ONDULACIONES A LA INTEMPERIE

 

Para Ana María Loaiza,

porque limpió la fuente de estas palabras.

 

No conocemos

bajo el cielo

la exacta intemperie.

Gloria Posada

 

 

Todas las noches el poeta cruzaba el bosque y leía su bello poema a la mujer amada, intentando describir su amor alado. La mujer lo escuchaba sentada en la roca. Luego, él partía sin siquiera besarla. Pretendía un amor puro. Ella no volvió a la cita. El amor es una práctica, no una retórica de ángeles que saben escribir.

 

***

 

Luego de muchos intentos, el joven aprendiz se cortó el brazo para que su anhelado maestro lo recibiera y le enseñara la verdad. El maestro abrió su puerta entonces, preguntando qué era lo que quería saber. “No encuentro mi mente por más que busque”, respondió el muchacho. A lo que le dijo el monje: “ni tu mente ni la mía existen. Todo es una ilusión”. Al nuevo discípulo la sangre se le escapaba aún. Pero ahora era un hombre despierto. Eso dice la leyenda.

 

***

 

Todos los días terminaba el ritual con una larga meditación frente al espejo. Se miraba reflejada como siempre, esperando las palabras justas, la verdad que en otros cuentos era totalmente brumosa. Recordaba muchas respuestas: las de la belleza, las del amor, las de la traición. Pero esta vez, no hubo quién hablase. Entonces volvió a su habitación y, en medio de una repentina extrañeza, escribió estas palabras antes de dormir: “el espejo es un buen maestro: te pones frente a él y refleja lo que eres. No te rechaza ni se aferra a ti. Te recibe, y, cuando quieres partir, te deja ir”.

 

***

 

Llevaba dos intentos fallidos. Sabía que el tercero debía ser exitoso o su bolsa quedaría vacía y la hermosa joven que lo observaba y era observada por todos los asistentes de la competencia, regresaría por donde vino. Al momento de su último tiro, recordó las palabras de su agónico padre: “si le apuntas al blanco y no le atinas, no es problema de la flecha ni del arco; es tu mala puntería. ¡Concéntrate y sigue practicando!”. La hermosa dama -la joven de insoportable belleza que tenía en vilo al príncipe y su arco- regresó a su hogar atravesando el bosque sombrío. Sola. Las palabras que buscan la superación de quien las escucha, son en verdad importantes. Pero lo son aún más el empeño y el diario ejercicio.

 

***

 

El triste muchacho llevaba una semana sin un trago de agua y sin probar alimento. Sentado en aquel jardín, sólo gemía. Murmuraba un único nombre, una y otra vez y sin descanso. En la mañana, recibiendo la caricia de un sol tímido, el viento le hizo olvidar -de repente- la ilusión de volver a tener a su joven amada entre los brazos. Ese olvido le propició una especie de tranquilidad. Pasado un tiempo, volvió al llanto. Entonces creyó escuchar estas palabras: “si estás contemplando las flores, si el agua que cae bajo la forma de la lluvia te acerca a lo que eres, si el sol ilumina ese rincón donde asumes que necesitas a esa persona que ahora está ausente, si un viento tibio te la hace olvidar… ¿para qué te hace falta ahora?”. El muchacho alzó la cabeza y un brillo se encendió en sus ojos. Tras incorporarse sin ningún esfuerzo, se dijo en silencio: “ella siempre será aquello que respiro”. Entonces dejó la tumba y se marchó cantando. Ni cuenta se dio de la joven que iba tomada de su mano.

 

***

 

El monje, sentado de manera imperturbable, veía como a su alrededor, día tras día, se iban reuniendo varios jóvenes deseosos de ser sus discípulos. Notaba que se congregaban en silencio, como si no quisieran ser sorprendidos por él. Cada vez eran más: hombres, mujeres, niños, ancianos. El caserío por donde pasaba el venerable, antes de sentarse en meditación, se fue aquietando. Ni un zumbido de mosca producía ruido. En un momento determinado, el viento se tornó fuerte amenazando tormenta. Y la tormenta que amenazaba, se precipitó sobre todos los asistentes que estaban sentados ya, tal cual lo estuvo siempre el monje silencioso. “Si seguimos a los demás, sean líderes de las masas, artistas en su escenario o maestros del espíritu, perderemos la posibilidad de llegar a caminar por nosotros mismos. La gran obra será la liderada por un hombre sabio, por un maestro de la vida. Dicha obra será su propia vida, no otra. Así se comporta el viento, de igual manera la tormenta. Así funcionan las diez mil cosas. Todas asumen su lugar, todas dependen de las otras entre sí, pero cada una sabe cuál es su función”. Esa fue su enseñanza. Entonces el monje enmudeció de nuevo y todos volvieron al sitio de donde habían llegado. Dicen que el caserío pronto fue un imperio: nadie estaba por encima de ninguno, y cada quién sabía qué hacer para que esto continuara de ese modo hasta el fin de los tiempos.

 

 

Tomados del libro inédito: SUSURROS DEL ÁRBOL INSOMNE

 

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