidad o nitidez sin cosas pequeñas; no hay una oportunidad para borrar la constancia (somos también nuestros propios testigos). Al final, fracasar mejor, tener placer de oficio y de lo que se hace en el presente, construir a diario y no por golpes espectaculares o por guacas encontradas.

Nosotros con la riqueza de la imaginación, sacralizando las ficciones. Los candidatos con la eterna edad malcriada jugando un juego que no se inventaron, cayendo siempre en la tentación de las vanidades, sucumbiendo al juego de ganar para después descubrir que lo que se consigue mediante la prisa del ganador no deja nada.

Cuando se hace todo por ganar –como los políticos profesionales– damos la vida sólo para que las cosas funcionen; para que funcione algo que no nos inventamos.

Pobres los políticos que como todos quieren ser amados, pero que lo primero que pierden es el oficio y que un día se levantan y descubren que en ese barco donde creen que son capitanes, son presa de su tripulación… ya no son ni dueños de sus propios remos.

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