Vigilar el poder, mapear el placer y habitar la ciudad

La base emocional de la polarización política

Juliana Mejía Peláez

 

“Si uno acerca el oído a un país y no oye nada, puede estar seguro de que es una dictadura. Si uno se acerca y escucha gritos, insultos y polémicas, es una democracia”, afirmaba Montesquieu.

En Colombia tendemos a interpretar los disensos como una crisis de la democracia, sin ser conscientes de que la homogeneidad en el pensamiento de los ciudadanos es una característica propia de los sistemas autoritarios.

La polémica enriquece el debate, siempre y cuando esté sometida a las pautas de la democracia. Las tensiones entre izquierda y derecha no deberían desvelarnos; al contrario, nos deberían dejar dormir tranquilos. Ellas nos aseguran un mejor equilibrio entre libertad individual y equidad.

Por otro lado, lograr consensos alrededor de tendencias ideológicas disímiles es poco probable. Sí podemos, y debemos, aspirar a llegar a acuerdos que den respuesta a estas tensiones.

Inquieta, entonces, la base emocional con la que nos estamos enfrentando a los temas políticos desde hace un buen tiempo en Colombia. Una base emocional marcada principalmente por dos emociones primarias: ira y miedo.

De la primera emoción hemos sido testigos al ver lo que se ha sentido en las calles recientemente: rabia, resentimiento, frustración, sensación de abandono, indignación.

La segunda emoción revela algo que resquebraja aún más la sociedad: temor hacia el otro. Ello implica una visión del mundo binaria, donde hay un “nosotros” y un “ellos”, y se omite un “todos”. Y, lo que es peor, ese “ellos” es percibido como una amenaza.

Estas emociones hacen que la realidad sea vista como un juego de suma-cero, en el cual lo que una parte gana, la otra lo pierde. Hallar puntos de encuentro con una base emocional de ese estilo es muy difícil.

En Sudáfrica, Mandela logró ayudar a subsanar una base emocional semejante apelando al corazón y no a la razón. Él entendió que apelar a la razón, en vez de acercar diferencias, las ahondaba aún más. “Podemos escoger vivir en un país definido por nuestras diferencias o por nuestras esperanzas”, decía, y escogió el segundo camino. Nosotros también podemos hacer “que nuestras decisiones sean un reflejo de nuestra esperanza y no de nuestros miedos”.

La política es el arte de crear alternativas. Y en Colombia no tenemos alternativa distinta a construir un país donde quepamos todos. Una alternativa excluyente, para cualquiera de los lados, sería nefasta y probablemente nos conduciría a un nuevo espiral de violencia política.

Se avecinan unas elecciones que se deben ver como lo que son: el mecanismo que las democracias definieron para poner límite de tiempo al ejercicio del poder. No deben ser percibidas como una amenaza. Por el contrario, se pueden convertir en una oportunidad para recomponer esa base emocional de la sociedad colombiana.

Es hora de imaginar un futuro posible donde quepamos todos. Un futuro así es viable si nos guiamos por un principio básico: pensar en los demás. Si todos nos rigiéramos por esa regla, el país sería —sin duda— distinto, y el mundo también.

Si bien las dificultades son inmensas, hay motivos para ser optimistas. El futuro que está emergiendo, con la juventud en la vanguardia, está marcado por dos fuerzas en marcha: el cuidado y el respeto por la tierra común y una narrativa que contiene la convicción de que todos somos iguales, las injusticias no son tolerables y la diversidad se debe respetar. Ambas fuerzas son congruentes con el principio de pensar en los demás.

 

Mejía Peláez, Juliana. “La Base Emocional de la Polarización Política”. Periódico El Tiempo, 5 de febrero de 2021, página 1,6.