ENTRADA EN LA NOCHE

Llena con tu cántico mi noche.

Leopoldo María Panero

 

 

La lluvia cae,

su rumor

amortaja a los durmientes.

 

Lentamente las voces

de una ciudad amada y terrible

van siendo presas del sueño.

 

Desde una gran distancia

se acerca un recuerdo,

aquella figura entre jardines

abrigada en el pedernal del corazón,

aunque la caída siga de cerca su escritura.

 

Errante, un cuerpo se aproxima

-su canto-

nimbado en medio de la lluvia.

 

Las calles húmedas

reciben el grito

que otras fiestas dejan a su paso.

 

Un hilo delgado entra en el oído:

poco a poco una tonada

acude desde el fondo de la calle.

 

Abre su puerta

para imantar el rostro

de una posible destinación:

herida congestionada de la belleza.

 

Sin poder salir del vórtice de la ciudad,

los rostros olvidan antiguos signos.

 

Y solitarios

creen atravesar de nuevo

el lienzo de sus montañas.

 

Extrayendo de lo más íntimo de su carne

los aguijones de la rabia,

ponen su pulso en una luna agrietada.

 

Quizá la fiereza de una duración ya ida.

 

“No les hables para huir.

Deja su potro alborozado en las rocas,

su desvarío tras la muerte y su insistencia”,

le dicen los ecos que nadie ha encendido.

 

Cuece la oscuridad

su desvertebrada inocencia,

mientras la sangre fervorosa

ofrece una levísima gratuidad

cuando camina silencioso entre el frío.

 

Esta es una noche sin horizontes

que despide su llanto

a través de una niebla espesa.

 

Sigue lloviendo.

 

¿Qué es todo esto

sino el quejido

de un hombre atropellado

por la lentitud de una mujer que no llega?

 

Canta, sigue cantando,

así arribará la mano que amanece

a pesar de los suicidas.

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