ÚLTIMAS PALABRAS

 

Una mujer caminaba —como todos los días— acompañada de ese sueño que le daría la serenidad. A su alrededor la podredumbre crecía con su estrepitoso don de crear el desconcierto. Tenía en sus bolsillos un puñal, un libro y un espejo. Las monedas le faltaban. Caminaba como si la ausencia le perteneciera sólo a ella: la ignorada e indocumentada mujer que todo lo sabía. El día era caluroso. Los perros jugaban sobre los cadáveres. El bullicio aumentaba.

 

En las escuelas los maestros preferían decir cosas sin sentido antes que responder las verdaderas inquietudes de sus estudiantes: ¿qué es el amor y por qué las personas no lo practican? ¿Dónde está la felicidad que nos vende la televisión? ¿Es verdad que acabó la guerra? ¿Cuándo llegará la paz a nuestras casas? ¿Por qué para vivir debemos matar? ¿Es cierto que la poesía no sirve para nada?

 

La mujer cruzó la avenida. Sin prisa. Sin prestar atención a la desazón del mundo. Como todos los muertos olvidados, también había dejado en otra escritura su sombra. Al fondo un policía negociaba su arma con algún bandido. En otras direcciones estaban los traficantes que le quitan su lucidez a la juventud. En la esquina, con sus motocicletas “envenenadas”, estaban tres muchachos pendientes de las apetecidas niñas con quienes saldrían a bailar. Esas aceleradas niñas que darían a luz en pocos días —en medio de una ciudad empobrecida y con olor a sangre húmeda— nuevos hijos para la matanza.

 

La mujer sentía que su juego ya no era la maravilla de antes y estaba cansada. Brutalmente cansada. Era como si aborreciera su milenario oficio. Encontró una botella en la acera. La pateó. Fue a dar al lado de un par de mendigos. Uno de ellos la cogió, la guardó, y esperó a que el carro de la funeraria pasara por allí. El otro mendigo —en un realce de lucidez— susurró estas palabras: “llegará el momento en que todos y cada uno lo hagan. En público o a escondidas, pero lo harán. Tú sabes que lo harán”. Y escupió.

 

Fotografía de Víctor Raúl Jaramillo: NoCopio

 

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