DE ZARATUSTRA Y SU REGRESO A CASA

Debemos pensar en la filosofía como una fuerza. Ahora bien, la ley de las fuerzas es que ellas no pueden aparecer sin cubrirse con la máscara de las fuerzas preexistentes” (Deleuze 2000-25). De esta manera, Nietzsche levanta la lanza y la lanza contra los apóstatas, aquellos que vuelven a arrastrarse hacia la cruz. Sin embargo, Nietzsche se deja llevar por la cruz neotestamentaria, por aquella que implica la “sangre santa”, la “sangre del Salvador”, la sangre que nos ha vuelto a poner en el lugar de los piadosos.

La cruz, símbolo de gran antigüedad, es uno de los principales símbolos al lado del centro, el círculo y el cuadrado. La cruz simboliza la tierra expresando los puntos intermedios, dinámicos y sutiles. La cruz es el más totalizante de los símbolos. Es la base de todos los símbolos de orientación. La cruz tiene, en consecuencia, una función de síntesis y de medida. En ella se unen el cielo y la tierra; cielo que a manera de trascendencia y afirmación del olvido de la tierra, era reprochable para Nietzsche. Quizá este alemán no quería relaciones con la encrucijada, no quería inmiscuirse con el centro, con el altar, con la piedra, con el mástil. Pero no, en él está la reunión, la recapitulación, la confirmación de una danza.

Algunos estuvieron levantando las piernas como bailarines y estuvieron atentos a la risa que había en la sabiduría de Zaratustra. Éste, entonces, recapitula acontecimientos de los discípulos que en otro tiempo revoloteaban en torno a la luz, a la libertad como mosquitos y jóvenes poetas; un poco más viejos, un poco más fríos. Quizá porque Zaratustra, asceta, permanece en su soledad, como quien es tragado por una ballena. La alusión a la Biblia por parte de Nietzsche es constante; la forma versicular nos sorprende como una escritura que está conjugada en sangre y quiere ser aprendida de memoria. Una nueva Biblia para el ateo. Aquel al que solo le importa la eternidad, el kairós como tiempo del presente, del no principio, del no final; el tiempo del filósofo legislador; el tiempo del creador. Opuesto al tiempo, cronos, del cargador.

Crear es aligerar, es descargar la vida, intentar nuevas posibilidades de vida. El creador es un legislador–bailarín” (Deleuze 2000-27). Nietzsche antepone la grácil manera de formarse en la danza, de avivar los miembros y el paso y el camino que lleva al gran acontecimiento: “yo no creería más que un Dios que supiese bailar” (Nietzsche 1998-74). Y este baile, este dios bailarín, es el único que podría sepultar al espíritu de la pesadez con su martillo castigador, pues, “el aire ligero y puro, el peligro cercano y el espíritu lleno de una alegre maldad: esas cosas avienen bien” (Nietzsche 1998-72).

Además es el baile un camino que lleva al hombre a sí mismo, es una marcha a la soledad que impulsa al hombre a ser juez de sí mismo y vengador de su ley. El baile lo llevará a gritar “¡todo es falso!”. Mas si todo es falso, como dice la lógica, también es falso que todo sea falso. Sin embargo, ese todo es falso está dicho para evidenciar el camino del rebaño. Es a esto a lo que se refiere Zaratustra. Y el creador debe conocer el desprecio por todo aquello que es lícito al rebaño. Por eso es necesario que el creador vaya a su soledad —con su amor y su crear—, ya que después lo seguirá la justicia cojeando.

Llegará la justicia para quien quiere crear por encima de sí mismo y por ello perece. Pero a esos creadores, discípulos de Zaratustra, ahora se les han cansado los pies y calumnian su valentía matinal: la noche les ha caído encima con su olor a pesadumbre. Su conocimiento ha sido atrapado por la “sangre santa” y son ahora cobardes impacientes que no han esperado vigilantes los toques de trompeta y los gritos de heraldo de su maestro.

Esos son los demasiados, los que no pueden y no quieren, aquellos que dejan todo para después. Hojas marchitas por las cuales no hay que lamentarse, solo soplar vertiginosamente para alejarlas del camino. Son de nuevo hombres piadosos, arrepentidos de una danza dionisíaca que vuelven a rezar. Aquellos que se inundan de luz y esconden cada día más hondo su cabeza en la noche, pues, aquel que sigue la luz, va tras ella desde la penumbra; y aquel que es luz en sí mismo, ve una gran oscuridad a su alrededor.

Esos apóstatas quieren seguir a Mateo el evangelista y ser niños para entrar en el reino de los cielos. Pero la tierra —su corazón de fuego refulgente— les hace mella; adoran una falsa cruz indicada por la araña de la cruz, la araña crucera: el sacerdote que inflama los corazones, las cabezas y los estómagos; el que los lleva a pescar donde no hay peces. Esos apóstatas escuchan melodías atribuladas que los desvían hacia la fe de los viejos que quiere ser nueva. Una fe que pone en duda la imagen de Dios. Pero ya hace mucho tiempo pasó el momento para tales dudas: “los viejos dioses hace ya mucho tiempo, en efecto, que se acabaron: ¡y en verdad, tuvieron un buen y alegre final de dioses! (…) Esto ocurrió cuando la palabra más atea de todas fue pronunciada por un dios mismo, la palabra: ‘existe un único dios! ¡No tendrás otros dioses junto a mí!’” (Nietzsche 1998-283).

Nietzsche se refiere constantemente en su Zaratustra a la Biblia de los cristianos; pero aquí es también posible hablar de la posición de Amenofis IV: en el antiguo Egipto, Akhenaton —el faraón hereje— negó la tradición politeísta manifestando el primer esbozo del posterior monoteísmo que ha venido sobre todos nosotros, enalteciendo, con su mandato, una sola divinidad: el Sol, único guía lleno de poder y esplendor. Pero el pueblo se fue contra él, asesinándolo, atemorizado por la irá de los demás dioses. Y quizá preguntándose del mismo modo en que Zaratustra preguntaba: “¿no consiste la divinidad precisamente en que existan dioses, y no dios?” (Nietzsche 1998-283).

De todo esto está cansado Zaratustra y al fin saluda a su patria, a su soledad. “¡Oh soledad! ¡Tú patria mía, soledad! ¡Ha sido demasiado el tiempo que he vivido de modo salvaje en salvajes países extraños como para que no retorne a ti con lágrimas en los ojos!” (Nietzsche 1998-284). Un filósofo debe estar en su soledad y aprender a callar para fustigar su corazón endeble y confiar en su baile. Un filósofo del futuro debe relacionar su fuerza con la fuerza y esto se llama voluntad (Deleuze 2000-31). Y esa voluntad permite al filósofo evaluar la vida según su aptitud para cargar pesos, los más pesados, el gran peso de los valores superiores, el peso de ser un creador de valores nuevos.

Y después de cargar con los pesos de un rebaño abrumado, gritar y forjar la libertad que solo los espíritus libres reconocen: romper estatuas, abrir la crítica y su incesante “no”, tornarse en juego y nuevo comienzo, en un santo decir “sí”. Convertirse en creador de nuevos principios donde el juicio vaya más lejos que lo juzgado; esto es, al lugar que le corresponde, a la propia vida y su singular manera de ser vivida. Es decir, retornar a casa desde donde se abre el mundo; la casa donde es lícito hablar a todas las cosas; aquella casa habitada y amada donde permanecen las puertas abiertas.

En esta casa a donde regresa Zaratustra, se abren de golpe las palabras y las arcas de palabras de todo ser: todo quiere ahí hacerse palabra, todo devenir quiere en esta casa aprender a hablar de de sí mismo (Nietzsche 1998-286). En esta casa en su soledad aprende Zaratustra que en países extraños y sordos es vano todo hablar; que allá olvidar y pasar de largo es la mejor sabiduría. Mas un máximo peligro yace a sus espaldas: hombres en los que todo habla y todo es divulgado; fanfarrones donde el misterio y el secreto de almas profundas pertenecen a los pregoneros de las calles. Revoloteadores de aquí y de allá que nada escuchan, que emplean su confusión para propiciar el ruido de su charlatanería, su deseo de indulgencias y que se les sufra.

Con esos hombres, los de mirada lejana habrán de callar. Y en muchas ocasiones aprender el “primer plano” para decirse a sí mismos: “¡inocente de su pequeñez es todo lo pequeño!”. Pero estos hombres pequeños, incluso “los buenos”, son moscas venenosas. Y éstos aún más, pues clavan su aguijón con toda inocencia; mienten con toda inocencia y no son capaces de ser justos con los solitarios. Y se les obliga a ocultarse a sí mismos y ocultar su riqueza, pues, entre esos pobres de espíritu, el bailarín aprende a tragarse las palabras, a sustituir unas palabras por otras, a encarecer los símbolos para hacerlos menos evidentes, menos tratables por las víboras del mercado.

Pero no se debe vivir en esos socavones: “bajo viejos escombros descansan vapores malsanos. No se debe remover el lodo. Se debe vivir sobre las montañas” (Nietzsche 1998-289). Por eso Zaratustra vuelve a casa, a su soledad; entonces su alma estornuda y grita jubilosa: “¡he sanado!”.

Víctor Raúl Jaramillo

Septiembre de 2005

Deja un comentario