INSOMNIO DE QUIEN NO QUISO SER SOLDADO

Sigo la tarea de la escritura

porque la guerra y sus artificios,

su disciplinada y humillante obediencia

disparan sobre la carne

tasajeada por su odioso rayo.

 

Escribo porque busco salir de la monotonía,

la del mundo

y la que a mí mismo me pertenece.

 

Porque no quise ser soldado.

 

Escribo porque de esa manera

me ayudo a pensar

y la contienda es conmigo mismo.

 

Porque algo habrá de quedar de todo esto,

porque a alguien servirá de algo.

 

Escribo porque sí y porque no.

 

Escribo para justificarme ante un espejo

que revienta en mil pedazos.

 

Sí, sé que en el campo de batalla

ninguno quiere ver su rostro reflejado

en los rostros estallados del enemigo.

 

Que los espejos explotan

en el placer y en el dolor.

 

Por eso escribo,

porque no quise ser soldado.

 

Escribo para dejar de ser el mismo,

para volver al lugar donde no era nadie,

para negar al que otros dicen que soy.

 

Escribo porque intento crear un camino

que me diga en lo que voy siendo,

por eso persevero en los pasos

de ese niño que fui

y veía a través de la ventana

cómo caía la lluvia

con sus quejumbrosos goterones de sangre.

 

Ese niño se veía

en una habitación silenciosa

escribiendo para hacer más llevaderos los días

desde su voluntaria renuncia a ser soldado.

 

Con un perro y un gato

durmiendo el sueño indiferente

que las bestias nos enseñan.

 

Animales cuyo designio

era ser la compañía

de un hombre, que esta noche

-en medio de un largo insomnio-

trata de beberse la memoria

de sus primeros cuadernos de poemas

aún conservados

en un cajón que los protege

de los demás hombres,

pero no de su mano pirotécnica que duda.

 

Este insomne hombre

escribe para degollar a los que degollan

y revivir a los degollados,

para hacer visible la flecha

que todos traemos en nuestra espalda,

para vencer el temblor que lo caracteriza.

 

Escribe porque es su forma

de cabalgar en la noche repetida

en que no puede dormir.

 

Escribe para aceptar la voz

que lo conduce al cortejo de su andanza,

a ese alambicado testimonio

de la tentación y su desmesura.

 

Escribe porque el laberinto

pide que se le devuelva la luz.

 

También porque escribir

es un acto suicida.

Porque quien escribe

se levanta en armas contra su propia sombra.

 

Porque con cada línea

se despide dando la bienvenida:

“¡hola y adiós!”, dice.

Y se pierde en las trincheras

de la poesía.

 

Por dichas razones este hombre

-que no quiso ser soldado-, escribe.

 

Por los mismos motivos que yo lo hago.

 

Porque una palabra cualquiera

me brindará la serenidad

tantas veces anunciada

y siempre perdida.

 

Porque el albur de las páginas escritas,

-su enigma-

me darán en algún momento

el pretendido silencio.

 

Porque quiero romper la línea recta,

porque es mi cruzada contra el círculo

que se cierra cada vez que se le antoja.

 

Porque quisiera alcanzar cierta alegría

o subsanar en parte

esta innegable tristeza.

 

Porque si no escribiera,

esta locura de vivir no tendría sentido.

 

Simplemente escribo

porque es una íntima necesidad.

 

Porque es la única manera

-lo digo sin escándalo-

de llegar a un punto final

que será el definitivo.

 

Y así podré estar, al fin,

frente a frente

ante la inmortalidad y la muerte

de aquel niño que no quiso ser soldado.

 

Aunque lo escrito

sea su lucha por volver

y arrojar dinamita

en mis intenciones de quemar

lo que queda de poeta en él.

 

 

 

Medellín, 26 de octubre de 2017 (6:40 p.m.)

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