Un Crimen de Musa y Cigarros

Parte dos: Ficción o Ley

“Frígido e inconsciente lamento de las piedras perdidas. Mi voz cada vez mas tenue, en mis entrañas gritos y destierros, todo avanza lento, nadie abraza lento. Salí huyendo de mis anhelos cercanos, he estado ligada a una moral con muchos precedentes, todos los sentires se atrapan en los rincones más olvidados del pellejo, no lo presumo, siento apenas poder ser clara contigo. El frio dos de octubre te conocí, eras perdición y humo, mi copa se acercaba a la tuya, quería chocarlas, mirabas al cielo, yo entraba de espaldas, prendías el fuego, porque te conocí. Mi valor, amado mío, está en contar lo mucho que adoré acostarte, liberar el Chardonnay, los trajes y tocar contigo una canción bien apretá; “Apareciste entre mis sombras, cual estrella en firmamento y me has hecho sentir dentro, que se cierran las heridas, que causaron mis intentos, por creer en otras vidas”. Añejé lo nuestro sin pensar en ella, sabiendo que tendríamos que vivir como enemigos, alejados de gemidos y aplausos, mi corazón enterrado vivo y sin velones. Partiendo con rumbo hacía las ebrias almas, finalmente me perdí en una esquina del sur de la ciudad, cercana a las lagrimas de las nubes, a donde me duele no encontrarte”.

Mi cabeza aún se extraña, sigue escribiendo una carta jamás entregada, jamás vivida, jamás dedicada. No sé si a los treinta se vuelve insensible el mundo con una, añoré el amor en las raíces de otro arbusto, pero nunca aprendí a soltar los miedos, mucho menos a pasar por encima de ellos. Sin embargo, había algo que hacía que me quedara allí, en la incertidumbre de su aliento, sus miradas indecisas, adentro quizá, dormía una pasión desenfrenada por mí. Han pasado unos meses y no te he vuelto a ver, mantienes encerrado, no quieres mirarme. Aprieto mi mano recordándote, odio que nadie nos imagine juntos, todas las noches y el vino que compré para ellas se están dilucidando. Sin demeritar mi admirable habilidad de enamorarme en momentos donde lo más seguro es que saldré lastimada –entendiendo también que muchas veces el amor son momentos– creo que es hora de callar algunas sensaciones.

Hace varios días que no veo a Vicky, discutíamos sobre su adicción, sobre su ansiedad. Venía pensando que tan sensible nos ponemos frente a los vicios, el afán de inferir en sus conflictos, siempre tan necesarios. Ella, pese a tenerme cerca, ocultaba muchas afecciones que no reconocí, nunca nos sentimos en total confianza, ni cuando bebíamos, ni cuando llorábamos. Siento necesario encontrar un vicio placentero, el mío es el whisky, un afín cariñoso con la soledad, la querida, la esperada, no la obligada; beber acompañada, no por lamentos, desterrando la piel, otros cimientos lejanos a los míos, algunos ratos de humo y de perpetuidad. Cuando salíamos pedía cerveza, sólo eso, le decíamos cabeza de pollo, se emborrachaba con tres. Era extraño que terminara ebria tan pronto, antes de irnos de fiesta se comía un platón entero de papas a la francesa, con salsa rosada, las desbordaba. Adorábamos irnos a escuchar salsa, ninguna de las dos sabía bailar bien, disfrutábamos viendo bailar a la vieja guardia, tremendos trompos decíamos. A nosotras nos gustaba la romántica, había un chico que generalmente nos lo encontrábamos en el bar, nos invitaba a bailar y siempre le decíamos que sí, era bueno bailar con él, no nos gustaba, sólo lo gozábamos, sin embargo, el jugaba a con cuál de las dos podía conquistar, juego que él siempre perdía.

Llevo unos meses sin ir a su casa, me preocupa en que condiciones esté, a veces era desprendida y se relajaba cuando debía organizar su casa. Varios días fui a ayudarle a limpiar un poco, ella no me lo pedía, me preocupaba su espacio personal y lo exageradamente tranquila que es para este tipo de cosas. Se llevó a vivir a su casa a un chico de Manrique, una de nuestras discusiones se basó en que vivía con un tipo que apenas conocía, me preocupaba no tener mucha información sobre él. Estaba escondido con ella, ocultaban un amor o algo aún más perturbador.

Hoy cuando me levanté pensaba en llevarle un par de chaquetas que tenía de sobra, una tía me las había enviado de gringolandia y la verdad no me gustaron. La veo cada vez más lejos, más desprendida, pero siento que aúlla, la carcome sus pasados, esos maliciosos, depredadores e insensibles pasados. Tres años atrás estaba con Esteban, un chico que conoció en la universidad, un drogadicto estudioso, en charla le decíamos así, su adicción al “Perico” –Cocaína– no le perjudicaba su desempeño educativo. Era un chico play, de vida tranquila, sus padres tenían mucha plata y siempre decía que iba a llevar a Vicky a Nueva York. Eso fue lo que más la afectó, muy pronto se estaban imaginando una vida juntos, muchas promesas al aire, casi ninguna sobrevivió. Hay muchas versiones sobre lo que pudo haber pasado luego de que terminaran su relación, la más argumentada es la que dice que él estaba enamorado de otro man, y que estaba con ella por presión de su familia, actuando para esconder su homosexualidad. Vicky me contaba que a pesar de que en los momentos álgidos se manoseaban, nunca hubo penetración en los tres meses que estuvieron juntos.

Rubén, ese es su nombre. Con el que vive ahora. Lo poco que sé de él es que estudiaba producción audiovisual, había dejado su casa por problemas con un tío suyo, no era un drogadicto, al menos eso me decía ella, pero al parecer, una persona machista y con algunas cosas obsesionado, con su pareja, por ejemplo. No la dejaba salir, se tuvo que alejar de todas sus amigas y amigos, incluso de mí, que soy la persona más cercana y a quien más le importa lo que suceda con ella; mis tías y su mamá viven en Canadá. Vivían juntos en el centro, en un apartamento cerca a las Torres de Bombona, digo vivían porque no voy hace meses. Todo lo que puedo decir sobre él, sale a partir de prejuicios creados por ella, no lo conozco, no podría odiarlo, me emputa que ella tome decisiones a la ligera.

– Aló

– Hablo con la señorita Mariana.

– Sí, cuénteme…

– La llamamos para contarle que acabamos de encontrar el cuerpo de la señorita Vicky Sandoval sin vida en su casa. Es familiar suya, cierto?

– …

No entiendo este sentimiento, me duele, pero ya lo esperaba. No me salen las lagrimas, al menos no ahora, odiaba su estilo de vida, me angustiaba su desapego, la última vez que hablamos estaba enojada, me pidió que no le diera mas consejos. Discutimos porque me contó que Rubén intento golpearla porque ella salió a un bar con un amigo del colegio, estaba preocupada, quería hacer algo, me sentía impotente pues me pidió que no interviniera, ni siquiera entiendo para que me contó entonces. Quería que se viniera para mi casa, imaginaba que estaba mal. Fue así.

Ahora tengo que avisarle a mi familia, a sus padres. Con mi tía es fácil comunicarme, pero con su padre, un proxeneta del centro, no me gustaría hacerlo, la verdad le tengo un poco de asco, lo repugno, siento que puede ser un violador, mira con ansiedad a adolescentes, y lanza comentarios obscenos, infelizmente, debo avisarle. Mi tía Angela –madre de Vicky– trabaja en Canadá, confecciona chaquetas, sueters y hace arreglos de modistería, llegó allí porque aquí en Medellín se le hacía difícil conseguir trabajo. Una conocida suya del barrio le ofreció irse a trabajar con ella por un tiempo, como empleada doméstica, sin dudarlo aceptó. 4 meses después se acabó la empresa donde estaban, aprovechando su oficio, el de tejer, comenzaron haciendo sueters para el invierno, así su empresa fue creciendo y ahora tienen un local en el centro de Toronto.

– Tía, ¿Cómo está?

– Mija, estaba pensando en vos ¿Cómo vas?

– Bien, tía.

– Usted si le entregó mi recado a Vicky…

– Tía, de eso tenemos que hablar

– ¿Qué pasó?

Ahora empiezo a llorar, sigo sin entenderme.

– Encontraron a Vicky muerta en su apartamento.

Alejo el teléfono de mí, me agarro a llorar, siento un dolor inimaginable, me desprendo de mi cama, estoy en el suelo mirando al techo, luego cierro los ojos por un momento, en este instante, nos recuerdo cuando aprendíamos a montar bicicleta, sólo había una para que intentáramos las dos, nos peleamos. Nos perdíamos.

Yorkeen

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