UNA VISITA INESPERADA

 

Para Elkin Restrepo,

a quien le gusta imaginar ángeles en las noches.

 

Todo ángel es terrible.

Rilke

 

 

Ya corría el rumor por el pueblo. Ese hombre, el nuevo profesor de filosofía, no era casado y vivía con su única hija sin una mujer que la cuidara. Y para colmo, pretendía enseñar por fuera de la doctrina con que se había fundado hace 150 años el lugar e inculcar ideas que iban en contra de la moral. Algunos muchachos entusiasmados le hacían eco en medio de la cena con sus padres que, pensando muy seriamente el problema, se reunieron en la iglesia. Alguien debía poner en cintura al descreído. Tenían que limpiar los frutos que comenzaban a podrir la cesta. Tras mucho deliberar, escogieron a Abigail por ser la muchacha más devota y la más bella. La seducción era objetable, pero era la única medida a la mano.

 

Acababa de caer la tarde. El profesor abrió la puerta de la casa en que vivía y que quedaba a las afueras del pueblo. “Alguien te espera desde hace ya un par de horas”, le dijo su hija. Al entrar al estudio, saludó con una sonrisa conciliadora a la joven. Se sorprendió al verla allí sentada con un vestido un poco insinuante. En su clase, la bella Abigail lo había refutado airadamente en varias ocasiones con Biblia en mano, mientras trataba de hablarle a los asistentes sobre la muerte de la metafísica, sobre las grandes empresas del espíritu de la modernidad. Él dejó claro que no era el sitio para enfrentar un duelo. Que había otras personas con otras inquietudes “más filosóficas”. Que la esperaba en su casa cuando quisiera y podrían discutir estos y otros asuntos en calma.

 

Impetuosa al verlo entrar, mientras acariciaba la misma Biblia ajada, le preguntó si creía en los ángeles. Una vez él descargó el maletín en el escritorio, sin vacilaciones, le respondió: “digamos que un ejército de esos que usted llama ‘ángeles’, me protege. El que va adelante cuida de mí con sus cien ojos y me confiere el poder de decidir sobre su vida y las demás. Si en este instante quisiera cortarle la cabeza, con sólo desearlo rodaría sobre el tapete. Pero no se preocupe, esa no será la tarea que tengo para él. No obstante, tenga cuidado, una espada está levitando sobre su cuello. Y la sangre hablará. Entonces la muerte caerá sobre todos los jardines de alas que usted y los suyos hayan imaginado y arderán sus inútiles plegarias. Porque ya nada las justifica sobre la faz de la tierra y el polvo volverá al polvo tras un aullido aterrador”.

 

La chica se sintió incómoda y un leve sudor empañaba su hermosura, su pálida y desencajada hermosura. ¿Qué pretendía el profesor con esas palabras? Era claro que se enfrentaba a alguien de gran confianza en sí mismo y que presumiblemente sabía de lo que hablaba. Por más que ella lo intentara, no se doblegaría ante “la luz del Señor” sin una inteligencia que ella, por desgracia, no tenía. Entonces un rubor la alcanzó y pensó en el destino del pueblo, de su gente piadosa, de ella misma en manos de un “ángel terrible”. ¿Cómo lograr que el nuevo profesor dejara sus blasfemias?

 

La hija del filósofo entró en el estudio con un agua aromática para la invitada y un café para su padre. Abigail, con una repentina astucia, se paró, tomó un libro de uno de los estantes de la biblioteca y se lo dio al profesor. Era un libro de cuero negro que resaltaba sobre los demás, con una cruz de plata en el lomo. Quizá no era tan malo y leía a escondidas la Biblia. La chica pidió al hombre que leyera y le hizo un guiño con una coquetería un poco ingenua. Él abrió en cualquier parte y esto fue lo que leyó: “digamos que un ejército de esos que usted llama ‘ángeles’, me protege. El que va adelante cuida de mí con sus cien ojos y me confiere el poder de decidir sobre su vida y las demás”. Ella hizo un pequeño gesto de sorpresa y retrocedió. Él sonrió de nuevo y cerró el libro.

 

La joven se sintió un poco desamparada, pero con cierto aplomo, le increpó: “¡No me charle, profesor! ¡Deje de jugar conmigo! Sólo repite sus oscuras palabras y quiere confundirme. Ninguna de ellas está en esas páginas. Usted bien sabe, porque este es un pueblo creyente, que nada podrá contra la verdad que está escrita en el libro de los libros, que la palabra de Dios no puede ser burlada con esos artificios. Si no confía en ella, si no tiene fe, sucederá todo lo contrario a lo que hay escrito en ese libro sagrado”.

 

El hombre, que permanecía parado con el libro en la mano, lo abrió de nuevo y, leyendo lentamente, se acercó a la joven que seguía sus movimientos con temor: “¡No me charle, profesor! ¡Deje de jugar conmigo! Sólo repite sus oscuras palabras y quiere confundirme. Ninguna de ellas está en esas páginas”. La muchacha arrebató el libro al profesor con una ira imprevista. Ese libro que repetía con una resonancia macabra las palabras dichas esa noche, también repetía su cabeza solitaria, ahí, en medio del estudio de ese extraño hombre que no dejaba de sonreír. Como si la tinta de las letras fuera un espejo fatal, se veía decapitada en cada una de sus páginas. No sabía lo que sucedía. Un frío sacudió su cuerpo. Una fuerza insólita le arrebató la cordura. Y Abigail, la bella e inocente Abigail, no pudo más. “¡Un truco del demonio!”, fue lo que gritó antes de caer desvanecida.

 

Al día siguiente, las personas del pueblo encontraron el cadáver de Abigail en su propio cuarto en medio de las páginas rasgadas de un libro de cuero negro con una cruz de plata en el lomo. Todos fueron tras el asesino. Pero la casa estaba abandonada, tal y como la habían dejado sus antiguos dueños antes de salir a probar suerte por el mundo. Mientras la gente enmudecía, asombrada ante el asunto, al tiempo que se persignaban, sintieron cómo unas alas enormes aleteaban en el interior de sus pechos. Algunos vieron el brillo de una espada.

 

 

 

 

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