Vigilar el poder, mapear el placer y habitar la ciudad

Piedad para este amor tan puro, para este infierno tan elegante y fraternal.
Te amo con todas mis esencias, amo cada elemento barroco de tu cuerpo,
amo tu excelencia, tu lado oscuro, tu esquinal, las llamas en tu boca.

Piedad para los que no estamos tan lejos de esta soledad absurda,
de este pedestal tan frío, de la forma tan imperfecta de este cielo.
No me acostumbro a dejar de mirarte; cada vals te recuerda,
cada una de tus espinas se posan en mi pierna, la muerte lenta expulsa gemidos,
y el acto reciproco; maldad y autenticidad.

Una hora y treinta minutos de viaje,
cincuenta y cinco besos vistos por atardeceres perfectos, tus manos en mi pecho,
las mías en tu espalda, no sé si habrá momento más espiritual que este.
Nuestros suspiros cada vez más fuertes, los vellos arriban,
frecuentes roses en tu cuello y el agravante de que no estamos solos.

Ahora hablaré de la noche, nuestra noche. Las palabras viajaron,
sólo bastaba con el contacto, el cielo y sus estrellas. No sabía que decir,
en ese instante sólo quería arrollarla y besarla hasta perder el control.
Cada rose de sus manos invocaba a los dioses, tenía la magia,
el ultimátum, un momento fenomenal.

Ningún beso llega a lo profundo del corazón, excepto en este amor.
Gracias por tanto, mis bohemias siempre recordaran tu cabello
y tus ojos como crepúsculos. Eres la esencia qué me hacía falta;
la que se entraña en el alma.

Yorkeen