Los Negros no hacen silencio y los muchachos hacen circo

Lafountaine y Niki

A Niki García  lo pilla su adolescencia a finales de los 80’s con respuestas expresivas a la represión de esa época. Desde los zancos, el cuenta-cuentos y la pantomima fue encontrando una escuela dispersa en el teatro comunitario y el anarquismo. A principios de los 90’s llegó del Caribe una mujer barbuda que le enseñó a hacer malabares con tres pelotas. Luego empezaría a ensayar transiciones del teatro callejero, al performance y al happening.

“Yo empecé a hacer circo porque vengo de una movida del teatro de calle de los años 80. (…) Una respuesta estética a todas unas condiciones represivas”.

Niki estaba estudiando antropología y haciendo bulla con una banda de Punk en Caracas cuando se le apareció la oportunidad, casi de mochilero, de viajar a Medellín a un congreso. Ese viaje a Medellín sería el principio de un viaje a Latinoamérica, porque desde ahí hizo la conexión para una beca de circo en Argentina.

 

Foto: Yrleana Gómez

El Punk y el anarquismo estaba ahí y reaparecería siempre de distintas formas, quizá ya en el 2019 no con la estética, pero sí con una mirada frente a lo establecido y una forma de hacerlo por uno mismo y sin permiso, como sucede con el movimiento okupa.

“El Punk tiene mucho que decirle a Caracas y el gobierno tiene mucho que decirle el Punk”.

Cuando volvió a Caracas en el 97 volvió a todas las luces, se dio cuenta que la ciudad se le ofrecía como un centro latinoamericano desde donde crear y desde donde era urgente decir muchas cosas. Volver a Caracas fue volver al Parque de los Caobos al encuentro con Enrique Lafountaine, otro tipo de anarquista, este de la tradición afrodescendiente corsa y francés que hay en el oriente de Venezuela.

Cuenta la leyenda que Lafountaine podía ser un tipo de pirata inmortal que renacía en el mar y que había estado en las Panteras Negras en una de sus vueltas por el mundo de cada siglo.

Para entonces el colectivo artístico de Enrique era el Taller andante los Negros no Hacen Silencio. Se volvió maestro de modulación o técnica vocal de Niki y lo conectó con otro maestro para el teatro: Elio Martínez.

“El trabajo en el campo es promesa de amor” -cantará eternamente con alegría Enrique-. “Déjame correr la angustia por la escala de un pregón” -dice el artista y pide, con melancolía, que no detengan el canto.

Enrique además de sus canciones dulces y tristonas, juguetonas y profundas, simples y contundentes, también escribía y dirigía teatro. Entre Comala y Macondo fue uno de sus libretos; pero esta vez el encargado del recorrido de la muerte en Rulfo al olvido en García Márquez sería Niki -con 24 años, estrenándose como director-.

Aún recuerda Niki como el método de enseñanza de Enrique era epistolar. Lo imaginamos elegante, parco y breve, como el mar al que tanto le canta, entregando a su alumno con solemnidad una carta, como meta-relato de la conversación de esa tarde bajo el frescor de los árboles. Niki muchas veces respondía la carta para mostrar que la enseñanza llegaba y generaba nuevas preguntas.

García nos cuenta que cuando iba a girar por primera vez a Europa, su maestro le recordaba que iba a visitar a la madrastra, a ninguna madre.

No faltaba ya nada para consolidar el aprendizaje de que el teatro y el circo en Venezuela es intensamente mestizo y que debemos de vernos a nosotros mismos.

Empezó a tener hermandad e intercambio con el teatro negro de Barlovento (Venezuela) y a encontrar un eje o parroquia en el barrio San Agustín de Caracas -donde es muy fuerte la reivindicación de la cultura y tradición afrovenezolana-. En el 2019 estaba organizando una conexión con el teatro y artes circenses en el Chocó (Colombia) y Barlovento (Venezuela), gracias también a sus contactos con teatros en  Cali.

La magia

La obra de Niki García puede tener un comienzo de libretista en una incursión en la comedia con unos clown que se enfrentaban a la ira de unos dioses de una cosmogonía ancestral de Venezuela.

Luego llegaría Fingiendo Demencia  en el 2012 -que es una crítica a las Reinas y a sus reinados de belleza-, el montaje de la famosa ópera llamada Carmen -esta vez con circo y otra corporalidad que sólo es de acá- y Éxodo… Voces al Compañero –que es su favorita-.

En Éxodo utiliza una narrativa de un país sin campesinos o la miseria del campo. En esa obra están los desesperados y está la demencia, Brusca Martínez vaga por el campo anunciando que ya venía Ezequiel Zamora, pero Ezequiel ya había muerto.

“A mí me llamó mucho la atención porque se parecía a una señora en el centro que cuando se murió Chavez había quedado un poco trastocada también (…). Duró como cuatro meses choqueada por la muerte de Chavez, caminando por la plaza de Bolívar, hablando vainas locas de que Chavez ya venía y que tal”.

A diferencia del teatro, el circo no es una pintura, sino más bien una escultura, las obras de Niki aparecen en el vacío de la noche donde los personajes -todos con un cuerpo que desborda al alma- reemplazan la topografía y los relieves, los astros y a los paisajes. Toda la naturaleza pasa por los cuerpos, acompañada de música y logrando torres y figuras que también son constelaciones.

“Nos movemos como nos movemos aquí”.

La obra de Niki se tiene que ver con dos miradas: por un lado las figuras hechas con varios cuerpos y por otro, el gesto de cada cuerpo en los largos segundos de suspenso -cuando nos recuerdan que adicionalmente se mueven-.

“Un concepto estético, claramente discursivo, desde un lenguaje que se trata en la acrobacia y la pericia” -es como define Niki su trabajo-.

Es algo bastante extraño poner un discurso en lo acrobático; contar una historia con un lenguaje que hasta ese momento había sido demostrativo. Desde luego no está solo y no carece de tradición, nos dice que la acrobacia ya era algo político en la edad media, desde que la iglesia quería prohibir que los artistas se pusieran de cabeza; tal vez para que no descubrieran el mundo al revés. Algo así como desnudarse para ver al otro desnudo.

Y en lo acrobático, inicialmente desenfadado, siempre hay una tragedia ironizada en la ansiedad del espectador porque el artista se caiga. El espectador en su lugar  de seguridad y en su destino de imposibilidad -con excepción de niños y niñas, que es otro cuento-.

Más a fondo hay unos conceptos o unos prismas que le recuerdan aquellas lecturas iniciales de Mijail Bakunin y Pedro Kropotkin. Su mezcla viajera y en una ciudad de migrantes, lo haría escarbar en la tradición o historia de Aquiles Nazao y Cesar Rengifo, las imágenes de Cristóbal Rojas, la música de Charly García y Hector Lavoe y la reinterpretación mágica de tanta tragedia y tanta vitalidad en la obra de García Márquez.

“Es vital para el ser humano estar conectado con lo mágico, es un mundo que circunda con nosotros, que está conectado con nosotros. Nosotros vemos algo, lo pensamos, lo interpretamos y cuando lo decimos ya estamos reinterpretando. El arte es la síntesis de ese mundo que nos circunda. No podríamos vivir sin el arte, sería imposible creo yo, todos en algún momento creamos algo, partimos de algo que se nos ocurre y desde donde estamos”.

Anotación:

Este texto es escrito en el marco de un proyecto llamado Latinoamérica Imaginada por Artistas con el cual se está realizando un libro virtual sobre la percepción de las realidades latinoamericanas desde la visión de artistas de Río de Janeiro, El Salvador, Caracas, Medellín y Cúcuta.

 

Fuentes

 

 

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