DEL MATAR Y AMAR

Sí, realmente la juventud busca un padre. Todos lo hemos hecho en su momento. Aun teniendo su presencia.

El padre: quien guía, quien aconseja y nos da la mano para el premio o el castigo, podría ser esa persona que admiras y a la que temes hablar, o aquella a la que temes porque, al hablar, sabes que lo podrías amar u odiar definitivamente. La ley siempre creará conflicto.

La búsqueda de un padre es de un orden espiritual donde también hay cuerpo y deseo, y se estalla de felicidad con los aprendizajes que nos sintonizan con lo que somos. El padre es esa persona, o personaje (un dios, quizá) que se trata de emular, en quien hemos puesto nuestra admiración y que, al ser reconocido en sus errores, va quedando atrás mientras hacemos un camino propio con todo lo que esto conlleva.

Por tal motivo, la familia que nos regala el lugar que la sangre no puede, está en los amigos. En esos desorbitados amigos que nos comprenden y nos protegen, sobre todo de nosotros mismos. Los amigos son la familia que hemos elegido, no donde caímos y, en ocasiones, habitamos a disgusto. Entre amigos todos somos iguales, por más diferencias que existan. Con la amistad el mundo aprende a ser solidario, amoroso, consciente del perdón y del olvido. Con un amigo, sabes que la vida es menos pesada, la conversación más sincera, la risa más libre y el silencio reparador.

Entre los amigos siempre estará, velado o no, alguien que hace las veces del padre. Y aunque sea clara la amistad, podrían enturbiarse los encuentros y la cercanía cargarse de veneno y terminar abruptamente, como siempre sucede con el padre. Antes o después. Matar al padre, ese es el acto final que nos hace cambiar de símbolo, es lo que propicia aquello que somos en realidad. Sólo con la muerte del padre el camino podrá hacerse sin necesidad de consentimientos ajenos, sin falsas expectativas. El camino que nos pertenece va en otra dirección, siempre. Aunque compartamos el mismo paisaje.

Matar simbólicamente al padre, y algo de suma importancia como hacer que la madre no sea la única dueña de la vida (puesto que sus hijos no le pertenecen) es una necesidad. Es lo que el vivir nos exige. Desnuda los nudos, entonces. Haz lo debido antes de que ellos mueran. Y no dejes de amarlos.

 

Fotografía: Víctor Raúl Jaramillo, por MARCELA DÍAZ

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