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El arte de la zapatería, un oficio olvidado

 

Por: Susana Andrea Ortiz Caro

Vejez no es vejez sino una acumulación de historias por contar. Eso lo comprendí cuando de niña me sentaba a escuchar las historias de José Fernando Ortiz Gallo, mi abuelo, un hombre de 83 años, “hincha a morir” de Atlético Nacional, amante del fútbol, del ciclismo y del tango.

Toda su vida fue zapatero, un oficio olvidado, un arte que aún podemos encontrar en las esquinas de la avenida Palacé, en los rincones del barrio San Ignacio o en el centro de Medellín, si nos adentramos en sus calles y nos perdemos en sus lugares mágicos.

Cuando llegaba del colegio me sentaba toda la tarde a su lado a observar cómo reparaba los zapatos, dibujaba siluetas, creaba nuevos diseños al son de unos tangos que sonaban en la emisora Radio Reloj. Allí, junto al radio y montones de zapatos, me contaba las historias de su infancia. Siempre le preguntaba camino al colegio que si le tenía miedo a la muerte, él me respondía: “Solo me da miedo de que me dé miedo”.

Comenzó a arreglar zapatos cuando tenía 17 años. Me confesó que en un principio no quería ser zapatero, pero con el tiempo le cogió cariño al oficio. Lo aprendió muy pequeño, cuando iba todos los martes al cine en un pequeño teatro en Ayacucho, aprovechando las boletas a mitad de precio. Al frente había una zapatería que le llamaba la atención: “Antes de entrar a ver la película iba a esa zapatería a mirar cómo arreglaban los zapatos y en qué consistía ese oficio, así que le pedí al dueño que me enseñara para poder trabajar más adelante en ese lugar”.

José Fernando creció en el barrio Caicedo La Toma, donde tenía una enorme zapatería que empezó labores a finales de los años 50. Sus puertas cerraron en febrero de 2021. En su taller se creaban diseños exclusivos para las grandes marcas y fábricas como Fantiny, Calzados Soley y Calzados Canadá (una empresa de calzado local que cerró la mayoría de sus tiendas en los 2000).

Zapatos de reinado

En los años 70 diseñó y fabricó el calzado de la edición del Concurso Nacional de Belleza: “Las reinas de esa edición fueron a medirse los zapatos que les diseñé y quedaron encantadas con mi trabajo”. Sus diseños se caracterizaban por el cuero que utilizaba, considerado de la mejor calidad, y también por los colores, encajes y acabados; cada detalle del zapato era muestra de su talento.

Su taller, muy famoso en el barrio Caicedo, olía a cuero, sacol y thinner. Era el doctor de los zapatos. Personas de toda Medellín lo buscaban para que les reconstruyera los zapatos, también para que les diseñara unos nuevos. “A la gente le gustaba mi trabajo porque los zapatos que yo hacía eran muy finos, bien diseñados, con cuero, suelas y tacones de primera”.

Es un artesano. Su cabello es blanco como la nieve, sus manos, llenas de callos, heridas y tinta de zapato, dan fe de todo lo que ha hecho José Fernando. Su máquina de coser Singer de pedal es su mayor tesoro, su compañera de vida, la testigo de grandes creaciones e ideas. De pequeña jugaba mucho con su máquina, pero él me regañaba porque descuadrar el pedal; también me gustaba ponerme los zapatos que diseñaba, desfilar con ellos y hablar con las clientas que visitaban el taller.

Magnolia se enamoró de José Fernando por su talento. Él la conquistó con los zapatos, carteras y cinturones que le diseñaba y fabricaba. Ella era la modelo de sus diseños exclusivos. “Cuando lo conocí me enamoré de su trabajo, me regalaba unos zapatos hermosos, en la calle la gente me los admiraba por los detalles, los colores, el cuero que utilizaba, el tacón y el estilo”, dijo Magnolia.

 

El más pequeño de la familia con el más adulto de la familia, que hoy también se convirtió en un niño. El ciclo de la vida. Foto: Liana Rendón

Una noticia inesperada llenó de tristeza el corazón de su esposa, sus cuatro hijos y sus nietos. En mayo del 2021, después de muchos exámenes, trámites y filas, le diagnosticaron un cáncer terminal que le pronosticaba la muerte en seis meses. La recomendación de su familia fue cerrar su taller, abandonar su oficio. En la puerta del local que habitó por 6 décadas colgaron un letrero que decía: “Si tiene arreglos pendientes o zapatos por entregar, comuníquese con el siguiente número…”. Su enfermedad lo obligó a dejar muchas cosas inconclusas, le dolía no responderle a la gente con la que se había comprometido. Para él era más importante hacer bien su trabajo que ganar dinero; recuerdo cuando la gente le preguntaba: “¿Cuánto le debo?” Y él respondía: “No, nada. Usted me cae muy bien”.

Antes de padecer su enfermedad, todos los días bajaba a las peleterías de Palacé a comprar el material para reparar los zapatos y el cuero para crear nuevos diseños, caminar las calles de Medellín, sentarse en el Parque de Bolívar a dibujar los bocetos de sus nuevas creaciones junto con la lectura del periódico del día. Era su pasatiempo favorito.

Hoy José recuerda con alegría que durante años se dedicó al oficio que desde muy joven aprendió y le permitió renovar tesoros, porque al fin y al cabo en eso se convierten los zapatos, en compañeros de aventuras, testigos de historias, tesoros que quisiéramos conservar por mucho tiempo porque nos protegen los pies en la selva de cemento, nos permiten adentrarnos en la ciudad para poder conocer más historias como la suya.

Este texto hace parte de nuestra alianza Editores de Ciudad y el periódico Uniendo Letras.

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