Vigilar el poder, mapear el placer y habitar la ciudad

Kriscia Landos canta y compone en Aeon Veil, pero de qué forma, los que conozcan el deathcore entenderán rápido diciéndoles que esa banda de El Salvador es de ese subgénero, a los demás habrá que empezarles a decir que el tono grave y gutural se logra desde el diafragma.

Kriscia ríe y explica que si no hubiera aprendido la técnica ya estaría hablando siempre ronca o grave, nos da una entrevista con una voz bastante melodiosa que no está en ninguna de sus canciones. Le gusta una música “brutal” para la que necesita ese otro personaje o personajes hechos con técnica.

Puede sonar al vocalista gigante de Canibal Corpse -que es un grupo que le gusta mucho-, pero ella reconoce a Angela Gossow como una de las mujeres que ha abierto trocha en lo que ella hace y, aunque muy velada entre las voces y la estructura de los versos casi marciales, se puede encontrar una tradición poética del salvadoreño Alberto Maferrer.

Cuando escuchamos las canciones de Aeon Veil nos encontramos una energía desbordada, mucho ritmo y una contundencia que está llena de giros y de detalles -no sólo por los instrumentos, sino porque Kriscia como vocalista pareciera cambiar de personajes: nuestros oídos están educados para adivinar a un ogro barón unas veces y luego a un duende estridente, todo eso sin perder el camino acelerado-. Entre unos dotes de ventriloquía, para el que conozca el código todo conduce a una narración total, y para cualquiera se contagia una liberación -mucho más claro si la vemos a ella en escena-.

“Llegar a un ensayo o a un concierto es bien rico, suelta todo”.

Landos nos dice que cada ensayo, cada concierto, cada toque es una gran liberación. Ella tiene una técnica para volverse gigante y magnífica en el escenario, pero además está sintiendo mucho y tiene la suficiente preparación para que no sea arriesgado dejarse llevar. Ella produce una buena parte de esa energía de su banda, pero además se nota que la energía se devuelve para correr a través de ella -como llevándola a otro plano en el que puede ser distinta porque todo el mundo es a la vez distinto-.

Es impresionante que Kriscia haya aprendido eso del ballet, tomó ballet desde los ocho hasta los dieciséis años y alcanzó a combinar sus primeras participaciones en bandas de Metal con esa disciplina tan ardua. Siendo el ballet algo que tiene unas formas y costumbres tan rígidas, nos imaginamos esos cambios bruscos en su cotidianidad del tutú rosáceo a una chaqueta negra. El ballet la llevó a la danza contemporánea y desde ahí pudo llevar esa educación corporal a su puesta en escena -que acompaña muy bien todo el poder de su voz-.

Precisamente lo que ha aprendido esta artista es a ser muchas cosas y reivindicar que una mujer puede estar en la escena u oficio que se proponga. Como cualquiera se acercó al Metal escuchando y así empezó a acompañar bandas de jóvenes y adolescentes, hasta que un día que se demoraba el vocalista quiso probar cantando. Pronto terminó siendo la segunda voz de una banda que tuvo sus ensayos rituales, pero nunca se presentó.

Luego vino Bitter Disection -una banda completamente de su estilo- con sus presentaciones en público y ya para el 2019 lo que estaba consolidado en su carrera musical era Aeon Veil, una banda que se refundo y se volvió a nombrar para que ella pusiera su impronta y fuera ese primer germen de las composiciones.

El nombre de la banda que significa velo eterno se explica en la idea de que cada canción lleve al infinito o a un espacio inconmensurable donde se pueda sentir el celeste, el rojo, el cian y el magenta.

“Quiero que la imagen, todo, todo, todo, es el ver el infinito, el universo. (…) El velo porque realmente a veces somos mente ciega, mente cerrada, que no apreciamos que puede haber un campo infinito”.

Recuerda un concierto en denuncia de un daño ambiental, el momento donde empezó un fuerte aguacero y la gente aguantó. El calor de los cuerpos que parecía que la lluvia se convirtiera en vapor sin ni siquiera tocarlos.

La gente se sorprende cuando descubre que ella es la que canta, cuando esa persona en un bar ve la figura dueña de esa voz, suelta el vaso. Pero no todo es asombro y admiración, desafortunadamente en El Salvador de pleno siglo XXI todavía necesita a los compañeros y amigos de su banda y de bandas de la escena para que mantengan a raya al borracho que se sobrepasa en unas selfies o el que simplemente se vuelve un atarbán con una mujer en una tarima.

Lidiar con eso que no es natural para ella, lleva consigo una apuesta más profunda sobre el lugar de la mujer y para eso tiene una raíz profunda en su casa, donde recuerda que ante las carencias económicas no le impusieron unos colores y unas formas: se vistió con las ropas que heredaba de su hermano mayor. Más decisivo aún fue que su mamá fue fisiculturista y enfrentó mucho antes que ella las mismas invitaciones invasivas con esa crítica dominante: “tienes que ser más femenina” o “eso no es para mujeres”. Hoy su mamá asiste a sus conciertos y promociona con orgullo sus presentaciones o canciones.

La violencia frente a la mujer en la noche, la fiesta y a veces de la propia masculinidad de los metaleros y rockeros, está en el contexto de un país muy violento que tiene militarizada la vida social y que parece -como muchos otros en Latinoamérica- nadando en armas de fuego. Parece que ni siquiera el arte termina siendo suficiente como blindaje social y es alcanzado por la intolerancia con la que se elimina a cualquiera.

En el 2019 César Canales, vocalista de la banda de trash metal Apes of God fue asesinado en plena presentación musical. Tras ser testigo, una vocalista de una banda amiga decidió adelantar su viaje para irse a vivir a EE. UU y suspender la grabación de su disco y el guitarrista de la propia banda de Landos -que vivía con César- vendió sus instrumentos y equipos, renunciando no sólo a la banda sino a la música misma. Cada cual lleva su duelo como puede y el absurdo del homicidio no sólo se lleva a un universo artístico, sino que empieza a erosionar varias bandas, después de derrumbar -sin remedio- la que el artista integraba.

Kriscia resiste y llena un vacío allí reemplazando una vocalista y aquí consiguiendo un nuevo guitarrista, de hecho, tiene una idea más que optimista -amorosa- sobre El Salvador. Ella piensa que lo que necesita El Salvador es planificación para disminuir el número de hijos e hijas, educación, arte y cultura; ni se detiene en los absurdos de la fuerza o la cárcel.

“Hay cosas que hay que solucionar, pero me encanta ser de acá, y decir que mi música es hecha acá”.

Como suele pasar con el Metal, la lucha es adentro y muy profunda: su filosofía propuesta es romper la cultura de la subsistencia que reducen a las personas a máquinas o animales de carga -que en su contracara tiene las formas de explotar en fiestas semanales sin hedonismo, afectos o medida y el consumismo desenfrenado-.

La idea de territorio en ella se amplía a Latinoamérica, teniendo grandes amigos en Guatemala y Nicaragua que conoció en los intercambios de la música, habiendo tenido también la oportunidad de viajar a Colombia. Para ella lo importante es la línea decolonial que nos permita una raíz de pensamiento que realmente nos pertenezca y así poder resolver y crear.

“Me gusta mi color de piel. Me encanta venir de los indígenas. Estudiar todo lo de cultura Maya y lo decolonial: (…) no aceptar el eurocentrismo, hay cuestiones de pensamiento que son muy colonizados: (…) clasismo, racismo”.

Para ella el deathcore es un subgénero donde reconoce que puede estar intoxicada de lo anglosajón, pero desde sus letras, el sentimiento, cree que hacen que sea una plataforma transitoria para encontrar una música para El Salvador actual. Ya hay algo muy de ella que le pertenece en una estética sonora brutal.

El método de creación de ella es “manchando”, con tinta -nos explica-. Una parte ocurre en su estudio donde siempre está escribiendo y otra con los músicos de su propia banda o con la que esté colaborando, una creación colectiva donde ella necesita un atril para estar tachando y agregando.

“Necesito papel y manchar. Yo necesito manchar”.

En el fondo de su proceso está la filosofía: en el 2019 está próxima a licenciarse en filosofía, pero tiene claro que algún día hará también el doctorado. La filosofía no ha sido un terreno fácil para ella, sino un combate arduo como debe de ser, desde la propia casa, debatiendo con un padre que es un evangélico ortodoxo. La filosofía también es aplicada sumándose a una marcha, fortaleciendo movimientos sociales- como el LGBTQ o más específicamente el feminismo lésbico- o utilizando como un instrumento la música.

Ahora siente que su identidad está fuertemente atravesada con ser filosofa, con su afiliación como filosofa a la Universidad de El Salvador. Una identidad que la poner a pensar en términos de humanismo, en un feminismo donde también entiende que los hombres son víctimas del patriarcado y cómo toda esa construcción de clasificar y una insistencia por ser en separación al otro, son modelos mentales mal heredados por la pérdida de las raíces.

Landos ha luchado para conseguir cada cosa, se ha pagado la universidad y ha sacado las mejores notas. Uno de sus aprendizajes explica su constancia y determinación: “terminar todo lo que comienza”.

Su composición favorita es el Ilusionista, nos cuenta que Ilusionista es también su nombre artístico. Su búsqueda son los desprendimientos y relaciona su firmeza y su fortaleza con mantener el ego a raya; así la ilusionista puede ser la que recrea el infinito, pero también la que detecta los espejismos.

“Escapé de esta realidad lejos de la cárcel que me atormentaba no aspiré a lo que ellos creen No volveré a caer nunca más Me enfrenté ante mi derrota vencí los miles egos de mi ser” -dice El Ilusionista-.

Ella nos explica que sus letras son resilientes, que ella finalmente, y más allá del performance que para los que están fuera de la escena pueda resultar oscuro, está amasando mucho brillo o una amplia gama de colores con los cuales salir de las depresiones y de la ansiedad.

“Llegar a la mente de las personas, esto está pasando, despierta. (…) Lo que más me gusta es que la gente tome mis letras como suyas: que se identifique con ese momento que está pasando en la vida”.

Para ella su arte también es para mostrar lo que está pasando, pero no parece que sus letras se preocupen mucho por lo que uno llamaría la coyuntura o el contexto, sino lo que resuena adentro y explica una anestesia o un conformismo para permitir que una realidad como la que tenemos se materialice.

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Fuentes