DEL JUEGO Y LA POESÍA

Al profesor Javier Domínguez Hernández

Poesía es jugar

sin poderlas vencer

con las palabras.

Anny Williams

UNO

La poesía es una manera de estar en el mundo, la forma más genuina de experimentarlo. Aunque está expresada como una vivencia particular, silenciosa, casi monástica, también acontece en las relaciones interpersonales que la fundan a través de la conducta y su participación con la “universalidad” de una voluntad de crear y su juego. La proyección de la poesía, madura en el jugador la expectativa de aquello que se delata diariamente y, al mismo tiempo, lo que oculta en su donarse cada que ocurre su revelación: el genio, la denuncia, el desgarro. Ya que quien asume una vida poética, sabe de silencios y sombras, de aperturas y abismos, del brote y su horizonte, de sus satisfacciones y heridas. Quien vive poéticamente permanece abrumado por la existencia.

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DOS

El juego de la poesía es la manifestación de una actitud, de una disposición individual que puede aproximar a aquello que nos despierta, sin quitarnos el brote del sueño. De ahí la intención de participar de su andadura, el interés de ir lejos y la necesidad de aprehendernos a nosotros mismos en cada uno de sus avistamientos; participar en el juego mismo del poema, sabernos parte de su acción en cada viaje, posibilita el regreso. De esta manera, podremos acceder a la poesía como juego. Porque hay que recordar que quien no quiere jugar, no puede jugar; y no existen argumentos —al igual que con el gusto— que nos obliguen a aceptar el juego con sus azares. La relación con el juego, entonces, es natural y en esta premisa se desarrolla el comportamiento del jugador que en la medida en que se desenvuelve en el juego deja ver sus intenciones. Porque el juego, al ser natural, muestra lo que somos en su actividad.

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TRES

Gadamer dice que aquel que asume su papel de jugador, pretende que la acción del juego que ejecuta no es seria cuando asiste a él de manera dispersa y en función del “jugueteo”; que lo que no es más que “mero juego” no es cosa seria. Sin embargo, esto no está referido al hecho que implica al jugador como quien asume una seriedad que va más allá del juego, sino a que el juego mismo conlleve a la seriedad, pues, el objetivo del juego, es la actividad misma de jugar, y es en su propia actividad donde el juego de la poesía se convierte en una actividad seria.

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CUATRO

La atracción del juego transforma y proyecta —a través de la imitación como aprendizaje de la vida— una experiencia estética generadora de las condiciones para que el jugador acceda a su estímulo y el juego no sea sólo juego, pues, existe cierta seriedad secreta que debe tenerse presente para que su práctica se lleve a cabo; para que obtenga su cumplimiento de una forma singular. En otras palabras, para que la conducta de quien participa de la poesía como juego, adopte su libre creación de manera auténtica. Pero, a pesar de todo, es el juego el que posibilita cierto ocurrir: la poesía como juego es un reconocimiento de las manifestaciones del mundo, de nuestras propias formas de vivir y de crecer en un movimiento que va y viene; movimiento que Gadamer llama “automovimiento” y que se podría referir a la perspectiva que implica una urgencia del lenguaje en ser de nuevo sangre y semen, flujo y noche, casa y éxtasis donde el acto creativo de la obra como obra en este caso del poema—, encuentre su respiración.

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CINCO

Debemos tener presente que, al jugar el juego, se nos lleva a una organización compleja; sobre todo si hablamos de la poesía que, no obstante, transcurre tranquilamente en el sentido en que acude —no sin algunos riesgos— a la unidad del jugador con lo que marcha, con el cuerpo que logra su potencia. Pues el poeta, al asumir la poesía como ejercicio sin finalidad, intenta, sin embargo, afirmarse no como el jugador que está, sino como el que puede-ser-en-el-mundo. El juego que determina al poeta en este caso, es un juego jugado donde se confirma que —aunque no lo parezca— el verdadero sujeto del juego no es el jugador sino el juego mismo. Esto es, el poeta sólo importa en la medida de ser el mediador del poema, la articulación de aquella “actitud” que es la poesía misma, su propio movimiento. Porque una vez escrito el poema con su ritmo, su tono y la necesaria voz, el lector activa la poesía en las lecturas variadas que se harán del poema; obrando en el mundo y sus acontecimientos, creando con su lectura lo que el poeta ha dejado sin previo aviso.

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SEIS

Al jugar nos mantenemos en el juego por el juego mismo, sin dejar de repetir con Hegel, que el juego es cosa seria, una manifestación abierta a la que accedemos —si tenemos la intención de crecer—, con la seriedad aducida por Nietzsche a los niños cuando juegan. Lo que no podemos dejar a un lado es que la poesía como juego es una relación de lo que se constituye en su vaivén y su utilización; es decir, como lo expresa Hilde Domin sobre el poema: un artículo mágico de uso. Sabemos que en la medida del uso tenemos un conocimiento de las cosas; a medida que tenemos una referencia más directa del juego, esto es, cuando se juega a algo y el juego manifiesta su movimiento desde dentro: el jugador procura “elegir” ese algo que desea adquiera la condición de juego, experimentando su acción, es decir, cuando juega el juego. Del mismo modo ocurre con el poema: única huella reconocible del poeta, lugar donde habitará más o menos tiempo ya que éste también será comido por la nada. El poeta ya no será más, pero no así la poesía. Ya habrá posibilidades de reiniciar el juego… pero nunca se sabe.

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SIETE

La poesía, en su ofrecimiento creador, hace que el poeta sienta que vale la pena vivir la vida y, en referencia a su necesidad de mundo, proyecta una formulación del lenguaje que considera propicia para realizar ese estado de conocimiento interior que lo lleva —a través del poema— a una expansión de sí mismo. Como vemos, el juego es fundamento de sí mismo y movimiento de lo elegido por quien lo juega. En otras palabras: tanto el juego, como el jugador, dependen el uno del otro porque ese otro es necesario: existen en la medida de ser correspondidos en su transitoriedad, puesto que no se puede jugar en solitario, (…) siempre existe ese “otro”, como lo recalca Gadamer.

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OCHO

El juego no es una cosa dada desde el principio, con sus reglas y sus fines únicamente, sino que debe existir una apertura que, llegado el caso, pueda modificar el juego y convertirlo en una libre voluntad que lo active en su origen como dinamismo creativo que nos permita —con el encuentro de la poesía— un reconocimiento de nuestros propios pasos en el dinámico-estar-del-mundo. Por eso, cuando asumimos una conducta al momento de presentarnos ante los demás sin dejar de ser nosotros mismos, se advierte la importancia del sentido que conlleva a esa mediación entre lo externo y lo interno, entre lo que se muestra y lo que permanece velado a través de lo que experienciamos como cotidianidad. Dicha cotidianidad suele ser intraducible; por tal motivo acudimos al poema que, en variadas ocasiones, nos ahoga en el sentido obligándonos a callar. Sea una manera de decir y mostrar que refleje lo buscado, tanto como su imposibilidad, para eso está la poesía y su juego: condición vital del poeta.

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NUEVE

La poesía como juego es una consagración del instante donde median sus fuerzas el tiempo pasado y lo actual; es decir, se realiza, donde se consuma, esa fusión de horizontes que en Gadamer cobra tanto significado. La poesía como juego es una organización compuesta de las dimensiones transformadoras del lenguaje; es un mundo abierto que en el momento de favorecer algún tipo de encuentro donde sea propicio el juego, comunica y continúa la vida del poeta en la mirada del lector que asume el poema como relación dinámica con el tiempo. La poesía es unidad múltiple y, en su habitar, existe lo que Paul Valéry llama sensación de universo; además, hay que recordar lo que Rafael Núñez Ramos escribe: cada juego instaura un mundo (…) y toda poesía es una forma de juego. De allí que al entrar en las dimensiones de un poema donde haya sido activada la poesía como juego —esa manera en que el sentido se ve realizado, nuestra conciencia del tiempo en que nos asombramos ante el mundo se actualice, y nos done su maravilla.

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DIEZ

La poesía sugiere una experiencia que alimenta a quien la ejerce desde su hacerse poema y vida, tanto como a quien la hace juego sin fronteras en su recepción. La poesía insinúa su camino pese a la evidencia de sus palabras, siempre justas. Se presenta como singularidad propiciante, como expectación. De tal modo el poeta funda una escritura que el lector entre guiños y silencios prolonga. Acercarse a la poesía como juego brinda alternativas de acción y, las condiciones que subyacen a la creación de su pálpito, abrirán una feliz reciprocidad entre lo leído y lo vivido por esa persona que lee y asume lo escrito, generando acontecimientos, sorpresas y aprendizajes. Vivir el poema, dejarse “tocar” por la poesía, puede proponer variadas satisfacciones, innominados asombros, quizá deslucidas decepciones y tropiezos; pero reconocer ese movimiento de la lengua que se expresa como material sensible que se suma a la mutación de todo aparecer, es una confirmación de nuestra siempre cambiante existencia, de nuestro vaivén al habitar el mundo, pues, si el lenguaje participa en el juego poético, habrá de hacerlo negando su funcionamiento habitual, transformando su estructura, rechazando sus fines más comunes; acercándonos a su encantamiento, produciendo en nuestra intimidad nuevas maneras de ser.

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ONCE

Entrar al juego propuesto por la poesía en quien la hace visible, tanto como en quienes la perciben —todos aquellos que habitan poéticamente la tierra—, aumenta una mutua correspondencia que, no sólo manifiesta una voz, sino que instaura y protege los ritmos secretos de un sentido dado por el lenguaje y su expresión. El poema, resultado de un juego entrañable con las palabras, por parte del poeta, enseña el íntimo valor de la voluntad de crear que no pregunta, pues sabe, y pasa de largo poniéndola en evidencia toda forma de alienación creada para la muerte. Aunque la muerte sea el misterio que la poesía hace propio, arriesga sus posibilidades vitales para lograr una existencia que sea enaltecida viviendo. Ya que la poesía como juego es el modo más humano de sentir y pensar la acción de nuestro tránsito por el mundo —incluida toda desapariciónla poesía es el tiempo efectivo de toda actividad que hace suyos el desentrañamiento y la actualización de nuestras capacidades para la vida. Siendo así, el poeta se consagra como el mediador del palpitar de las cosas y nuestro desprevenido caminar. Y el poema, aquello donde suele respirar todo lo viviente, la práctica que nos regala lo viviente.

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DOCE

La poesía no siempre muestra de una forma evidente aquello que en su realidad imaginaria se plantea y, sin embargo, esto no quiere decir que las palabras de un poema carezcan de relación nocional y mucho menos sensorial. Al contrario, en la poesía, el lenguaje significa por naturaleza. Dicha significación hace parte de su juego, ya que la poesía es búsqueda de sentido, vivencia de una comprensión que alza y reclama en nosotros mismos el pensamiento y la experimentación sobre las cosas que se nos presentan en el sucederse de las cosas mismas. El poema no deja de ser la manifestación más cercana a aquello que se nos ha ido y el pronunciamiento más alto de lo que vendrá y por expresar vívidamente lo que somos nos ayuda a conocer lo íntimo de nuestro tránsito y a situarnos en él, proponiendo el juego de la actividad diaria, la música de su vertiente, el mar inevitable de nuestro venir siendo y la inquietante y fantasmal entrada en la memoria común, en las coordenadas de la inmortalidad y la muerte. Por tales motivos, ir de la mano de la poesía, nos iguala al rugir de lo eterno y su inocencia.

Víctor Raúl Jaramillo

Medellín, 26 de enero de 2019 (1:38 a.m.)

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