SOBRE PESADILLAS Y OTROS PLACERES

Para María Alejandra,

conspiración de ternura y ardor.

 

Si una sola vez

el poderoso encuentra su desgracia

por haber buscado sólo su placer,

si en el ejercicio de su tiranía

se convierte una sola vez en víctima,

estará perdido.

Maurice Blanchot

 

 

A pesar de que el profesor les decía que las cosas en los sueños son muy distintas a lo que parecen, los muertos de sus primeras pesadillas nunca fueron un símbolo de prosperidad. No eran propiamente unos niños tontos. Las conversaciones con su tío en las tardes, los hacían vacilar de las palabras que merecían ser tenidas en cuenta y que el grupo de su colegio aceptaba sin titubeos.

 

Al llegar a casa de la agónica abuela, no obstante, todo era reforzado por la tía soltera que repetía, cada que tenía oportunidad, cómo José, el desterrado por sus hermanos en la biblia, tradujo en abundancia los flacos sueños del faraón y logró así el poder y la dicha. Lo hacía con una oscura sonrisa, como quien quiere vencer un gran sinsabor, mientras miraba a su hermano desempleado que sólo leía y leía entre grandes tazas de café negro y cigarrillos sin filtro.

 

(Quizás esperaba que encontrara trabajo y se fuera de la casa para quedarse con la herencia de la familia, en complicidad con su hermana, la madre de los jovencitos. Esa parecía ser la duda que rondaba en la cabeza de aquel “ilustrado sin rumbo”, como lo llamaba su hermana).

 

“El poseído, invitado en principio a la vivencia del goce, no tiene presente que el placer es un asunto que no se puede compartir, a pesar de su ambición de participar en esa embriaguez” …esas eran las palabras que el tío les enseñaba a sus sobrinos, luego de leer en algún lugar de uno de sus libros: todos y cada uno de quienes avivan su propio placer, buscan una alianza. Pero nunca podrán encontrarse. Era uno de esos libros que había comprado casi sin interés. Un ensayo de un tal Maurice Blanchot, sobre la escandalosa literatura de ese libertino que pasó gran parte de su vida en prisión y que se firmaba, Marqués de Sade.

 

Así empezó el camino por el que su tío intentaba llevar a los comensales, mientras intentaba desnudar el nudo ciego que tejían sus hermanas; un nudo aparente como los símbolos de los ya comentados sueños de los que les hablaba el profesor a los ávidos muchachos. Varios pensamientos fueron el panorama sobre el placer y su poder de seducción que, sin embargo, describía un solo horizonte: la voluntad de goce, su ánimo de posesión que tanto cautivaba al pequeño auditorio en casa de la abuela y preocupaba, cada vez más, a la tía soltera.

 

El lector empedernido decía a sus sobrinos que siempre iban a almorzar a su casa después del colegio: “el placer, su goce, se dedica a dominar al otro en la mayoría de las ocasiones. Gozar con el otro, no es una verdad a cabalidad. Una vez poseído, el otro ha sido dominado -quiera o no-; el que posee, poseerá placenteramente con toda su furia. Y las caricias que una vez fueron seda y susurro, serán ahora garras y dentelladas que buscan dañar, sin que se sepa porqué”.

 

Cierto día, uno de sus sobrinos -eran cinco en total-, tuvo que ir al médico porque le dolía la cabeza, y no asistió al almuerzo. Entonces el tío les dijo a los demás que esa tarde sería libre para que leyeran lo que más les llamara la atención de su selecta biblioteca, y se estuvo en el patio trasero meditando, fumando y tomando café. No sin antes aprobar la selección que habían hecho sus despiertos pupilos.

 

La tarde siguiente su discurso continuó de esta manera: “quien goza, lo hace en desmedro del que padece, ese es otro de los principios de quienes detentan el placer… y el poder. Y aunque se logre vivir el placer por cada uno de los que participan en él, una leve insatisfacción se reflejará en algún rostro con señales de ausencia. El placer, como el dolor, son intransferibles, y conservan su rigor mortis independientemente del sudor”. Esta última frase la dijo con cierta afectación, pero sus sobrinos no lo vieron como algo desfachatado.

 

Buscando las palabras exactas para que su “alumno” más destacado se sintiera aludido, tosió e hizo un gesto de bajar algo del cielo, y continuó: “buscar el placer del otro, que el otro logre el placer, no significa que el placer sea una sensación de dos, estrictamente hablando. Los amantes buscan un placer que los una, claro, pero cada cual tiene su propia dimensión del goce. Para uno, ascender la pendiente poco a poco, hasta lograr la cumbre, es el juego que produce el júbilo; para el otro, verlo caer de un golpe, una vez haya logrado la cima, no tiene comparación alguna. Del mismo modo sucede con el dolor: la experiencia que se tiene de éste, nunca podrá ser comunicada a ningún otro, aunque de hecho a cada quien -incluyendo a quien quieras hablar de tu dolor-, le haya dolido en el mismo lugar. Hay que tenerlo presente: saber que a alguien le duele, a algunos les causa placer. En eso consiste la pesadilla de los que soportan la tiranía de los poderosos”.

 

Así fueron pasando los años. La abuela murió. Ya no hubo visitas a almorzar ni auditorio para las clases del “maestro” desempleado. Éste no aceptó nunca ningún trabajo. Todo su tiempo se la pasaba leyendo y leyendo entre grandes tazas de café negro y cigarrillos sin filtro. Sus hermanas, sobre todo la soltera, se habían acostumbrado a hacerlo partícipe de la fortuna de la familia -que no pasaba del arriendo de tres apartamentos en barrios periféricos y una casa del centro de la ciudad donde vivieron parte de su infancia-. A pesar de su “inútil” obsesión por alcanzar el conocimiento -esa fortuna que nadie puede calcular-, las hermanas solían entregarle parte del dinero que ganaban, porque no era un hombre de “vicios”.

 

Una noche cualquiera, el sobrino que una vez faltó por enfermedad, fue a visitar a su tío y le dijo sin reservas, sin importar que la tía estuviera cerca: “la tía siempre buscó tu aprobación. En el fondo le producía un breve placer, un momento de goce saber que la escuchabas. Su pretensión de ejercer el dominio era hacerte dudar, procurarte el malestar, incidir en tu condición de ilustrado sin rumbo. Pero su pesadilla aumentaba cada día, pues, no conoció otra posibilidad que tratar de vencer convirtiéndose en víctima. La misma víctima que tú creías que eras. Tú siempre pensaste que ella pretendía que salieras de su vista porque ella quería gozar a solas de los paisajes que la fortuna de la familia le pondría al frente; pensabas el poder como el de los hermanos de ese personaje de la biblia que interpretaba los sueños. Pero en el fondo, ella sabía que ese goce, digámoslo, egoísta, era una entrada en el vacío, una confirmación de su soledad de hermana mayor que no tuvo con quién gozar. Las fortunas de la vida no son solo para uno, sino para todos los que puedan disfrutarlas, independientemente del nivel del gozo. Y, sin excepción, dichas maravillas están cifradas sólo en lo que se sabe, en lo que realmente se siente, bien sea placer o dolor. Y ambos han recorrido el mismo camino a diferentes horas”.

 

“Es cierto -respondió la tía conmovida, después de un silencio perturbado ante las palabras de su sobrino-. Las pesadillas serán pesadillas, pase lo que pase. Aunque parezcan la solución a los desastres de la vida”. Entonces miró a su hermano con una sonrisa inédita, conciliadora. Y, sin hablar, éste fue un momento a su habitación, regresando con ese libro de Blanchot -que ya ni recordaba-, en las manos. Y se lo ofreció a su hermana con un abrazo. La lectura se hizo a dos voces de ahí en adelante.

 

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