Vigilar el poder, mapear el placer y habitar la ciudad

Por: Juan José Loaiza

 

Esta es la historia de doña Aracelly Echeverry Rincón y su vida. Nació en la década de los 40, en el año 1944, en Supía, Caldas. Su familia, de clase media, se dedicaba en gran medida a la agricultura, de esta manera obtenía casi la totalidad de sus ingresos. Ella era de contextura delgada, de tez mestiza, con una nariz pronunciada, ojos color marrón, voz apacible y una altura apropiada para una niña de 14 años; esa era la edad que tenía en la imagen que me mostró una tarde hace seis meses, cuando le pregunté si tenía fotos de su infancia. Era un collage familiar lleno de mujeres: mi bisabuela, la hermana de mi abuela; pero la foto que me llamó la atención fue la de la niña delgada de 14 años, le pregunté quién era y me contestó: “Esa soy yo”. 

Mientras cursaba 8° grado recorría dos horas diarias desde su casa hasta la escuela rural donde estudiaba; en ese trayecto conocería a quien, sin saberlo, sería el padre de sus hijos y su gran amor.

En el recorrido hacia su escuela Aracelly debía cruzar por la entrada de una de las fincas más bonitas y elegantes de su pueblo, la de don Marcos, un ganadero de la región, muy simpático y buena gente; pero no era de él de quien se iba a enamorar ella, sino de su trabajador, Uriel. Él era un joven de 21 años, alto y delgado, pero fornido y tallado. Sus ojos color miel, su voz carismática y coqueta, y su simpatía, enamoraban a las mujeres. Las hacía reír a carcajadas.

Pero como todo ser humano tenía su gran mal: era alcohólico; sin embargo, era un hombre responsable con su trabajo. El hecho interesante es que luego de varias semanas pasando por allí Uriel le salió de sorpresa, le dijo un cumplido respetuoso y en broma: 

— Oiga, va tarde para clases. 

Ella asintió y sonrió tímidamente. 

— Usted está muy bonita, déjese invitar al pueblo estos días. 

— No, a mí no me dejan salir con usted. 

La diferencia de edad entre ambos era un obstáculo para que los padres de Aracelly le dieran el permiso de salir. Luego de oírla explicar su punto de vista, Uriel logró convencerla de que lo hicieran a escondidas. Salieron por varios meses hasta que los rumores llegaron a su madre. 

Le prohibieron salir con Uriel y ella no dejó de verlo. Como podían se encontraban, forjaron una conexión muy bonita y, ante todo, con respeto; se enamoraron, conocieron lugares muy memorables, compartieron momentos únicos: “Un día me sacó de la casa, ¡eso fue mera misión! Mi mamá se había quedado dormida, aprovechamos y salimos. Me llevó a mirar el cielo, las estrellas en una pradera lo más de bonita”. 

Además exploraron y disfrutaron su sexualidad, luego de un par de meses de que Aracelly cumpliera 15 años. A los pocos meses de comenzar los encuentros sexuales, ella comenzó a sentirse mareada, con náuseas, hambre fuera de lo normal y sensibilidad interna. Su mamá la conocía tan bien que lo notó y le preguntó: 

— Mija, ¿usted está bien? 

— Sí, mamá.

— Dígame la verdad, ¿tiene que ver con Uriel?

Aracelly negó que tuviera que ver con él, ante la negativa su madre concluyó que, en efecto, sí tenía que ver con Uriel. La regañó bruscamente, pero terminó diciéndole que la apoyaría; sin embargo, había una condición: se tenía que casar con él, una costumbre del catolicismo que permeaba a toda su familia. 

Cuando cumplió 16 años nació su primera hija, la llamó María Nancy. Fue un milagro que naciera, pues padeció desde su nacimiento de poliomielitis. Para Aracelly, esto fue “ un primer desafío en la vida, ya que para uno como madre, a tan poca edad, era muy difícil pensar en que un hijo se le pueda morir sin haber vivido, y más cuando le dieron un dictamen de que si mucho viviría un año”.

Cuando María Nancy cumplió seis meses, Uriel y Aracelly se fueron a vivir juntos a una finca muy agradable, con unas cuantas hectáreas de tierra fértil; era algo que acababa de conseguir Uriel gracias a los ahorros de su trabajo. Después pidió un préstamo, compró otro terreno y reses, consiguió personas que araran sus tierras y cuidaran su ganado. Fue acumulando un poco de dinero —seguía siendo un hombre trabajador y honrado—, hasta el punto de tener varias fincas, cerca de 120 reses, un carrito muy antiguo, caballos y gallinas. Les brindó un buen vivir a su esposa e hija. A los ocho meses nació su segundo hijo, Eliécer. Un año después tuvieron otro, Jairo, y al rato nació Marta, su cuarta hija. La última nació meses después, la llamaron Cielo.

Ese mismo año, 1964, festejaban el cumpleaños de la madre de Aracelly, doña Ernestina, en una de las tantas fincas de Uriel. En la celebración, hombres armados, que dijeron ser guerrilleros, se tomaron el lugar. Entraron haciendo disparos al aire para intimidar a Aracelly, sus hijos y su familia. Su misión era clara: iban por Uriel. Lo cogieron, lo hicieron ir a la casa principal donde tenía su caleta, le obligaron a darles sus ahorros de años de esfuerzo; inconformes con esto se lo llevaron a la fuerza para que les transfiriera todos sus bienes. Nunca volvió.

A los pocos días se confirmó que encontraron a Uriel con 2 disparos en la cabeza, en una zanja, con signos de tortura y golpizas extremas. Aracelly quedó devastada; luego vinieron las grandes inquietudes: “¿Cómo voy a sacar adelante sola a cinco niños, con solo 21 años, sin haber terminado de estudiar? Y para colmo de males no sabía que nos iban a dejar en la calle”. De esto se enteró un par de días después, cuando otros hombres con armas llegaron a su casa. Ellos le dijeron que Uriel les había vendido sus propiedades y se había ido, entonces necesitaban que se fuera de allí; Aracelly no les creyó, pero ellos terminaron amenazándola y diciéndole que se tenían que ir del pueblo o que se iban a morir, ella y toda su familia, incluida su mamá, sus hermanas y sus hijos.

Tuvo que migrar a Medellín a buscar mejores oportunidades y poder sacar a sus hijos adelante. Vivía con una de sus hermanas, doña Ernestina, y sus hijos, en una casa pequeña pero acogedora del barrio Santa Lucía. Para Aracelly fue difícil, pues mientras su mamá cuidaba de sus hijos, ella debía trabajar en lo único que aprendió, la costura, para llevar el pan a su casa, y así poder darles educación y vivienda. Tuvo que ser mamá y papá, educó a sus hijos con mucha templanza, con humildad, haciéndoles reconocer el valor de las cosas. Sus navidades no fueron las mejores, muchas veces no tenía cómo darles un regalo novedoso o un estrén, pero nunca les faltó el cariño. Su madre era su amiga y, aunque la veían solo en las noches y algunos fines de semana, la querían por hacer de todo para que no crecieran en la precariedad.

Se esforzó muchísimo, sus hijos crecieron, empezaron a trabajar, ayudaban en la casa y comenzaron un ahorro, compraron su casa propia en un primer piso en San Cristóbal. Con el tiempo construyeron el segundo. Algunos hijos se fueron labrando su vida aparte de ella y terminó viviendo con su hermana, la que vivía en Santa Lucía, junto con su hija María Nancy, Cielo, la hija de cielo y Jairo, mi papá.

Hace poco, mi tía Marta compró una finca muy bonita en el Patio, vereda de San Cristóbal, e invitó a Aracelly para que la conociera. Esto le emocionaba, pero también le evocaba recuerdos del campo y sensaciones antiguas. Marta me cuenta que estando allí notó su mirada perdida en la huerta, en los alrededores llenos de cultivos y árboles, pero sobre todo en la tierra que acababan de sembrar. “Se ve en ella una alegría y en simultáneo una nostalgia palpable y profunda”, dijo. Marta se le acercó para preguntarle por qué estaba así. Aracelly respondió: “La tierrita me trae vida mija, consuelo, me hace sentir un poco más cerca de tu padre, como si estuviera esperándolo para arar en conjunto. Me genera paz y ese regocijo de saber que pude salir adelante gracias a Dios, aunque él se fue. Aquí quisiera morir, sobre esta tierra tan fértil y pura, como el amor que siento y sentiré hasta el último día por Uriel”.

Aracelly va entre días a la finca, pero reside en el segundo piso de San Cristóbal, vive sus últimos días cuidando de su familia, aunque realmente ya somos nosotros los que cuidamos de ella. Cuenta anécdotas, comparte con sus hijos y espera el día de su partida para reunirse con Uriel en otra vida.

 

Una amorosa dedicatoria para mi abuela, la de la historia, que para mí es una mujer de admirar, que vivió por y para su familia y que dedicó su existencia a forjar unidad y fraternidad. Ella me brindó en gran medida bases o lecciones para la vida. Te amo Abue, sos mi mayor ejemplo de lo que es una gran mujer, una luchadora que se le paró a la vida sin importar cuantas veces la derribara.

 

Este texto hace parte de nuestra alianza Editores de Ciudad y el periódico Uniendo Letras.