PARA INQUIETARTE, MUJER

Un pájaro de fuego

se agita a tu lado.

Soy yo que te nombro.

Pierre Charlot

Lo envolvente no está arriba

ni ciertamente abajo.

Es el horizonte,

el estar sigiloso del tigre

y su mirada aguda siempre al acecho.

Ese abismo que me dio la escritura

también soy yo,

esa cabra donde he encontrado los signos

de tu bramido celeste.

Abismo y cabra:

herida antes de cualquier herida.

Borrasca hirviente,

bosque habitado cada tarde

en compañía de tu eco,

de tu piel

que es el más alto lecho de estrellas,

escudo de los bulliciosos

que buscan borrar tus huellas

con su gangrena acobardada.

Te pregunto

canto de todos los tiempos,

a ti que desconoces este magma

que te nombra

desde que la matanza

fue nuestro hogar,

desde que ese inquieto quejido

de flauta antigua

rondó sobre las ratas

de un mal sueño.

Tú, dime:

¿qué fantasma nombra tu apetito todavía?

¿Cuál ojo inclemente

desnudó tu fuerza y te quitó la luz?

¿Por qué tu isla fue bombardeada

por la tristeza en aquella noche turbia

en que los árboles gemían?

Vuélveme a decir:

¿es ese llanto tuyo

la lluvia que cae

en las calles de mi memoria

cada vez que pienso en ti?

¿Dónde el agua de tu sed?

No olvides que has sido arrojada

y también acogida,

y ni lo uno ni lo otro dicen lo que vales.

Que eres la brújula para este navío cansado

que se agrieta y sucumbe con cada ola.

Escucha:

no te detengas ahora,

agita tu carne

y haz que vuelva la música ancestral

que servía de conjuro

en el ritual

de las primeras enseñanzas

ofrecidas por la tierra,

haz que palpiten de nuevo los corazones

que ahora son sólo costra negra

y sangre seca.

Recuerda el día en que al escucharte

agitamos lo que nos quedaba de vivo amor.

No declines tu aspiración:

la victoria está próxima, nos hace señas.

Dirige tu canto

hacia esta cueva

congestionada de menesterosos.

Huesos y piedras tiemblan al saberte cerca.

Ven, devoción mía,

acércate sin temor, no tardes:

este crujido de aves muertas

espera tu voz de mareas cósmicas.

Necesitamos de tu dulzura,

de tu madurez,

de tu cuidado.

De tus manos suaves y amables.

No te olvides de aquel vuelo sereno

que nos llevó lejos

hace ya tanto tiempo.

Desgasta los delirios de mis palabras,

hazlos tuyos y surge de aquella sombra

a la que fuiste enviada por las espadas del sol

que incendió nuestras casas.

Tropieza con nuestra agonía

y haznos el favor de convertirla en andanza.

Nadie podrá seguir

si tú no nos guías,

si no reclamas de nuevo el camino.

La ruta serán los pasos que des

de ahora en adelante.

No pierdas tu ánimo

en el brillo de alhajas innecesarias

ni sucumbas

ante las tentaciones del dominio.

Riega tu leche sagrada

sobre los campos infértiles

para que las semillas

vuelvan a brotar.

No te detengas ahora.

Regresa con tu ánimo nutriente

y haz que nazca la humanidad

que todos reclaman.

Y, por favor,

cuida de no morir antes de tu muerte.

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