MEMORIA DE PAPEL

Para Hernán Botero

La lectura es una forma de la felicidad.

Jorge Luis Borges

Nunca olvidaba una frase célebre, un verso en que hubiese encontrado la tranquilidad, el momento en que una imagen o un concepto le hubiesen abierto la puerta para entrar en las habitaciones de la dicha. Su afición por la lectura era devastadora y daba con el lugar exacto donde antes había metido el ojo.

El segundo piso, donde vivía, estaba a punto de derrumbarse por el peso de sus libros. Nadie le discutía cuando se refería a las estampidas de la poesía y sus arcanos, a las encrucijadas de la lírica griega que ponía a tambalear cualquier certeza. Al destejer la inescrutable madeja con que los gatos del sueño suelen jugar en medio de la noche, nadie abría la boca. Menos aún cuando hablaba emocionado de Esquilo, Sófocles y Eurípides, o traía a la presencia sus desvelos junto a las palabras de Sherezada, o al momento de hablar de Shakespeare y su hondura, o del Quijote que le hacía reír y le propiciaba las más sorprendentes reflexiones. Cualquiera que estuviese presente ante sus maravillados vuelos, quedaba hipnotizado cuando disertaba sobre los vastos enigmas de los antiguos dioses o sobre los misterios que aún la ciencia no podía traducir.

Solía decirse que tenía una memoria libresca. Era una confirmación del tiempo que dedicaba al estudio, de ningún modo un insulto. Pero, además, se comentaba que su visión estaba más allá de toda evidencia, que su capacidad para descubrir cualquier anomalía en los trazos del tiempo no tenía igual, que habitaba una esfera desconocida por un sinnúmero de hombres.

De la vida diaria, sin embargo, parecía no tener noticia la mayoría de las veces. Había ocasiones, por ejemplo, en que no saludaba porque no reconocía a quien se levantaba el sombrero a su paso. Algo muy “típico” era olvidar el nombre de la misma muchacha que le llevaba los panecillos para su desayuno cada mañana, aunque los esperara con un apetito agradecido. Las calles le eran una suerte de juego malintencionado, una broma donde abundaban los espejos: todas las calles eran la misma calle y su laberinto la única condición que nos deparaba la existencia. No recordaba ninguna fecha especial, a no ser las incontables efemérides literarias.

Poco a poco fue olvidando todo lo que estuviese por fuera de sus lecturas. Ya ni siquiera recordaba su propio nombre. De hecho, no sabía si era aquel que pasaba una a una las páginas de cierto libro imaginario o algún personaje de las narraciones que leía sin descanso. O no era ni lo uno ni lo otro. Ni siquiera estaba seguro de existir. Sus más allegados insistían en devolverlo a la realidad cada vez que se perdía por el túnel de la tinta. Pero para las simplezas de la cotidianidad se iba convirtiendo cada vez más en un libro con las páginas en blanco.

En su ciudad suelen decir que burló a la muerte y anda escondido por ahí —en una escritura secreta—, esperando el momento de ser leído como los protagonistas de las páginas que aprendió de memoria y le dieron la posibilidad de hacerse a una fábula como estas.

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