JAURÍA Y ESPANTO

La lluvia cae

y su rumor

amortaja a los durmientes.

Lentamente las voces

de una ciudad amada y terrible

van siendo presas del sueño.

De una distancia inocente

acercada en el recuerdo

y negada en el pedernal del corazón

su figura resplandece en agonías

porque la muerte sigue a la escritura.

Errante, su cuerpo se aproxima,

su canto nimbado en medio de la noche.

Las calles hambrientas

danzan en sangre fresca,

una tonada entra en el oído.

Poco a poco su hilo delgado

envejece en la memoria.

La turba roba el espanto:

jauría dedicada al degüello

y la carnicería atroz.

Ábrele la puerta

para que imante el rostro

de una posible destinación:

acontecimiento-apropiador de la belleza.

Sin poder salir del vórtice de la carne,

sus manos crearán un nuevo signo.

Y en silencio podrá dar otro paso

en el lienzo las espiraladas legiones.

Extrayendo lo más íntimo de su cuerpo

el pulso será una locura irredenta

venida en caravanas de amorosos ecos.

Quizá la impiedad de una vida conquistada.

Pero no le hables para huir.

Deja sus potros alborozados, ariscos.

Permite a su desvarío comerse las montañas.

Cuece en su ansia la desvertebrada pureza:

los animales ebrios le darán la salud.

¿Qué es todo esto,

sino la ceguera

de un hombre atropellado

por su prodigio?

Canta, sigue cantando…

así arribará la paz que alborea

a pesar de los ahorcados.

VÍCTOR RAÚL JARAMILLO

Medellín, comuna 13, 1 de marzo de 2020 (5:36 a.m.)

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