LO RECOGIDO EN GADAMER

 

Regalar la voz

es un acto

que permite liberarnos

de nosotros mismos,

cuando entramos en nuestro silencio

al mismo tiempo.

 

Entrar en nosotros

es asumirnos como existentes,

de este modo el salir,

el sacar de nosotros,

es volvernos a ver.

 

Recuerdo lo importante

de la atención

a lo hablado por el otro,

atención misma

que al escuchar

se revierte

en nuestra propia individualidad,

nos arroja a nuestra casa.

 

De esta manera,

además de lo dicho,

está la responsabilidad

con lo dicho mismo,

pues se crea

un compromiso con la voz,

con el hablar

que es hablar a alguien

y, asimismo,

escuchar.

 

Establecer la comprensión

ante quien habla.

Misma que en muchos casos,

nos deja impotentes

cuando tenemos la atención

en un lugar distinto.

 

El regalo,

entonces,

no es aceptado en la palabra,

sino en la elaboración

posterior del pensar.

Mismo que agradece

el acto de escuchar

que nos activa como presentes

ante la voz del otro.

 

¿Es radical entonces

que debamos aceptar

la voz del que nos llega al encuentro?

¿Respetar su voz es agradecerla?

¿Qué es lo que ocurre

cuando se evidencia el silencio

como respuesta?

¿Cómo escuchar sin crear distancia?

 

Hay que arrojarse,

naufragar en la voz que llega

y nos anuncia un mundo.

Hay que agradecer

aquello regalado

como enunciación

que abisma el pensar.

 

De otro modo,

permanecer en la abstracción,

en la soledad

que nos procura prudencia

y en algunos momentos náusea.

Pues si no se presenta

el arrojo de lo vivo

en quien nos visita,

habremos de pasar de largo.

 

Para otros,

más que experiencia,

lo que se pide es belleza,

actitud y belleza,

encabalgamiento armónico

y encausador.

Mas, acto seguido,

reflexión,

disparo que se agradecerá

por movernos del sitio

en que siempre nos hallábamos.

¿Acaso comprendemos esto?

 

Conjurar la voz es un donar,

es un saltar que manifiesta la palabra

como resultado de un rumiar previo,

de un andamiaje certero donde se crece,

donde se activa la potencia de las cosas.

 

Muchas palabras

llegan como regalo,

como donación

que el ser del hombre

propone en su inmediata manera

de atravesar los territorios

del mundo de lo habitable.

De allí,

que sea tan importante

el agradecer tal donación.

Y agradecer aquí es escuchar.

 

Conjuguemos la voz,

abramos el mundo.

Dialoguemos más

con las palabras del otro,

con los intersticios de su acogimiento.

 

Declaremos una era dialógica.

Inauguremos el regalar y el agradecer.

 

 

 

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