A OÍDOS LIGEROS, DOBLE ANUNCIO

La PAZ, a la que digo SÍ, no es una realidad porque haya sido patentada en un papel. La paz es un ejercicio de la vida diaria con sus claroscuros, con sus altas y bajas; es la búsqueda constante de posibilidades para una población encadenada a la injusticia y al enorme despropósito de una multitud enardecida que golpea y dispara a quienes piensan diferente y son señalados como el enemigo.

Estamos a un paso, un mínimo paso para que la PAZ sea una realidad. Ya se han firmado los acuerdos de la Habana. Por eso, el 2 de octubre, se decide realmente si queremos una verdadera PAZ para todos o si seguimos haciéndole la guerra a todo el que no nos gusta. En definitiva, aniquilando al que no es como nosotros y por eso creemos que hay que «borrarlo del mapa», que hay que darle un tren de bala y echarlo en la primera cañada que nos encontremos.

Esperemos que la votación por la tranquilidad y la alegría de los hombres libres, también piense algunos de los aspectos puntuales que ocurrían hace apenas un año y que este texto escrito en ese mismo año intentaba mostrar. Muchas de las cosas enunciadas, aún están esperando solución. Pilas pues.

 

 

Juega, sigue jugando,

juega a la vida,

ella no parará de decirte “juega”.

Y algún día…

Lucifer el Hermoso

 

El colombiano de la masa está aterrado, tiene miedo, es un esclavo de su propia incertidumbre, y se come cualquier cosa con tal de no asumir su puesto crítico en un país enfermo; cree que ha nacido para arrastrarse, para pedir permiso y perdón por una vida miserable: le han faltado ganas porque “no hay con qué”.

 

Gran porcentaje de políticos -timadores que no disimulan- desean enormemente el poder, y con sus jefes y asesores de campañas tratan a los ciudadanos como a un rebaño bruto que, entre otras cosas, no tiene agallas sino para seguirlos en su hacer trampa, y ver caer a los demás luego de utilizar la quijada que esconden, en nuestro caso, junto al hacha de los mayores.

 

La educación, la salud y la equidad de un pueblo son necesarias, pero no las tenemos, nos las quieren robar, y no obstante nos embotamos con “telebobelas”, fútbol, farándula y los “enlatados” de canales que tienen intereses precisos como los de desorientar y alinear, sean del bando que sean. No tenemos carácter, sino que nos “acomodamos” a las arengas de los repetidores y delincuentes entusiastas de un país que “es pasión”, cueste lo que cueste.

 

Lugar que ya no es nuestro, sino de los que han hecho bajar los pantalones a nuestros dirigentes y hombres de Estado: somos un territorio valiosísimo y, por eso mismo, los “cuatro” dueños del poder nos tienen en la mira: religión, política, multi/transnacionales y medios de comunicación. Pareciese que sólo supiésemos entonar el canto de lo que repta.

 

Aceptamos bases militares gringas donde se entrena al que vendrá por nosotros para hacernos calaveras; somos asediados por las iglesias -sucursales intermediarias de “Dios”- que nos embaucan con ficciones (sobre todo las del Vaticano: el mayor accionista del planeta); los bancos nos desangran con intereses “solidarios”; los medios nos embaucan subrayando el mandato de turno; en fin.

 

Por eso necesitamos las puertas de aulas y hospitales abiertas y no médicos y maestros en las calles esperando que un sindicato los venda; requerimos equidad social, económica y de conocimiento para evitar el desastre; es inminente una cultura abierta y plural para despertar, para salir de este demencial odio al que no piensa como nosotros y asumir como irreductible el trato amoroso con el desvalido, con el incapaz, igual que con el “duro” que sólo sabe generar violencia, pánico y terror a diestra y siniestra.

 

Es imprescindible un ¡detente!, para acabar la “caleta” donde se guardan las armas para la muerte; misma que es para conservar y agrandar el territorio de las “plazas” donde se expende la droga que debería ser legalizada: así se frenará el monopolio de unos pocos y seremos respetados, tendríamos “liquidez” y autonomía; un manejo que debe ser pensado desde una óptica netamente pedagógica.

 

¡Educación, educación! No cemento y ladrillos para ocultar manejos corruptos, sino libros en todas las esquinas, en todas las veredas, en todas las casas: lectura indómita y feroz en lugar de sangre y saqueo. Las cuentas de servicios públicos podrían entregar de forma gratuita un librillo de literatura o poesía cada mes. No es difícil, teniendo en cuenta las ganancias supermillonarias de las empresas administradoras de agua potable, luz eléctrica, telefonía y gas.

 

El Estado, en lugar de cobrar impuestos para la barbarie -no hablo sólo del nuestro- podría invertir en nuestros poetas y sabios, en nuestros artistas y científicos, en la pretendida solución al conflicto y actuar de forma eficaz en la ampliación y cuidado de los recursos materiales y humanos, no para la propia publicidad vanidosa, sino para que la esperanza de los hijos de esta pequeña y accidentada geografía pueda hacerse realidad.

 

Lograr la verdad, la justicia y la recta reparación de las víctimas de la violencia, es un sano objetivo que ahora se impone por la cruenta guerra que vivimos y por el anhelo de una paz definitiva. No obstante, los propósitos, aunque anémicos, no se cumplen y dejan a los afectados en un limbo nacional que permite esconder la manipulación y la intriga. (Con este acuerdo que se ha firmado en la isla de Martí, esperamos que sea substantiva y viable en la práctica esta reparación)

 

Los derechos fundamentales del hombre y, por supuesto, de la mujer, se anuncian como una alergia para estos bien-tenidos por el dinero ilícito y la corrupción: pretenden desmantelar de las leyes las posibilidades de una salida que sane años de oídos sordos, cegueras y apoplejías ante el maltrato y la discriminación que siguen en manos de tres familias incrustadas en el mando y la determinación de lo que se requiere para, supuestamente, vivir felices.

 

No sólo se leen las letras y las frases completas con su sentido. Hay que leer la vida, el mundo, el deseo y las obras de aquellos que buscan dignidad. Los políticos, en su gran mayoría, no han experimentado de frente, en carne viva la crisis social ni la pobreza extrema y, si las conocen, las quieren perpetuar estando del lado de los sucios lobos que atesoran “dinerito” y alianzas oscuras, e incrementan la represión con el ánimo de inhabilitar a los que anhelan y buscan encontrar “un mundo mejor”. (Los campesinos quieren el campo, la tierra libre, los amaneceres sin cadáveres en sus sembrados. Desean que se les escuche como a todo ciudadano, aunque no sepan leer, aunque no tengan la mano en la tinta. Los campesinos no merecen más miedo, ninguna clase de exilio)

 

Una y otra vez, vuelven “las contiendas electorales” en que “los potenciales votantes” son comprados con limosnas y espejitos. Y así, se unen al circo en lugar de hacer lo que tienen que hacer: exigir y hacer valer sus derechos: educación y salud gratuitas; vivienda a costos razonables para un estándar laboral que tiene que pasar los días con menos de un salario mínimo; empleo, tiempo para el ocio creativo y una participación activa en proyectos que no sean sólo paliativos a problemas coyunturales y tecnocráticos. Necesitamos, aunque sea un anacronismo, tener visión humanista y eso no se logra sino con la confianza y la sensatez que ofrecen posibilidades reales para la vida. (Ahora debemos refrendar la PAZ -porque este país es así, como yo, loquito- pues somos las únicas personas del planeta que tienen que votar en las urnas por una PAZ necesaria, por una PAZ anhelada, por una PAZ duradera, que sea afectivamente efectiva. Una PAZ real. Qué cosas)

 

Los políticos, y el colombiano de la masa, quizá no hayan leído lo suficiente. Por eso van dando tumbos sin ton ni son. No saben que un tal Aleister Crowley, dictaminó que “el amor es la ley”, ni que alguien que se vestía con el nombre de Fernando Pessoa, nos enseñó que “el tiempo despacha de prisa a quien lo despacha aprisa”. Señores políticos y gente de Colombia: dense un “paseíto” por estas sentencias y por otras más de filósofos, poetas, científicos y narradores que valgan la pena. Entren en las palabras de los que han sido masticados por la vida. Esos son los que cuentan.

 

Caminen por los lugares donde nuestros jóvenes viven: transiten sus barrios, habiten sus calles, permítanse conocer lo que sienten, lo que piensan, lo que hacen; vayan a las bibliotecas que ellos visitan y fortifíquenlas: conviértanlas en templos para una sabiduría que rechaza el crimen. Los jóvenes ya no creen en los que comercian con el hambre, la enfermedad y la guerra buscando anular lo que palpita; por favor, no los tomen por tontos, o la crisis de este país y del orbe en general, va a ser cada vez peor.

 

Señores políticos: ustedes -la mayoría- no han hecho nada por Colombia. Sólo pisotearla. Váyanse de vacaciones a sus finquitas y dejen de madurar sus cosas “útiles” y “productivas”. Recréense con la belleza, la gratuidad y la transparencia de la naturaleza para que aprendan a ver y a oír, ustedes que se han perdido en su carrera tremenda por perpetuar un dominio descarnado. Limpien sus corazones, sus cerebros y sus intestinos que hieden a pura carroña. Sólo de ese modo serán bienvenidos. ¡Pero sin la policía! Y lean, lean Rin-Rin Renacuajo

 22 de agosto de 2015

 

 

Por todo esto, SÍ, SÍ a las manos unidas y a los corazones abiertos. SÍ a tu posible vida llena de posibilidades.

 

SÍ a la PAZ.

Medellín, comuna 13, 26 de agosto de 2016. (12:32 a.m.)

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