DE DEMONIOS Y CEGUERAS

Mientras el sol ardía, él, con los ojos cerrados, les iba contando la historia: …por eso la riqueza del hombre no está en lo que posee, sino en su sabiduría. Esto es: en la paciencia, la prudencia y el silencio. Pero nuestro ambicioso protagonista, había escuchado que sólo el demonio podía darle el poder sobre los demás hombres, es decir, todo el oro existente y la inteligencia para convertirlos en sus esclavos.

Un hombre adinerado que escuchaba la historia sin hacerse notar, interrumpió en tono irónico al mendicante delante de los jóvenes que lo rodeaban entusiasmados, intentando rebajar su prédica: ¿no te parece innoble andar viviendo de la caridad de los demás? Ya eres muy viejo, tu modo de actuar sólo desacredita a los hombres de este país y es un mal ejemplo para los que apenas comienzan la dura tarea de vivir. ¿Por qué mejor no te vas hacia otro lugar y dejas esas historias sin fundamento?

El monje, sin detener su relato, continuó: …de esa manera, comenzó su amor por la oscuridad: toda figura que representara su fuerza, su soberanía, su imperio, lo atraía. Y sin ningún disimulo, anunciaba que pronto sería dueño del mundo, porque contaba con la venia de los demonios y sus séquitos en la tierra. Cierto día, mientras leía en su casa sobre los más inescrutables secretos de Mara —ya hecho un hombre que muchos temían—, éste le hizo una visita en medio de un gran temblor y le quemó los ojos. Ya no era digno de obtener sus privilegios: la prisa, su habladuría, divulgar los secretos de las sombras con el ánimo de imponer su voluntad, olvidar la deuda con el inframundo lo habían llevado a un conocimiento inexacto, baladí, ingrato.

Abatido, el hombre recordó su blanca niñez y su deseo cambió de rumbo. Mas no pudo volver al inicio y partió de inmediato sin que nadie supiera sobre su destino. Se dice que sólo uno, de entre todos, ha podido hacerle frente al Señor del Mal, y que ese hombre, El Buda, predicaba casi desnudo y todo brillaba a su paso. Pero de este hombre, nadie sabe nada. Aparte de su ruina. Entonces el anciano calló y lo siguió un profundo silencio.

Los muchachos se inclinaron ante él, dejaron algunas ofrendas y siguieron en sus actividades. El hombre rico se inclinó también, y, luego de despedir el carruaje que lo esperaba y darle las gracias, solicitó al monje continuar el camino a su lado. A lo que éste accedió con un gesto cordial. Entonces el nuevo discípulo puso su mano en el hombro del viejo, pues, era ciego.

Tomado del libro inédito: RELATOS DE PLUMA Y PLOMO

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