LA PATRIA SON LOS AMIGOS

Yo y están siempre

en un diálogo vehemente:

¿cómo soportarlo

si no hubiese un amigo?

Nietzsche

 

 

Algunos piensan y luego existen, sólo necesitan pensar para estar en el plano de lo que está presente. Yo, además, necesito tocar, hablar, escribir, cantar como expresiones para mi posible comunicación con el otro. Porque en el otro me articulo al mundo. No basta con pensar, hay que ir hacia la dinámica de los demás, al acogimiento de su presencia. En este punto, Descartes está descartado.

 

Somos en la medida de nuestra propia afirmación que es poderse reflejar en los múltiples rostros que son los otros. Es en el mundo de la relación donde se hace real la realidad. Como el niño cuando empieza su correspondencia con los padres, cuando se siente cercano a alguien. Esto nos lleva a reiterar que pensar es hacer del gesto y la palabra una galaxia de posibilidades que nos hacen “pertenecer” a alguien, que nos llevan a la ofrenda y la celebración.

 

Es en el cuerpo y su habla que el sentimiento vinculante cobra sentido. ¿Qué sería de nosotros, solos en el hierbal de la duda? ¿Sin nadie que nos reconozca? Buscamos reconocimiento del mundo que son los demás, minamos nuestra soledad en espera del rayo que brota y se aproxima en dirección a la fiesta de la vida: la comunicación humana, el ser humano comunicado. Sobre todo, porque estando solos la vida se hace desgraciada, aunque la soledad sirva para escribir estas cosas que te digo.

 

Estar solos puede propiciar la salud, cierto estado de tranquilidad, pues no soportaríamos una embestida de la jauría a cada instante. Además, hay que reconocerlo, recibimos en muchas ocasiones la distancia, el enfrentamiento, la dialéctica homicida del rechazo que no repara en devastarnos, en empujarnos al precipicio. Y entonces nos alejamos de esa máquina aniquiladora que son los otros y que se revuelca en los pantanos malsanos que desvirtúan la caricia, el abrazo, los besos plurales. Sí, queremos reducir al otro a la miserable condición de ser nuestro esclavo, lo instamos a que nos siga con su miedo a ser el que es, ese que nunca llegará a ser. Y si no acepta, lo volvemos cadáver.

 

Lo encadenamos con nuestra versión de lo que ocurre, y poco a poco nos vamos haciendo a la idea de que esa versión nuestra es la única pertenencia posible que debe expandirse por la Tierra, por la existencia, entre los mortales. Y nos vamos convirtiendo en verdugos de un nuevo fusilamiento. Entonces nuestros discursos buscan entrar y romper la esfera íntima del otro -con ánimo protector, quizá- y sólo logramos distraer su miedo a estarse consigo mismo y lo anulamos. Es así como nos sentimos seguros: vendiéndonos a diestra y siniestra, empeñándonos en el mercado de la porquería.

 

No obstante, podemos articular la bondad de dirigir al otro hacía sí mismo. El mayor acto de amor, como nos lo decía Saint-Exupéry. Pedir a alguien que nos siga, es poner en el otro la cadena que lo convertirá en nuestra sombra. Sombra sobre sombra no aclara nada, es un hecho. Por eso, si alguien llega a nosotros, sin la palabra exhortativa para que lo haga, es allí donde se declara la amistad. “Y la amistad -como recalcaba Kundera- es la prueba de que existe algo más fuerte que la ideología, que la religión, que la nación”.

 

En la amistad el reconocimiento será mutuo, siempre y cuando estemos dispuestos a aceptarla. Es allí donde los hombres se declaran libres y participan de aquella sabiduría que es conquistada en conjunto. Porque en la amistad se puede revelar la fortuna de saberse acompañado, mas no seguido. Es en la amistad donde los hombres construyen su humanidad. Es en ese tipo de amor que podemos tomar distancia sin empantanar el fluir del río que desemboca en el mar de las grandes cosas, es decir, en lo simple de la existencia.

 

Ser amigo no es estar siempre de acuerdo. Es respetar las decisiones del otro, lo que viene siendo, lo que en él viene sucediendo. Es dialogar con la supremacía de un nosotros que intenta restablecer al otro en la dinámica de lo vivo sin ninguna ostentación. Sólo en la amistad tenemos experiencias que nos transforman por su familiaridad con lo amado del mundo, porque también el mundo puede ser amado. Sólo entre amigos podemos reír sin atajos, deleitarnos con un silencio propiciatorio, decir lo que nos venga en gana sin temor.

 

Antes de ser amantes debemos ser amigos, aunque muchas veces al amarnos, al permitir el espacio para el juego que es resultado del apetito, podemos concebir la amistad que nos da apertura al goce de sabernos cuidados. Porque la amistad es ante todo un cuidado del otro, saber cuidar en todo momento. La amistad nos ofrece la garantía de que se conservará nuestro hablar y cuya respuesta será cuidar el camino de quien nos ha permitido entrar en su vida. Es la única posibilidad de respirar con la intención de crear mundo, de ser dueños de nuestra propia forma de sentir y contemplar el acontecer de las cosas. Y muchas veces esto se hace en silencio, como lo dije antes.

 

Hay una verdadera amistad, un verdadero amor, cuando podemos estar en silencio con el otro y esa especie de ausencia se hace reparadora y sabia. Sólo en ese silencio las palabras producirán las acciones de la sana convivencia y el mutuo apoyo, sin comparaciones, sin exigencias ni falsas retribuciones. Una vez nos damos al otro, y éste nos recibe, nuestro ser completo se integra en el plano de la reciprocidad sin objetivos, sin esperanzas puestas en una recompensa, y es por esto que es tan difícil concebir una amistad.

 

Somos seres humanos sumergidos en un campo de relaciones utilitarias, amaestrados ya por la mercantil manera de ser en la posesión y el dominio. Pensando siempre en un progreso personal, buscamos derrotar a los demás. Imponiéndonos como bestias porque “nuestro dinero cuenta”, conservamos el respeto hipócrita y decadente de aquellos que quieren participar del botín y clonamos la fantasmagoría violenta de una falsa amistad.

 

También podemos nombrar aquí las “comunidades” que niegan la vida del diferente adjudicando límites con dogmas, ideologías, partidos y sus sucedáneos que sujetan el pensamiento de sus “fieles amigos”. Te saludan, te ofrecen la lealtad, y luego te sacrifican sin ninguna explicación. Caminos trenzados al momento de aceptar una “forma común” de ser, pueden impedir nuestra libertad con manipulaciones, con regalos y consejos que, por ser “necesarios” en ciertos momentos de nuestra andanza, adoptamos sin vacilaciones. Y nos ofrecemos sin medir las consecuencias.

 

Vamos detrás del rebaño porque no vemos sino lo que los demás nos muestran como “verdadero” y perdemos la posibilidad genuina de hacernos a nosotros mismos mientras nos dedicamos a las baratijas. De dicha manera, nos hibridamos hasta hacernos irreconocibles. Y cada vez se hace más difícil aceptar a los hombres que llevan su vida de forma auténtica. Si los reconocemos, los sonsacamos y los convertimos en personas usuales, lo más usuales que podríamos pensar.

 

Nacer, significa que entramos en un tejido establecido por un lenguaje compartido de antemano, pero esto no quiere decir que se deba dar el “sí” a seres gregarios empecinados en consignas pedagógicas que sólo ordenan “montonera” en contra de nuestra individualidad. De esta manera el habla que nos reúne, sólo ocasionará el alejamiento de lo que hemos soñado. Máxime cuando la amistad nos involucra ciegamente en un marco social que, las más de las veces, apesta.

 

Debemos reconocer que las palabras constituyen la dirección que nos lleva en nuestro caminar hacia los ofrecimientos del mundo, y así la memoria individual participa de las múltiples relaciones en sus variados matices. Ante todo, la mayor parte de las personas piden el reconocimiento de los cuerpos y su fiesta, su atención y el gozo mutuo, poder lograr un encuentro vivo con una erótica que aumente, que eleve, que proponga el crecimiento. Todo lo que se haga, habría de pasar por la piel, entonces. Se erotiza y adviene lo gozoso.

 

Instaurar un movimiento tal que un lenguaje amoroso y su posterior puesta en acción anuncie la madurez de aceptarnos en la diferencia -sin imponer por la fuerza los planteamientos que construimos en nuestra percepción de la realidad-, es hacer caso a las coincidencias que nos permiten la amistad, el gozo de ser amantes. O al menos, una vida sin las coerciones y los desvíos que nos hacen tropezar y caer en la saña de los unos contra los otros, de la violencia contra los otros.

 

Por dicha razón, hay que intentar un diálogo sabio y sereno para diluir el terror enquistado en este planeta desorbitado, pues, como nos lo recalca Omar Ardila: “las diferencias ideológicas no pueden llevarnos a desconocer en el adversario el fluido de múltiples intensidades que, en ocasiones, son similares a las nuestras”. Es así que las miradas se movilizan para mostrarnos que es posible estar juntos sin necesidad de aniquilar a quienes no comprendemos.

 

Por eso, vive de tal manera que los pasos que des, sean amables: nunca se sabe que está sucediendo en el interior de los demás. Y como ya nos lo dijeron, hay que lograr que los demás puedan reconocer en lo que llamamos “vida”, la ventaja de hacer el camino sin que los encuentros sean siempre un forzoso desencuentro. Por eso, ten presente a tus amigos: aunque no los veas con mucha frecuencia, ellos son la patria que necesitas.

 

 

Medellín, 17 de septiembre de 2017 (5:38 a.m.)

 

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