Juan el recolector

Juan Toro y su archivo para abrir burbujas

Difícil olor y fácil sonido

Llegamos con un retraso de media hora y un amigo caraqueño nos llevaba en su carro -pequeño y de modelo pasado-. Juan Toro no sólo estaba amable desde el principio -y a pesar del montón de llamadas para reubicarnos-, sino que tenía una sonrisa fácil y un trato como si nos conociéramos de años.

Todavía no eramos capaces de entender Caracas, esa forma de entrar en una espesura que dan los árboles antiguos, al borde del Ávila, sin salir siquiera de la ciudad. Pronto empezarían a sonar los grillos del atardecer en medio del mayor silencio -donde se supone que también quedaba la ciudad-.

Los ojos de Juan se veían grandes entre su barba y tras sus gafas. No era una casa para visitas, prácticamente no había nada dispuesto para una reunión o siquiera me quedaba claro donde él se sentaba. Recuerdo que el único puesto claro era el de una secretaria que tendría un lugar importante en sus conversaciones.

Esto se trataba de un archivo y él no nos dejaba sentar por entusiasta, por compartirlo todo, mostrarlo todo, hacerse entender, llegar de prisa a la confidencia que se tiene con los buenos colegas.

Entre las máquinas para el manejo de los negativos de fotografía, había una colección de libros sobre Bolívar -todos editados por el gobierno venezolano- y luego algunos objetos donde Chávez aparece como ídolo. Pero entonces llegamos en medio de un discurso apasionado, pero siempre amable, nunca con rabia, a unos escudos, donde se colaba algún peto, explicando protestas y confrontaciones muy violentas en marchas.

“Los escudos fueron algo que la gente que estuvo ahí no quiso asumir, nadie, ni oposición, ni gobierno, lo quisieron convertir en material de desecho”.

Esos escudos dejaron de ser simples cosas o incluso herramientas porque parecen insistir o retumbar con una historia: están graffiteados, marcados, personalizados, abollados, usados y maltratados; todos parecen narrar una derrota y preguntarnos o ponernos a adivinar el nivel de violencia en esa micro-historia. Le llegó el turno a unos relicarios vueltos lámparas donde los escudos se vuelven en una imagen gastada y deformada por una polaroid mojada, una “venezuela arrugada”.

“Voy armando todo este discurso desde todos estos objetos, porque a mí lo que me interesa es que puedas entender… (…) la construcción de una memoria… pero es una memoria que habla de la problemática de un país”.

El mayor riesgo era ir en las madrugadas a los levantamientos de cadáveres a recoger objetos que luego desarrollan un discurso sobre tanto dolor vigente. Cualquiera lo podía parar y hacerlo responsable por cualquier objeto que le encontraran o decretarle bando y así agredirlo.

Había unas fotografías de todo un pliego sobre el lugar de encierro de un secuestrado y llegamos al fondo, a unos mantos y sobre todo sábanas ensangrentadas, pero también untadas de las secreciones regladas por la muerte -cuando un cadáver ya no sangra-.

Juan nos explica que eso ha sido lo más duro de todo, explica que a pesar de estar en bolsas y guardadas en cajas herméticas, el olor de esas telas se volvió tan fuerte que le afectó la respiración, lo enfermaron y le complicaron durante un tiempo habitar su estudio. Fue duró destapar una de ellas por dos minutos en ese atardecer.

“Esto fue lo que más me complicó la vida, porque además me dañó el tema respiratorio por lo que esto huele”

La secretaria insistía que encontraba todo en desorden por las mañanas, nos señala unas bolsas donde hay unas etiquetas de los cadáveres de la morgue para contar la solución decretada por la secretaria:

“A las etiquetas tuve que meterle santos (…) y esas etiquetas están llenas de San Migueles Arcángeles, ella me dice, cuando le pongas las etiquetas dile: gracias por haber llegado a mí y yo voy a utilizarlos a ustedes de manera correcta (…). Ella dice que cuando yo hice eso aquí las cosas bajaron”.

Por allí también estaba la convicción y la mística de Juan, que empezaba a hacérsenos palpable entre los sonidos de noche de un monte a medio domesticar, lo sagrado de la muerte, de las víctimas de homicidio y la consideración con sus dolientes. Él también tiene sus muertos.

Una obra de vestigios

Una de sus obras son balas y municiones y se puede apreciar cómo la bala se hiere, cómo una bala destrozada cuenta una historia de huesos, carne y piel. También hay canicas (bolas de cristal) que con esa referencia a la niñez, el espectador puede entender en cuestión de segundos que ese artilugio de la niñez se usó como metralla.

Él perdió a un hermano médico asesinado en un robo después del deterioro de la seguridad (y la institucionalidad) en la segunda década del siglo xxi en Venezuela.

“Aquí está pasando todo y no se entiende lo que está pasando”

Juán Toro al sacar un elemento, archivarlo, evitarle el destino de diluirse materialmente en un olvido, se aleja del hecho, pone una distancia para que podamos ver después, empezar a dialogar ya y recordar siempre.

“Yo hoy en día primero soy un tipo que va recogiendo cosas para darle sentido a esas cosas y poder entenderla desde la frialdad y no desde los gritos del momento donde está ocurriendo la cosa”.

Ahí está el silencio como distancia y el contacto como algo que aturde, un espíritu de las cosas difícil de contener y la imagen que logra atraparlo -como a un genio- mientras resolvemos qué le vamos a preguntar.

Al tener la sutileza y la limpieza para poner objetos al alcance y digeribles, hay un riesgo de que un elemento con tanta carga histórica y emocional termine jugando un papel decorativo, pero su discurso invita a volver a mirar, a pensarse de nuevo su obra: “una bala en medio de una colección privada puede empezar a corroer el resto de cosas de la colección”.

Se siente frente a su obra pulcritud, pero esta pulcritud es un cuidado que puede ser respetuoso y es el mismo tono del artista, pero no llega a ser higienista, ni a desentonar. El archivo da cuenta de un recorrido por todo Caracas, víctimas de todos los lados y vidas muy diferentes que terminan por lograr un efecto muy importante en la obra, desde ahora y hacia un futuro que es la memoria: unir.

Anotación:

Este texto es escrito en el marco de un proyecto llamado Latinoamérica Imaginada por Artistas con el cual se está realizando un libro virtual sobre la percepción de las realidades latinoamericanas desde la visión de artistas de Río de Janeiro, El Salvador, Caracas, Medellín y Cúcuta.

 

Fuentes:

  • Entrevista en Caracas a Miguel Von Dangel septiembre del 2019.
  • Visita a casa y taller de Miguel Von Dangel en Petare en septiembre del 2019.
  • Fotografías de exposiciones compartidas por correspondencia con el autor diciembre de 2019.
  • Toro, Juan (2015). Expedientes: fragmentos de un país. Caracas: Ediciones B D’Museo.

 

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