Si yo fuera psicólogo…

Buenas, bien pueda siga y acomódese en ese diván. Perfecto. Relájese y cierre los ojos. Disfrute el tacto del espaldar como si fuera una caricia placentera que nada ni nadie la daba desde hace mucho tiempo. Afloje los músculos, descanse los brazos a ambos lados. No, no, espere; antes de que empiece a contarme cualquier cosa, sienta como una luz que emana del cielo, ingresa a su cuerpo y entra por su cabeza. Agudice sus sensaciones y sentidos, sea consciente de lo que está experimentando y obnubile esa emotiva placidez de su existencia en cómo se siente justo en este instante.

¿Se siente rico, cierto?

Ahora abra lentamente los ojos. Recuerde una frase de la canción de Louis Armstrong: what a wonderful world (qué mundo tan maravilloso) Vea por esa ventana las montañas lejanas, el cielo azul moteado de nubes como suave algodón… Eso es… relájese. Deme su mano. Descuide. No importa lo que le entregue en la mano, aférrese a él y llévelo lentamente a un lado de su cabeza. Y ahora, con la misma tranquilidad, apriete el gatillo.

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