TRES RUMBOS PARA EL POEMA 1

TATUAJES DE VIENTO

Entra, siéntate; pon tu rostro en alto y trata de no incomodar a nadie con la mirada. No permitas que la voz de tu alma se apropie del perdón ni dispongas tu actitud para la guerra. Trata de olvidar por siempre los momentos en que nuestros cuerpos se calentaban en el jardín, mientras veíamos cómo el cielo se hinchaba tras las cortinas del sol. No refresques esa manera apasionada de odiarnos; no vuelvas a amar con ese desenfreno. Deja que la laxitud de la distancia amortaje tu espíritu, bebe un vaso de vino y brinda por ti, luego, márchate. Háblame entonces desde cualquier lugar como si yo fuera tu sombra, cuéntame de tu vida, confíame tus secretos, tus dudas y, de vez en cuando, canta para mí con tu voz de agua.

 

 

EL CAMINANTE

Sus cegados ojos alimentándose a lo lejos y la carta de su rostro sudoroso y la blanca caravana de soles en sus manos. Es el caminante que ha llegado a tu puerta para pedir un poco de agua. El caminante que descansa en tu morada y parte luego hacia el lugar donde nada dicen ni siquiera los semejantes de ciudades de piedra ni aquellos que se atrevieron a volver sobre sus pasos.

 

 

JUICIO FINAL

La marcha fúnebre se escuchará en las cunetas, y los ríos serán la podredumbre que se retuerza a lo largo de las ciudades. El pájaro ciego que busca infructuosamente su nido, será el símil de la cuadrilla de niños armados con silencio y terror que se encaminan a la barbarie. Los espantos saldrán a robarle al mundo su único aliento y ya nadie podrá hablar del día en que la humanidad decidió suicidarse. La muerte reirá victoriosa, eso es fácil de predecir. Pero en el fondo, lamentará la pérdida de aquella loca diversión.

 

 

 

ARS NOCTUM

Hay antiguos rumbos dispuestos para el poema. Algunos vienen lanzados desde una plegaria de vino y pan negro; otros son prefiguraciones de una soledad que camina rezagada por el tiempo. Cada uno de ellos es un corcel blanco que galopa por las playas de fuego. De dónde toman impulso, nadie lo ha podido decir con exactitud; pero cuando los ojos distraídos se reúnen, son columnas de arena, espejos abiertos al murmullo de la vela. Llegan con sus gargantas afiladas y comienza el ritual: se entonan himnos para el sexo de la hierba, se bebe agua de una flor de agua y la libertad es una frase en el árbol de la voluntad, en la vasija de la noche coronada con nuevas estrellas.

 

 

FRAGILIDAD

En casa todos esperaban el deceso de la tía Sara. Hablaban de cosas triviales como resultado de la angustia y ni siquiera aquellos que estudiaron medicina se acercaban al tema clínico para obviar explicaciones innecesarias. En la sala se reunieron los más jóvenes a recordar las palanganas que ella se colocaba sobre las piernas, y cómo pelaba y engullía veinte o treinta naranjas los domingos por la mañana, mientras veía en televisión Animalandia y las comedias de Charles Chaplin y El Gordo y El Flaco. Los niños no comprendían cierto mutismo en los ojos llorosos de los adultos y, luego de oír desde afuera a la tía Sara respirando dificultosamente, se iban al lado de Beatriz quien, serena, contaba historias para levantar los ánimos.

 

En la habitación, tres cirios de llama débil iluminaban a la agonizante. El nerviosismo seguía ocupando aquel lugar, y los más piadosos que nunca abandonaron a la, en cualquier momento, difunta mujer, aumentaban las palabras sinpecadoconcevidadiostesalvereinaymadre…

 

La tía Sara nunca imaginó que en casa sería alguna vez la anfitriona de la tristeza y el pesar. Ella, que siempre reía mostrando esos dientes de muchacha de postal, blancos y brillantes.

 

 

EL CANTANTE

Vive en una casa inmensa. Todas las noches escucha al cantante recorriendo los pasillos y las habitaciones; se guía por el sonido de las puertas desvencijadas que crujen con el viento. Ella sabe que es él quien recorre la casona, aunque sólo escuche la melodía fantasmagórica de la soledad. Su padre le ponía compresas de té en la frente y con una manta humedecida en alcohol le cubría el cuerpo desnudo, mientras ella musitaba frases incompletas, que más bien eran una canción entrecortada por el delirio. Llevaba tres noches con esa fiebre que la desprendía por momentos del mundo de los vivos. Su padre con la laxitud del cuidado, se decidió a darle en una infusión de hojas de tabaco, una medicina antigua que no se había atrevido a utilizar.

 

Hace ya un mes que su padre salió asfixiado del baño en medio de una repentina convulsión, y ella, con la impotencia de quien presiente la partida, se aferró a él con fuerza, sintiendo cómo se desmadejaba entre sus brazos. Desde entonces recorre la casona con unos pasos resbaladizos hurgando en cada rincón, buscando al hombre que la enamoró con una canción en esa fiebre enloquecedora del pasado.

 

 

SACRA IMAGO

La mujer, luego de humedecer la punta de sus dedos, se persigna. Una genuflexión, tres pasos cortos, una tos suave que se repite mil y una vez antes de perderse en el silencio de los muros. La iglesia vacía, cien bancas, veinte santos, la luz del sol encendiendo las siluetas sacras de los vitrales, filtrándose por las figuras de colores, desvaneciendo las sombras que se pierden entre el humo del incienso. Jesús en treinta poses diferentes, diez poses de María, la mujer y su única pose, como en el primer encuentro en que la tentación erizó la punta de sus senos con un beso en el cuello: las manos bajaban por sus hombros pequeños y lisos arrancándole la camisa, con los labios le sobaba la espalda desnuda y atravesaba toda su piel con el tartamudeo de lo prohibido. Se detuvo cuando sintió que los senos temblaban más por deseo que por temor, se aferró a la carne de su cintura estrecha apretándola contra su cuerpo. Puso el miembro erecto contra sus nalgas firmes, y comenzó a hurgar por entre los resortes y las telas que cubrían la pureza humedecida. Un ardorcito, dos dedos, tres minutos, un gemido. Tres manos, la pelea, el placer, una campana que se desdobla, dos cuerpos que ruedan, una pureza que llora de deseo y de locura, una cadena que se rompe, que se amplía, que se ríe del deseo y la locura. Un orgasmo. El silencio, la derrota, la incertidumbre. Sube al púlpito, gira su cabeza y, levantando la vista, reconoce la inmensidad de aquel lugar sagrado.  Suspira. Se oyen pasos tras ella. Se vuelve. Un nuevo suspiro se le escapa en medio de una sonrisa como para negar el sonido innecesario de las voces. El hombre que sale de la sacristía comprende el gesto y extiende su mano en silencio. La mujer responde con una mirada de soslayo hacia el redentor y se pierde tras las cortinas con el hombre. La mañana es tibia, apacible.

 

 

Poemas de mi primer libro Tatuajes de Viento (1992), incluido en Tres Rumbos para el Poema 1, disponible en AMAZON en versiones digital y en papel. Este libro contiene, además, Jornada de Silencio (1994), Biografía de la Muerte (2009), El Eco de las Piedras (2015) y el ensayo Del Juego y la Poesía.

 

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