EL REPOSO DEL GUERRERO

Sí, el presente.

Alabado presente

por toda la agonía

y su fútil desempeño.

 

El instante.

Perpetuo instante

que va de instante en instante.

 

No des un pescado,

enseña a pescar.

 

Ni un resfriado

pescaría esta trampa

en que nos sumergimos.

 

No hay pasado,

todos sus pasos

han quedado atrás:

espalda del mundo.

 

No hay futuro,

todos sus pasos

aún no se han dado:

horizonte o tembladeral

de la esperanza.

 

De ver el paraíso de frente

el hombre se mataría.

 

Qué es todo esto

sino el desquite

de la retaguardia

que deja la inteligencia.

 

Un pescado salvará el instante,

sólo eso.

Mas el instante es ya,

hoy que es la eternidad.

Lo demás

es el otro presente

que no habitamos

y hemos dejado de habitar.

 

Presente continuo

que mancillamos con amor:

madriguera, guarida, cubil.

Amor al que le sacas todo

lo que es ajeno y desaparece.

 

Y la esperanza:

prefiguración

puesta donde no estamos.

 

Fantasmática niebla.

 

No más fingir sentir

lo que no se siente.

No más los buenos modales

del sentimiento.

 

Un árbol de mango

no fructifica en naranjas.

 

El león no seduce con palabras,

no invita a su hembra al bar.

 

La monta y basta.

 

La leona no le pregunta después:

¿me llamas mañana?

 

Mas la razón,

la desmesurada lucidez.

Historia tumefacta del intelecto.

 

Refrito para que alguien diga:

comencé a pensar

que la razón

es una forma de locura,

una locura por lo bajo.

 

Alta locura,

genial advenimiento:

¡arrójenme al mundo!

 

 

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