TRES MENSAJES PARA NINGUNA BOTELLA

 

 

Fidelidad

Asterión, el minotauro de Borges, esperaba a su redentor, inclinó la cabeza de toro al fiel Teseo. Ariadna quedó sorprendida al verlo de nuevo en la puerta, a pesar de haber recogido el ovillo. Era un hombre puro. Ella había comprendido: sus deslices eran propios de su naturaleza, pero ella era la mujer amada. La siempre esperada. Y ahora desvanecida ante el cuerpo inerte de Asterión.

 

   

El ladrón

Se subió al bus. Se sentó. Un hombre, pasados diez minutos, se sentó a su lado. Ella sospechó y abrazó el bolso y se echó un sueñito. El trayecto era largo. Circular Coonatra. Cuando despertó casi a punto de bajarse, unas cuantas cuadras, revisó la cartera; su billetera no estaba. Sintió un frío por todo el cuerpo. Aun así, sacó un cortaúñas y amenazó a su compañero de viaje: la billetera… dame la billetera hijueputa. Él, sorprendido, la metió en la cartera. La mujer se paró, timbró, se apeó y caminó presurosa a su casa. Entró veloz. Echó llave, y, cerrando los ojos, se tumbó en el sofá de la sala. Todavía le temblaban las piernas, pero se admiraba de su valentía. Abrió el bolso para darse un poco de orgullo. La billetera no era la suya; la había olvidado en el tocador. En un carné decía: Luis Martín Quiñones, profesor.

 

 

Atrapé al duende

Marcó el número. Él ya sabía que era ella. ¡Mamá, atrapé al duende, atrapé al duende! Se desconcertó, pero nada diferente podría esperarse de un hijo tonto. Eso fue rayadas las diez de la mañana. Continuó con el trabajo. Secretaria. Pero algo le preocupaba en el tono festivo y de conquista de su muchacho; así que volvió a llamar a eso de las cuatro de la tarde: ¿qué ha pasado?Nada mamá, sólo que atrapé al duende… lo tengo en el escaparate. (Esto no me gusta) pensó. Lanzó un con permiso, mi hijo se encuentra mal, y se fue a casa. Abrió la puerta y el chico, de altura insospechada, le dijo: mamá, por aquí, en el escaparate tengo al duende. Fue cuando nerviosa -quizá era un ladrón-, fue a buscar ayuda. Todos los vecinos se congraciaron y acudieron con bates, escobas y hasta machetes. Ella abrió el escaparate. Todos amenazaban la sombra. Salió espantado un hombrecito de no más de un metro con un uniforme de UNE que había llegado a las ocho de la mañana, gritando: ¡los voy a demandar, malparidos… los voy a demandar! El chico tonto reía. Los vecinos, atónitos, susurraban. Ella cayó en desmayo.

 

Tomados del libro: CON LA PIEL EN EL EMPEÑO (2015)

Imagen del Codex Seraphinianus

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