Vigilar el poder, mapear el placer y habitar la ciudad

Me refugio en Bataille por lo siguiente: para poder aceptar al dios, se destruye al dios. Como cuando el soberano se dona para hacer parte del sacrificio. Esto está claro en la medida en que la figura del dios es cosa lejana y sólo al devorarlo se hace nuestro, se vuelve actualidad, algo concebible, comestible. Advertir su lejanía nos procura el imán de la devoción, misma que intercede de una manera sangrienta y hasta carroñera, pero cuyo ritual entrega a los asistentes el gran éxtasis de la afinidad correspondida, mientras se padece el desgarramiento iluminado.

El dios es comido por el hombre y así su entidad trascendental cae a la finitud del mundo real. Devorando al dios y propinándole la ruina, enviándolo al olvido, matando su figura, el dios es aplacado. Y hacerlo carne presente implica un mundo divino o demoníaco por erotizar. Por eso, nuestra búsqueda consiste en llevar al hombre, dominado por las empresas del dios, a ser un ser que se obedece, se supera y se hace dios de sí mismo en su libre auto-creación y aniquilamiento. Sin la necesidad de mediadores —sean estos personas, símbolos o instituciones— que tramiten la conexión con las andanzas de lo sagrado o lo profano, aumentando la capacidad para fundar el propio designio, tal y como la naturaleza se hace a ella misma. Por tanto, concibiendo su propia calamidad, el ser humano logrará ser lo que ha de ser.

De todos modos, si bien para Wittgenstein creer no haga ningún daño, establecer cercanías con creencias que van mucho más allá de lo que podríamos llegar a ser, no pasaría de evidenciar nuestra torpeza. Primero, porque no estaríamos siendo en lo que venimos siendo al momento de serlo. Y segundo, porque llegaríamos a una gran desilusión. En pocas palabras, una estafa sin fundamento. Además, no dejo de ver una grotesca arrogancia en el hecho de creer que tenemos una íntima camaradería con la divinidad, de pensarnos como herederos de su influjo, de ser su designio más preciado. Esas desviaciones podrían ser correctas si estuviésemos en sus manos, si lo que sea que sea la divinidad nos acogiera y nos saludara dándonos la entrada en su morada. Si alcanzáramos a sentir esa voz gangosa gastada por un silencio de siglos, que no pasa de ser una locura. Y la locura, habitar vívidamente la locura, vivir una mística enajenada, casi siempre es terrible.

¿En realidad crees que estas pequeñas gotas de nada que solemos ser, podrían abarcar la verdad de dioses o demonios? ¿En verdad piensas que tarde o temprano volverán los dioses y sus séquitos azufrados a establecer sus antiguos propósitos sobre la tierra? Diga lo que se diga, no pasamos de habladurías y suposiciones. Los demonios y los dioses, si existen, nada tienen que ver con nosotros. Ya han quedado atrás, los hemos olvidado, ya los hemos devorado una y otra vez, tantas veces, que no queda ni el bagazo. O quizás haya otra posibilidad: es la que se plantea en la conjetura de Heidegger, cuando nos recuerda que el tiempo del encuentro con los dioses no es un ya-no, sino un aún-no. Pero esa contingencia de dioses y demonios, enfrascados en decisiones personales, no deja de ser una circunstancia de nuestra imaginación. Y qué feliz se es cuando se puede imaginar.

Por dicha razón, para acercarnos a la creación, para crear-nos, el estado naciente implica cierto tipo de abandono, una gruta o sendero de bosque que, si admite alguna compañía —si dicha compañía es inevitable—, se habrá de establecer en un silencio que permita la intención primera de ir tras de nosotros mismos, tras el anuncio que nos permita continuar en el camino que otros han imaginado. Habrá quienes puedan hacerlo en medio del bullicio, a partir de una alharaca sin fin. Y estarán aquellos que sólo ven pasar el suceder de los acontecimientos sin tomar partido, como quienes no quieren la cosa, esperando lo que vendrá, simplemente. Esos son los sabios.

De todos modos, el tiempo de crear es ahora. Y no busca otra cosa que dejar salir lo que realmente somos; listos para aceptar cualquier sorpresa que se nos ponga al frente. Sea esta una bandada de dioses, sea una encrucijada de demonios arrebatando la paz que no hemos podido conseguir; una cadena de abusos negando el himno de la unidad por toda la eternidad. Y no habremos llegado a ningún lugar, porque todo está aquí, sólo aquí, a medio camino de la desolación. Por tal motivo debemos crear, propiciar el estruendo de la utopía. Dejar que el fuego ascienda y el agua caiga hasta encontrarse y fundir los huesos que hemos dejado tirados en la tierra. Es tiempo de que reverdezcan los campos, que el alimento nazca y crezca sin nuestra mano apestosa rondando su vigor. Queridos amigos, es tiempo de dar otro paso.

VÍCTOR RAÚL JARAMILLO

Del libro: ERÓTICA COMO ÉTICA, Manifiesto sobre el placer como deber

(La Valija de Fuego Editorial, 2018)