AYARDA

Estás tú. Estoy yo.

Y lo que la noche esconde en el oído.

Rosamel del Valle

 

 

I

El sonido del piano, la curva del cristal sobre la marea. Anatema, despropósito, consternación. Ayarda, liquen fracturado arremetiendo contra la concentración de los cazadores. Vino escanciado en el verbo que no se piensa y fluye contra y a favor del tiempo, intención abierta al color púrpura de la cópula.

 

Rostro milenario, círculo de ópalo donde se bautizan las cabezas crecidas de los demonios; génesis, canción estremecida de las hogueras que se repite en la memoria, nombre sin aspecto, esfinge, Ayarda, manantial donde se aproxima el cuerpo de las matanzas.

 

Ayarda, filo del alma acaecido en los templos del invierno; tú, corazón que se adelanta a la súplica y al lamento, tú, labios como respuesta que amparan mis meses amontonados a medianoche; Ayarda… Ayarda… Ayarda…

 

Libertad y límite, horizonte crecido que interroga al demiurgo, capital de mi sexo, senda continental que atraviesan mis manos después de la sed. Todo es viento encarnado en la ausencia, actitud de sol cuajado en la pasión. Todo es destino inmarcesible que cobija tu vientre.

 

La ilusión de una noche con tu boca camina sobre mi pecho, tus labios como trompetas de ángel colérico, tus ojos como cacería de tigres al despuntar el alba. No me aflijas, Ayarda, no me arranques el calor de tu higo, no me corrompas con otra danza en medio del alcohol.

 

Tú y yo somos estación visionaria al otro lado de la ira, somos cálculo y conquista de cielo, asumiendo su muerte callada al compás de la entrega. Tú y yo somos diálogo serenizado y descubrimiento, ceniza en el cáliz del deseo, lenguaje mineral, semilla y ciudad que se empinan hacia la luz de los desnudos.

 

Cuando el ejercicio de nuestras corrientes subterráneas estuvo en función de la duda, Ayarda, mi corazón fraccionó su canto, alertó mi espíritu habitante de las montañas, visitante perpetuo del mar y sus dimensiones. Desde ese campanazo inclemente se aposentaron en mí las lágrimas y el deber ser abatido.

 

¡Vamos, estoy en el culmen de tus pasos, arrójate! Ven hacia tu beso de barro, gárgola, poniente, aquí también es noble la presencia de lo inédito, aquí también se acostumbra el perdón, Ayarda.

 

II

Después de hurtarle al silencio un gemido, después de amar la razón sencilla de las cosas, la luna se despide debajo de la tierra; las canciones se agolpan en el estrepitoso irse del ser que cambia de mundo, que accede a volver a nacer en los instantes trágicos y sin poder dormir.

 

Las desviaciones, los conjuros, las orgías, todo se derrama en ti, Ayarda, todo es un fin inmediato acaecido en el dolor; pero al mismo tiempo alegre memoria del sentido que mueve las cosas. Has edificado la civilización de tu pecho, Ayarda, has construido el milagro para hacer lo que quieras.

 

Pensarte es actuar en manos de la resurrección, Ayarda, agigantar el paso para empresas inimaginables. Acertar con la flecha el recorrido de los grandes hombres que observaron en su genialidad que el caos tiene un orden y todo lo que a voluntad se mueve, también está dispuesto desde el principio.

 

La arena donde los astros se empinan está escrita en tu mano, Ayarda, un beso que desconoces abrirá el sol, la tarde donde bebe su agua la golondrina. Nada en mi saliva, con mi anguila siniestra, en mi nombre de olas, con mi cadáver de sal.

 

En la biografía de mi espíritu está el lenguaje que te hace virgen, Ayarda, en la cadena que desnuda la medianoche. De fácil acercamiento al mundo, de torpe mirada para su arcano, así voy alzando en mi frente la estrella que te dio el júbilo, así voy levantando en mi brazo la cruz que te comulga cada verano cuando se aparean los tigres.

 

Somos muchos en la esfera de lo dicho; muchos para incendiar la noche y fundar la realidad. Pero una sola molécula de alas y el mundo se encabrita por los campos como una idea despegando del suelo.

 

Ayarda, abre en tu luz la nueva conducta para los mortales, descubre en tu pupila de sol nocturno el camino para los penitentes, rompe las tablas y di tu palabra preñada de victorias; que el cielo ejecute su travesía, Ayarda, que las cosas inútiles no superen nuestra sabiduría, que sólo demos lo que ya es nuestro.

 

Tomado del libro: Lucifer el Hermoso (1997)

Imagen:  Jhonny Andrés Hernández (Umbral Fotografía)

 

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