UN MANTRA PARA HAN-YUI

Para Liliana Chaves

La mañana abrió sus brazos con un sol tímido que se movía sin prisa por entre las crestas de las montañas. Los aprendices del templo sonrieron ante la dádiva, pese al crudo invierno.

Han-Yui, una vez despierta, buscó de inmediato a su maestro. Lo encontró en el jardín. Tras una reverencia, le contó su sueño: “iba yo por la ribera del río, oh, venerado. Estaba desnuda y la nieve caía inclemente. Pero no sentía frío. De pronto, un venado se cruzó en mi camino y me dictó un mantra que no debía revelar a nadie y, sonriendo, se esfumó. Quizás era el anuncio de mi entrada al Nirvana. Mas no estoy segura de la palabra ni puedo repetirla. ¿Cómo lograr que sirva para mi vida si no comprendo su sentido?”.

El maestro, siempre en silencio, comenzó a transfigurarse en un hermoso venado de cuernos afelpados. Y tras una serie de gestos, que más parecían una danza ritual, repitió la palabra sagrada sin abrir el hocico y se perdió entre el follaje.

La joven aprendiz, tras un estallido —un gran latigazo de luz— entró en la fuente inmaculada de la sabiduría. Ahora debía decidir entre la iluminación solitaria que rompería el samsara, o la ayuda a todos los seres que, por sí mismos, no podrían alcanzar la salida. Tal era el dictado de lo sucedido.

Dicha revelación, tanto en el sueño, como en ese extraño acercamiento, alertó a Han-Yui. Y despertó. ¡Era un sueño dentro del sueño!

Al encontrarse con el maestro, éste sonrió y siguió peinando la roca caliza del jardín. Había que tomar una medida sin dilaciones. Entonces Han-Yui subió al tejado principal del templo, y desde donde todos los aprendices la podían escuchar, repitió el mantra que brotaba como una gema preciosa de su garganta: “¡anegena, anegena, anegena!”.

Se cuenta que aquel paraje se convirtió en un lugar de peregrinación. Y algunos afirman sin titubear haber visto un hermoso venado de luz cada vez que entra el invierno.

VÍCTOR RAÚL JARAMILLO

Tomado del libro: MONEDAS DE ORIENTE

(Publicado por Amazon – 2020)

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