DOS POEMAS DE VINICIUS DE MORAES

EL POETA

 

 

Cuántos somos, no sé… Somos uno, tal vez dos; tres, tal vez cuatro;

cinco, tal vez nada.

Tal vez la multiplicación de cinco por cinco mil y cuyos restos

llenarían doce Tierras.

Cuántos, no sé… Sólo sé que somos muchos – la desesperación

del decimal infinito.

Y que somos bellos como dioses, aunque trágicos.

 

Vinimos de lejos… Puede ser que en el sueño de Dios hayamos

aparecido como espectros

de la boca ardiente de los volcanes o de la órbita ciega

de los lagos desaparecidos.

Puede ser que hayamos germinado misteriosamente del suelo asolado

por las batallas

o del vientre de las ballenas quién sabe si surgimos.

 

Vinimos de lejos – traemos en nosotros el orgullo del ángel

rebelado,

del que creó o hizo nacer el fuego de la ilimitada y altísima

misericordia.

Traemos en nosotros el orgullo de ser úlceras en el eterno

cuerpo de Job,

y no oro y púrpura en el cuerpo efímero del Faraón.

 

Nacimos de la fuente y vinimos puros porque somos herederos

de la sangre

y también deformes porque – ¡ay de los esclavos!, no hay

belleza en los orígenes.

Volábamos – Dios les dio el ala del bien y el ala del mal a nuestras

formas impalpables,

recogiendo el alma de las cosas para el castigo y la perfección

en la vida eterna.

 

Nacimos de la fuente y dentro de las eras vagamos como semillas

invisibles por el corazón de los mundos y de los hombres,

dejando atrás de nosotros el espacio y la memoria latente

de nuestra vida anterior.

Porque el espacio es el tiempo muerto – y el espacio es la memoria

del poeta,

como el tiempo vivo es la memoria del hombre sobre la Tierra.

 

Fue mucho antes de los pájaros – apenas rodaban en la esfera

los cantos de Dios,

apenas su sombra inmensa cruzaba el aire como un faro

alucinado…

Existíamos ya… En el caos de Dios girábamos como el polvo

prisionero del vértigo,

¿pero de dónde veníamos y por qué privilegio recibido?

 

Y entretanto el Eterno sacaba de la música vacía la armonía

creadora,

y de la armonía creadora el orden de los seres y del orden de los seres

el amor,

y del amor la muerte y de la muerte el tiempo, y del tiempo

el sufrimiento

y del sufrimiento la contemplación y de la contemplación

la serenidad imperecedera.

 

Nosotros recorríamos como extrañas larvas la forma patética

de los astros

asistiendo a todo y oyendo todo y rememorando todo eternamente.

¿Cómo? No sé… Éramos la primera manifestación de la divinidad,

éramos el primer huevo fecundándose al calor de la centella.

Vivimos el inconsciente de las edades en los brazos palpitantes

de los ciclones,

y las germinaciones de la carne en el dorso descarnado del fulgor lunar.

Asistimos al misterio de la revelación de los Trópicos y de los signos,

y al espantoso encantamiento de los eclipses y de las esfinges.

 

Descendimos a lo largo del espejo contemplativo de las aguas

de los ríos del Edén

y vimos, entre los animales, al hombre poseer furiosamente

a la hembra sobre el pasto.

Seguimos… Y cuando el decurión hirió el pecho de Dios crucificado,

como mariposas de sangre brotamos de la carne abierta

y volamos hacia el amor celestial.

 

Cuántos somos, no sé… Somos uno, tal vez dos; tres, tal vez cuatro;

cinco, tal vez nada.

Tal vez la multiplicación de cinco por cinco mil y cuyos restos

llenarían doce Tierras.

Cuántos, no sé… Somos la constelación perdida que camina

lanzando estrellas,

somos la estrella perdida que camina deshecha en luz.

 

********

 

MENSAJE A LA POESÍA

 

No puedo.

No es posible.

Díganle que es totalmente imposible.

Ahora no puede ser.

Es imposible.

No puedo.

Díganle que estoy tristísimo, pero no puedo ir esta noche

a su encuentro.

Cuéntenle que hay millones de cuerpos que enterrar,

muchas ciudades que construir, mucha pobreza en el mundo.

Cuéntenle que hay un niño llorando en alguna parte

del mundo

y que las mujeres se están volviendo locas, y hay legiones de ellas

sollozando de saudade por sus hombres.

Cuéntenle que hay un vacío en los ojos de los parias

y que su magrura es extrema;

cuéntenle que la vergüenza, la deshonra y el suicidio rondan los lares

y es preciso reconquistar la vida.

Háganle ver que necesito estar alerta,

vuelto hacia todos los caminos,

listo a socorrer, a amar, a mentir, a morir si fuese preciso.

Explíquenle con cuidado – no la aflijan… – que si no voy

no es porque no quiera: ella lo sabe; es porque hay un héroe

en la cárcel,

hay un campesino que fue agredido, hay un charco de sangre

en una plaza.

Cuéntenle, bien en secreto, que debo estar preparado, que mis hombros

no deben doblarse,

que mis ojos no deben dejarse intimidar,

que llevo a cuestas la desgracia de los hombres

y ahora no es el momento de detenerse;

díganle, sin embargo, que sufro mucho,

pero no puedo mostrar mi sufrimiento a los hombres perplejos;

díganle que me fue dada la terrible participación, y que posiblemente

deberé engañar, fingir, hablar con palabras ajenas

porque sé que hay, lejana, la claridad de una aurora.

Si ella no comprende, oh, procuren convencerla

de ese ineludible deber mío; pero díganle que, en el fondo,

todo lo que estoy dando es de ella, y que me duele

tener que despojarla así, en este poema;

que por otro lado no debo usarla en su misterio;

la hora es de esclarecimiento;

no de volcarme sobre mí cuando a mi lado hay hambre y mentira;

y un niño abandonado en un camino

junto a un cadáver de madre; díganle que hay un gran

aumento de abismos en la tierra, hay súplicas, hay vociferaciones,

hay fantasmas que me visitan de noche

y que tengo que recibir; cuéntenle a ella de mi certeza en el mañana,

que siento una sonrisa en el rostro invisible de la noche

y vivo en tensión ante la expectativa del milagro;

por eso pídanle que tenga paciencia, que no me llame ahora

con su voz de sombra; que no me haga sentir cobarde

de tener que abandonarla en este instante, en su inmensurable soledad;

pídanle, oh, pídanle que se calle

por un momento, que no me llame

porque no puedo ir,

no puedo ir,

no puedo.

 

Pero no la traicioné. En mi corazón

vive su imagen, que me pertenece, y nada diré que pueda

avergonzarla. Mi ausencia

es también un sortilegio

de su amor por mí. Vivo del deseo de volver a verla

en un mundo en paz. Mi pasión de hombre

aún me acompaña; mi soledad aún me acompaña;

mi locura aún me acompaña. Tal vez deba morir sin verla más,

sin sentir más

el sabor de sus lágrimas, o verla correr libre y desnuda

en las playas y los cielos y las calles de mi insomnio.

Díganle que ese es mi martirio;

que a veces me pesa sobre la cabeza la losa de la eternidad

y las poderosas fuerzas de la tragedia

se abaten sobre mí y me empujan hacia las tinieblas,

pero que debo resistir, que es necesario…

Que no obstante la amo con toda la fuerza de mi pasada

adolescencia,

con toda la violencia de las antiguas horas de contemplación

extática,

en un amor lleno de renuncia. Oh, pídanle

que perdone a su triste e inconstante amigo,

a quien le fue dado perderse de amor por su semejante,

a quien le fue dado perderse de amor por una casita,

por un antejardín, por una niñita de rojo;

a quien le fue dado perderse de amor por el derecho de todos

a tener una casita, un antejardín

y una niñita de rojo, y perdiéndose

le es dulce el perderse…

Por eso convénzanla, explíquenle que es terrible,

pídanle de rodillas que no me olvide, que me ame,

que me espere, porque soy suyo, apenas suyo; pero que ahora

es más fuerte que yo, no puedo ir,

no es posible,

me es totalmente imposible.

No puede ser, no.

Es imposible.

No puedo.

VINICIUS DE MORAES (Brasil 1913 – 1980)

Fotografía del autor: revistabula.com

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