Vigilar el poder, mapear el placer y habitar la ciudad

Quizá —no es tan extraño que así suceda— habitemos otros planetas en el futuro: una especie de retorno a nuestro origen. Decir que se puede llegar a Marte o a algún otro lugar del universo innumerable y establecernos allí, no es precisamente una tontería. Tal vez sea el regreso al lugar del que venimos. Esta teoría, especulativa para algunos, es realmente viable: viajes que parecen ser fruto de la ciencia ficción y que probablemente —es lo más seguro— ya hayan sido efectuados con anterioridad.

Textos y construcciones de culturas milenarias parecen corroborar tal iniciativa y la presencia de seres singulares que alimentan imaginativas mitologías, no son descartados por la ciencia y alimentan perspectivas para su campo de acción: un camino poco difundido pero cercano a sus investigaciones. ¿Una estrategia usada una y otra vez a la que preferimos no dar crédito? ¿Un porvenir que nos hace señas desde el pasado? ¿Historia vuelta a contar por aquellos que aún están por escribirla?

Hay conjeturas aún no admitidas que están cerca de ser comprobadas: según algunos científicos (no muchos en realidad), se piensa en una panspermia intencionada o en la manipulación alienígena de genes que ha dado como resultado al ser humano. También parece que los avances tecnológicos intentan ir más allá de nuestra naturaleza —presumiblemente para preservarla—, y llegará el momento en que seamos conscientes de dichas experimentaciones hechas por una inteligencia desconocida y así podremos saber de qué se trata. Intuimos civilizaciones terrestres de millones de años de antigüedad que fueron desplazadas del planeta por diferentes factores, y de las cuales no hemos descubierto huellas precisas o a las que no podemos acceder por nuestro incipiente desarrollo. Es decir, un registro de la permanencia en la Tierra de nuestros antecesores que, según algunos, ahora nos observan desde lo alto.

¿No sería sorprendente que nos encontráramos una versión diferente, o más de una, de nosotros mismos en algún otro lugar del cosmos? ¿Seremos una recurrencia simulada con la que seres de otras características se divierten? ¿El viaje estelar implica ir y volver una y otra vez a través del tiempo que parece existir aunque no exista? ¿Somos el rezago de una materia inversa que ha sido implantado con la necesidad de extenderse por las galaxias a como dé lugar? ¿Qué hacer si encontramos lo que no queríamos encontrar? Y si hallamos lo que buscábamos, ¿qué haremos entonces? Lo que al parecer es inherente a la naturaleza y sus combinaciones, ¿podrá ser la materialización de un juego siniestro que aún no logramos descifrar? ¿Seremos el resultado de una argucia algorítmica, el sueño computarizado de una serie de androides? ¿El legado carnal de las piedras y su vibración? ¿Una mala experiencia para la evolución de la vida? ¿Un virus inesperado? ¿Una prueba vigilada con armas que apuntan por las hendijas de la luna?

Sea lo que sea, no sobreviviremos como especie si no miramos y nos dirigimos hacia el océano cósmico en busca de una nueva casa —quizá ya habitada— entre las estrellas. Tal vez en la profundidad multidimensional del espacio-tiempo alguien cercano nos espera y no hay que temer y debemos arrojarnos, sin más, de bruces al vacío. Pero hay quienes aseguran que lo más sabio es quedarse quietos, bajar la cabeza y no desafiar a los seres de los que poco o nada sabemos, meras especulaciones, porque esperan solo un motivo, por pequeño que sea, para destruirnos.

Así estaremos a salvo.

 

VÍCTOR RAÚL JARAMILLO
Medellín, 19 de noviembre de 2022