UNA MEMORIA DE PAPEL

Nunca olvidaba una frase célebre, un verso en que hubiese encontrado la tranquilidad, el momento en que una imagen o un concepto le abrieron la puerta para entrar en las habitaciones de la dicha. Su afición por la lectura era devastadora y daba con el lugar exacto donde antes había metido el ojo. El segundo piso, donde vivía, estaba a punto de derrumbarse por el peso de sus libros. Nadie le discutía si se refería a las estampidas de la poesía y sus arcanos, o a las encrucijadas que ponían a tambalear cualquier certeza. Cuando abría la inescrutable madeja con que los gatos del sueño suelen jugar en medio de la noche, nadie abría la boca. Menos aun cuando hablaba emocionado de Shakespeare o cuando traía a la presencia sus desvelos junto a las palabras de Sherezada, o cuando un tal Quijano le hacía reír y le propiciaba las más sorprendentes reflexiones. Todos, cualquiera que estuviese presente, quedaba hipnotizado a la hora en que volvía sobre los vastos enigmas de los antiguos dioses o sobre los misterios que aún la ciencia no podía traducir. Solían decir que tenía una “memoria de papel”. Eso era una confirmación del tiempo que dedicaba al estudio. De ningún modo un insulto. Pero, además, se comentaba que su visión estaba más allá de toda evidencia, que su capacidad para descubrir cualquier anomalía en los trazos del universo, no tenía igual y que estaba en una esfera que pocos hombres conocían. De la vida diaria, sin embargo, parecía no tener noticia la mayoría de las veces. Había ocasiones, por ejemplo, en que no saludaba porque no reconocía a quien se levantaba el sombrero a su paso. Algo muy “típico” era olvidar el nombre de la muchacha que le llevaba los panecillos para su desayuno cada mañana, aunque los esperara con un apetito agradecido. Las calles le eran una suerte de juego malintencionado, una broma donde abundaban los espejos: todas las calles eran la misma calle. No recordaba ninguna fecha especial, a no ser que estuviese ligada a alguna efeméride literaria. Poco a poco fue olvidando todo lo que estuviese por fuera de sus lecturas. Ya ni siquiera recordaba su propio nombre. Sus más allegados le insistían, se proponían devolverlo a la realidad cada vez que se iba por el túnel de la tinta. Pero para esas simplezas, se iba convirtiendo cada vez más en un libro con las páginas en blanco. En su ciudad suelen decir que burló la muerte y anda escondido por ahí, en una escritura secreta, esperando el momento de ser leído como los protagonistas de las páginas que le dieron la inmortalidad.

 

 

 

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