MI ENCUENTRO CON EL ÁNGEL

Puedo morir de amor terrenal,

morir de abnegación.

Arthur Rimbaud

 

 

No hago parte del cielo,

tampoco del centro de la tierra.

 

Mis abismos son leves astros

cargados de una violenta fragilidad.

 

No podré ser otro hombre hambriento, maldito.

 

Ni estaré definitivamente en la gracia.

 

He dormido con el Ángel de la Reconciliación:

me ha mostrado el camino,

esa luz sombría que reconocen los perros.

 

El agrio zumo que se oxida en la garganta.

 

Me ha puesto al frente

la memoria de cada uno de mis pasos:

las palabras de antes;

los pálpitos de esa noche en que habitamos,

muy juntos, las delicias del amor;

los futuros ecos

en que se hundirá este deseo

que ya no podrá morir.

 

El tiempo que me ha ofrecido

será siempre mi eternidad,

y su vibrante fuerza estará conmigo.

 

Siempre lo supe:

mi tarea —cruce de tempestades—,

está en la superficie,

en la piel de la vida:

en cada músculo, en cada ojo lloroso.

 

En la agonía y su esperanza.

 

Es un vuelo aplomado,

un fuego nocturno

devastadoramente auroral.

 

Un mundo por nacer.

 

Es hermanar la batalla milenaria:

la contienda que sólo en mí se hará historia,

que sin alturas ni desdenes

se realizará en mi delirio escrito en la roca.

 

Gesta de mí mismo,

universo de cal y almizcle,

grito calcinado en la devoción,

este disparo continuo soy yo y nadie más.

 

Pero cada uno de sus advertidos estrépitos

dará en el blanco de generaciones por venir.

 

Este ángel

—con su susurrado canto,

con su mirada de estrellas inquietantes—,

ha puesto sus manos en mi corazón.

 

Este corazón hecho trizas

que desobedece

y quiere estar a su lado —de nuevo—

sabe que ahora la muerte no tiene ningún señorío.

 

Que si algún espíritu existe,

llegará a nuestra casa sin ningún tipo de sacrificio,

sin esperar alguna retribución.

 

Y si en él hubo un temblor frío,

ahora lo inundará un aliento

que será la felicidad que todo hombre busca para sí.

 

Este ángel es un ángel verdadero,

y su intimidad está fuera de los abrazos mortales.

 

Y a pesar de haber quedado solo,

destrozado en medio del sueño

en que el aviso hirió mi abandono con sus labios,

la tarea deberá cumplirse.

 

Este ángel de viento huracanado

me ha incendiado con su sonrisa;

sus señales son lo que he esperado

y tras lo que he ido cuando veo una mujer.

 

Pero ¿qué clase de ángel es este

que quebró la sombra y luego la hizo crecer?

 

¿Qué siniestro ángel

es este Ángel de la Reconciliación?

 

Ah, este ángel, esta mujer:

esta caricia donde naufragan ahora mis horas.

 

¡Es necesario que vuelva!

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