DIÁLOGO CON CARLOS VÁSQUEZ SOBRE ALBERTO CAEIRO

 

Esa roca,

ese árbol,

diferentes a mí,

lejanos,

a la distancia,

que mis sentidos traen al encuentro.

 

Agua que se dice

con la palabra “agua”,

en su mutismo.

Íntimo nombre

de su agregado

claro que fluye

y que es otro invento

de lo que son las cosas.

 

Sensaciones que se viven,

cuerpo que piensa

en su volcarse a la exterioridad.

 

Y esa patria donde tiembla un dios:

metafísica de poetas y filósofos.

 

Es viendo,

y a través de la ventana.

 

Antes,

prueba de un alma

que nos permitía encuentros

con la situación del mundo.

 

Ahora,

metafísica negativa,

muerte de Dios,

liberación y angustia

o ficción moderna

para terminar en manos

de una cadavérica y podrida acechanza.

 

Es Dios

el cuerpo que se tiene.

 

Parte sin todo

o parte maldita

que canta la Naturaleza

sin máscara,

sin vigor.

 

Vemos,

algunos lo hacen,

en la superficie desnuda.

 

La piedra se nombra “piedra”,

afuera,

que en la paradoja

no relaciona el mundo,

ni la mirada,

en la medida de la ausencia de sí.

 

Él es el primero,

el que no tuvo que aprender.

 

En el desalojo del rostro,

rostro ausente

ignorando en el que piensa

cuando ve,

con su preguntar sin respuestas:

 

¿Qué es estar en las cosas?

¿Qué es estar en el mundo?

¿Por qué se ilumina la nada?

Palabras que deben estar en su individualidad.

¿Habrá posibilidad?

 

Es viendo,

y a través de la ventana.

 

Sensación que nos comunica.

Realidad de la propia existencia.

Relación sin relación o Naturaleza.

 

Acaso,

hechizo de las palabras.

 

Tomado del libro inédito: Catálogo de Naves

 

Imagen: Yudiel Art

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